Aposté por dejar constancia de mis pensamientos, como hago cada noche después de cenar en mi pequeño despacho de Madrid. Pensar en mi vida siempre me lleva a aquellos años jóvenes. En mi familia, tan tradicional y castellana, estaba claro que las reglas eran las reglas. Mi madre no permitía excesos, y mi padre se aseguraba de que no tuviera relaciones demasiado cercanas con los chicos del barrio. Nunca me pareció raro, era lo natural: primero se pensaba en sacar buenas notas en el colegio, luego en licenciarse en la universidad, y después sí, ya se podía soñar con el matrimonio.
La verdad es que los chicos nunca se fijaron en mí; tal vez porque no era la más guapa, así que las cosas avanzaron despacio. A los veintiséis años, tuve la suerte de conocer a un hombre formidable en el despacho donde trabajaba y, poco tiempo después, nos casamos.
Cuando supe que iba a tener una hija, sentí una ilusión inmensa. Quise que me viera como su amiga, que nuestra relación fuese cálida y basada en la confianza. Y, sinceramente, lo conseguimos. Nunca quisimos imponerle límites, pero desde que era adolescente siempre le aconsejaba que no tuviera prisa en esos asuntos del corazón. Hay tantas historias difíciles sobre embarazos prematuros… ¿Por qué iba a querer eso con dieciséis años?
Mi hija, Jimena, empezó a salir con un chico al poco de cumplir diecisiete. No pude evitar un enfado interno, pero nunca me atreví a reprocharle ese noviazgo. Pensé que era demasiado pronto, y me angustiaba que tuviera que casarse joven.
El novio no me convencía. Me habían dicho que era mayor, y cuando supe que tenía veinticuatro años, la diferencia de edad me preocupó. Temía que sus intereses fueran distintos, y que Jimena era demasiado joven para un hombre tan hecho y derecho, solo pendiente de una cosa. Pero era hábil: la conquistó con ramos de rosas enormes, traía comida de restaurantes y, por las mañanas, a veces toda la familia desayunaba croissants gracias a él. Por suerte, su presencia no impidió que mi hija fuera aceptada en la Universidad Complutense, donde empezó los estudios con entusiasmo. El chico la recogía y la dejaba en la puerta, y aquel verano después del primer curso me pidió permiso para llevarla de vacaciones a la playa, por su cuenta.
Se casaron en segundo curso, y ahora llevan una vida de recién casados sin hijos. No tienen prisa, lo cual me tranquiliza. Ambos trabajan, viajan, y son bien recibidos en casa. Así que mis preocupaciones resultaron ser infundadas. Es un tema muy personal: hay quienes empiezan a salir antes, otros más tarde, algunos se casan jóvenes, pero eso no significa que la vida vaya a peor. Al contrario, mis hijos están tan bien que no podría sentirme más feliz.
Hoy he aprendido que cada uno tiene su propio camino y que la felicidad no depende de los tiempos, sino de la forma en que se vive.






