Mi hermano y su esposa viajaban por la autopista cuando una mujer misteriosa casi se lanzó delante de su coche y no pidió ayuda. Aquel día cambió sus vidas para siempre.

Os confieso que, si me hubieran contado esta historia en una sobremesa de domingo, probablemente habría pensado que era otra de esas historias de abuela hiperdramatizadas. Pero sucedió de verdad, y no a cualquiera, sino a mi hermano y su esposa. Volvían a casa tras celebrar el cumpleaños del abuelo en un pequeño pueblo de Castilla la Mancha. No era tan tarde, apenas las siete de la tarde; es decir, ni siquiera había empezado el telediario.

Mientras iban por la autovía, vieron a una joven tendiendo los brazos en mitad del arcén, como una bandera desesperada. La esposa de mi hermano, Carmen, le suplicó que no parara, que en España ya no se puede fiar uno de nada. Pero mi hermano, que siempre fue cabezota y más valiente que prudente, redujo la velocidad para ver qué pasaba. La chica llevaba la cara llena de cortes y moretones; parecía sacada de una novela de García Lorca.

Entre sollozos, le contó que su familia había tenido un accidente: el coche se les fue de la carretera y acabó en un barranco. Su marido, según ella, había muerto, pero el niño sobrevivía; y le rogó a mi hermano que por favor lo salvara. Señaló el lugar del siniestro, y mi hermano, sin pensárselo dos veces, pidió a la chica que se quedara con Carmen y se lanzó al barranco. Encontró el coche, y sin mirar, agarró del asiento trasero a un niño de unos seis años. Toda la escena parecía de película de sobremesa, pero sin anuncios de detergente.

Cuando volvió al coche, la chica ya no estaba. Al preguntar a Carmen, ella se encogió de hombros como si estuviera hablando de la última factura de la luz: Se fue contigo. Mi hermano entonces volvió a buscar a la joven, pero al llegar al coche siniestrado, se dio cuenta por primera vez de que había dos personas en el asiento delantero: el hombre al volante y una mujer a su lado. Ambos estaban muertos. Y entonces cayó en la cuenta: ¿cómo es posible que la mujer le pidiera ayuda en la carretera?

Mi hermano admite que aquella revelación le dio un frío que ni el Cierzo. El niño vive ahora con ellos, lo han adoptado y es parte de la familia, como si hubiese nacido en casa. Mi hermano está convencido de que aquel día fue un fantasma el que les pidió ayuda; y en Castilla ya se sabe, los fantasmas son tema de sobremesa, pero también de milagros.

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Mi hermano y su esposa viajaban por la autopista cuando una mujer misteriosa casi se lanzó delante de su coche y no pidió ayuda. Aquel día cambió sus vidas para siempre.
Sin abrigo y sin esperanza: una búsqueda desesperada por refugio.