Mi hija recién ha empezado a gatear. Ahora, cuando salgo de la habitación o voy al exterior, me pide que la coja en brazos. Mi padre siempre repite: No la mires ni la cojas, porque se acostumbrará y luego será difícil hacer que deje de pedirlo. Déjala en el suelo, ya entenderá. Yo no respondí, simplemente la abracé. En ese momento me pregunté seriamente si estaba siendo demasiado protector. Siempre la abrazo cuando llora, la acaricio, sólo le digo palabras bonitas y procuro no reñirle. Sí, quizá la quiera demasiado, pero no sé hacerlo de otra manera. Le doy a mi hija lo que yo nunca recibí. No quiero que termine siendo tan rara como yo.
No conozco a mis padres. Jamás los vi. Mi madre murió cuando yo tenía un año y no mucho después me llevaron a un hogar de niños. Cuando supieron en qué condiciones vivía, mis actuales padres, familia de mi querida tía, tramitaron los papeles y me trajeron a su casa en Madrid. No voy a mentir: tampoco fue fácil. Mi padre era bastante frío y mi madre trabajaba desde el alba hasta la noche para sostener la familia. Nunca me mimó, nunca me dijo que era bonita ni que estaba orgullosa de mis notas, jamás me abrazó. Y eso era lo que más deseaba en el mundo: el cariño. No podía hacer nada, mi madre no tenía tiempo para quererme. Sabía que, en el fondo, tanto ella como mi padre me querían, pero nunca lo mostraron.
Soy bastante sociable, sonrío mucho y suelo estar de buen humor. Pero sólo yo sé lo que pasa por dentro. Ahora estoy casado y tengo una preciosa niña, sana y alegre. Soy muy feliz con mi mujer. Me quiere, me cuida, cumple todos mis deseos y hasta me ayuda en las tareas de la casa. Aún así, no puedo quitarme ese miedo, esa sensación de que volveré a estar solo y sin cariño. De pequeño me faltó tanto amor que me agarraba a cualquier chico que me prestara un poco de atención y apreciaba a cualquiera que intentara tratarme bien. Por cinco años salí con un auténtico cenutrio. Me daba miedo dejarlo porque pensaba que nadie más me querría. Todo esto sólo lo supe yo, y algunos retazos mi esposa. Ahora pienso: que mi hija reciba todo el amor que yo no pude tener, quizá así crezca feliz y segura.






