Mi hijo trae a sus niñas a nuestra casa cada fin de semana, siempre que es posible. Una tiene once a…

Mi hijo trae a sus hijas a nuestro hogar cada fin de semana, siempre que puede. Ahora una tiene once años y la otra seis; ambas son por lo general obedientes. Los sábados y domingos disfrutan de dormir hasta tarde, después yo y el abuelo les ayudamos con los deberes, salimos de paseo con ellas y, de vez en cuando, vamos al supermercado. No lo hacemos a menudo, porque las niñas siempre encuentran algo que quieren y empiezan a dar pataletas para que se lo compremos, aunque sea con los últimos euros que nos quedan.

Pero incluso si mi marido va solo al mercado, las niñas le entregan una lista de compras repleta de golosinas. Intento explicarles que no podemos comprar todo, y al final se conforman con unas chocolatinas y unos caramelos. Sin embargo, si mi marido olvida comprarlas, se desata una tormenta de rabietas. La mayor inicia el enfado y la pequeña no tarda en ponerse a llorar y gritar.

Está bien estimular a los niños, consentirlos de vez en cuando con dulces, aunque no es bueno para los dientes. Al fin y al cabo, educarles sin una tableta de chocolate resulta casi imposible.

Me indigné en la cocina cuando mi marido, tras calmar a las nietas a duras penas, las sentó delante de la tele.

Entiendo que si traen buenas notas de clase, merecen una recompensa, pero regalarles algo dulce solamente por hacer los deberes me parece excesivo. Tienen que hacerlos cinco días a la semana. No digas eso me respondió mi marido. Nuestros padres también querían mimarnos. ¡Pero no cada día! Esos eran otros tiempos, pero mi padre siempre me traía una chocolatina del trabajo. Claro murmuré yo, trabajaba en una fábrica de chocolate, se las daban gratis.

Pero solo una. La compartíamos todos y éramos felices igual. Era un pequeño regalo diario que esperábamos con ilusión. Nuestras nietas esperan lo mismo, quizá más, pero los padres y los abuelos tenemos que mimarlas, al fin y al cabo, son niñas. Con tal de que se haga con sensatez, porque si por cualquier motivo no reciben dulces, enseguida dicen que no nos quieren y que mamá y papá son mejores.

Mi marido se encogió de hombros, como si el tema no le preocupase.

No es cuestión de dulces. Es que en esta edad no muestran respeto. Hay que trabajar en su comportamiento y en cómo se relacionan con los mayores, y no creo que los caramelos o su ausencia cambie nada.

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Un paso al abismo