Ana tiene sesenta años. Tiene dos hijos y vive con su marido en un piso de dos habitaciones en el centro de Valladolid. Bueno, decir vive es mucho decir; más bien, lleva años aguantándole. El carácter de su marido, Ernesto, es más duro que el pan de hace una semana. Un hombre orgulloso, de esos que se creen el centro del universo y que no dan su brazo a torcer ni aunque les pongan una tapa gratis. Todo en casa debe estar a su gusto, claro, por eso Ana lleva toda la vida tragando saliva.
Tienen dos hijos. Su hija, Lucía, lleva doce años casada con Jaime. Se metieron en una hipoteca nada más casarse, y menos mal que van tirando con los pagos. Todas las pagas extras, las de verano, la de Navidad y cualquier pellizquito, van directas al banco para que el piso no acabe en manos del BBVA.
Ambos trabajan y, aun así, les da para ir pagando la hipoteca y para que sus hijos no vayan al colegio hechos unos harapos. El hermano de Lucía, Diego, vive bastante mejor que ella. Tiene varios pisos en Salamanca y hasta una casita en la Sierra de Gredos. Un buen día, Diego llama a Lucía con la noticia bomba:
Mamá y papá han decidido divorciarse. Ha sido cosa de mamá. Ya vendieron el piso y han repartido el dinero. Yo le he prometido a papá que me encargo de él, y a ti te toca quedarte con mamá.
Lucía se queda helada:
¿Perdona? ¿Y dónde va a vivir? Ya sabes que tenemos un piso de dos habitaciones, los niños, mil cachivaches… ¿Dónde duerme mamá, en la cocina?
¿Y eso lo tengo que pensar yo? ¿Vas a dejar tirada a tu propia madre?, le suelta Diego, con más cara que espalda.
Mira que a Jaime no le va a hacer ni pizca de gracia, eh, añade Lucía.
Eso ya es cosa tuya, sentencia Diego antes de colgar, más feliz que unas castañuelas.
Diego, ni corto ni perezoso, ha preparado uno de sus pisos para su padre, como quien cambia de camisa. Él lo tenía más fácil que aprender a decir patatas bravas. Lucía, por su parte, decide que lo mejor será ayudar a su madre con una nueva hipoteca. Increíblemente, el banco le aprueba el préstamo, y el piso se pone a nombre de Lucía. El dinero que Ana recibió de la venta del otro piso va de entrada, y lo que falta, a currar más que un reloj y a seguir pagando.
Jaime, por supuesto, todavía está que trina con su mujer. De vez en cuando pone cara de acelga mustia y suelta que a estas edades, divorciarse es una locura, que los problemas de los padres al final los pagan los hijos, y que esto no es lo que tocaba. ¿Tendrá razón Jaime con tanto drama?







