Un adorable potro Clydesdale encuentra a su madre durante una exhibición y se convierte en la estrella del espectáculo

Tienes que ver lo que ha pasado en este vídeo: imagínate que estás en la terraza de un restaurante en el casco antiguo de Segovia, tomando algo con los amigos al solecito, y de repente aparece un cervatillo pequeñito, sin ningún miedo, y se pone a mordisquear unas hojitas al lado de la mesa. ¡Es una monada! Pero lo más gracioso viene después: al poco, llega otro cervatillo igual de curioso y empieza a lamerle la cara a una de las chicas del grupo, que no sabía si reírse o dejarse achuchar del susto (aunque, la verdad, estaba encantada).

Te cuento, resulta que este bichillo nació hace unas semanas en una feria agropecuaria en Salamanca y, cuando le tocó salir por primera vez ante el público como parte del espectáculo, armó un revuelo tremendo.

Todo el mundo se puso a aplaudir y a sacarle fotos, y lejos de asustarse, el cervatillo se vino arriba: con las orejas tiesas y el cuello bien erguido, parecía que estaba desfilando por la Plaza Mayor, disfrutando como loco de la ovación.

Luego, hubo otro momento para partirse: los potros de pura raza española que estaban en la exhibición comenzaron a alborotarse porque el cervatillo corría de un lado para otro sin parar, y aquello fue un caos divertidísimo. Los caballos, flipando, salieron corriendo en todas direcciones, como si no hubiesen visto nunca algo tan pequeño.

El vídeo se ha vuelto viral en redes y ya lo ha visto más de un millón de personas, normal, porque es para no parar de reírse.

Ah, por cierto, el potro protagonista nació el 14 de abril en la yeguada El Mirador, por la sierra de Madrid. Es una mezcla de sangre andaluza y árabe, y por lo visto tiene un carácter súper simpático.

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Un adorable potro Clydesdale encuentra a su madre durante una exhibición y se convierte en la estrella del espectáculo
¡Llévate a tu padre contigo! ¡Ya es hora! — Así nos lo dijo Sara. —No entiendo qué está pasando aquí. Tu hermana quiere quedarse con la casa, pero nosotros tenemos que ocuparnos de tu padre. ¿Va a venir a vivir con nosotros? ¿O a lo mejor no lo he entendido bien? —le pregunté a mi marido. Resulta que había escuchado toda la conversación entre mi marido y su hermana Sara. Durante años seguí el consejo de mi madre, que me recomendó no entrometerme en las relaciones de mi marido con sus padres cuando nos casamos. Pero ella no pensó que mi padre, a diferencia del padre de mi marido, sí tuvo una buena familia. —¿Qué hacemos? ¡Sara tiene tres hijos! No podría cuidar de su padre. —¿Y por qué no puede ocuparse ella, si viven juntos? Esta historia comenzó hace mucho tiempo. Mi suegro llevaba años necesitando cuidados, así que mi marido y yo le ayudábamos siempre que podíamos. Ya no puede valerse por sí mismo, ni ir solo a la tienda. Por eso nos turnamos para echarle una mano. Sara y sus hijos viven en la casa de mi suegro. —¡Pero ella tiene hijos! ¿Y nosotros no? —dije a mi marido. El caso es que Sara no quiere hacerse cargo de su padre; finge que no es su problema. Pero últimamente ha empeorado y ahora sí necesita cuidados constantes. Por supuesto, viviendo separados no siempre podemos ayudarle. Así que la hermana de mi marido dijo: —¡Llévate a papá a tu casa! ¡Ya toca! ¡No es justo que viva conmigo siempre! Ahora te toca a ti cuidarlo. Me quedé pasmada ante tanta desfachatez. Siempre hemos ayudado, y además, no es su padre el que vive con Sara, ¡sino Sara la que vive en la casa de su padre! Y lo que menos me gustó fue que mi marido estuviera de acuerdo. A Sara tampoco le hacía gracia que, según la escritura, la casa todavía pertenecía a su padre. Sabía que, cuando él faltara, tendría que compartir la casa con su hermano. Por eso exigió que su hermano se llevara a su padre y él le cediera la casa entera. —Tenemos hijos. Y tenemos nuestro piso. ¡Pero Sara no tiene nada! —¿Y qué? Tu padre es buen hombre y no me molesta que viva con nosotros. Hay sitio suficiente para él. Pero el problema es que llevamos años ahorrando y pagando una hipoteca para tener nuestro piso. ¿Qué ha hecho Sara para tener su propia casa? ¡Nada! ¡Y ahora quiere quedarse con la casa entera! ¡Y debería dividirse por la mitad! —A veces uno de los hijos se queda con la casa. —Sí, cuando hay otra herencia. ¿Qué propones? Obviamente, nos llevaremos a papá. ¡Pero la casa debe repartirse entre los dos! ¡Nosotros también tenemos hijos y ese dinero nos vendría bien! —le dije a mi marido. Mi marido habló con su hermana. —¡Pero yo no puedo comprar otra casa con la mitad! —protestó Sara. —Pues cómprate una más pequeña. —¿Y si no quiero una casa pequeña? ¿Por qué no piensas en mi comodidad? —¿Es que tú piensas en la mía? Llevamos años pagando hipoteca. ¡Y tú quieres casa gratis, sin hacer nada! ¡Eso no va a pasar! —le respondió mi marido. Por supuesto, nos llevamos a mi suegro a casa. No es tan difícil cuidarle. Hace lo que puede por sí solo, aunque necesita ayuda. Sara llama cada semana para pedir más cosas: que le falta dinero, que la llevemos en coche… Medio año después, mi suegro dijo que quería hacer testamento y dejarnos la casa entera. —No confío en mi hija. ¡Me ha decepcionado mucho! —dijo mi suegro con una sonrisa amarga.