No creo que jamás llegara a comprender a Isabel ni cuál pudo ser su verdadero motivo cuando pronunció AQUELAS palabras ante mí y ante el pediatra que vino a nuestra casa. Nuestra hija tenía entonces apenas tres meses. Habíamos tardado más de cuatro años en concebir, después de haberlo intentado con todas nuestras fuerzas y esperanza.
Los médicos dictaminaron que el causante era el gato de mi esposa. La toxoplasmosis era la explicación. Sin embargo, finalmente la fortuna nos sonrió e Isabel quedó embarazada.
En el hospital, la niña nació sana, pero al traerla a casa empezó a tener dificultades para respirar. Como padres responsables, no dudamos en llevarla de inmediato a la clínica. Allí mejoró y los médicos no hallaron una causa concreta, hasta que, durante otro episodio en casa, llamamos al pediatra para que viniera a vernos. La doctora acudió y de inmediato reparó en el gato de Isabel, que llevaba con ella desde la adolescencia y tenía en aquel entonces dieciséis años. Isabel estaba enormemente unida a él y, cuando la doctora dijo que debíamos deshacernos del animal para proteger la salud de la niña, mi esposa se opuso de manera tajante.
Busquemos otro médico, uno que cure a nuestra hija sin obligarme a abandonar a mi amigo dijo Isabel.
Discutir era inútil; Isabel se mantuvo firme. Cuando le dije que estaba en juego no solo la salud, sino la vida de nuestra hija, simplemente nos dio la espalda y se marchó, llevándose al gato consigo. Volvió a casa siete meses después: el gato ya no estaba. Durante aquellos meses, la relación fue fría; manteníamos el contacto únicamente en espacios neutrales, como los parques infantiles o la casa de mi madre.
Nada más dejar marchar al gato, Isabel expresó enseguida el deseo de regresar. Han pasado tres años y para ella es fácil fingir que nunca hubo una discusión por el animal, que nunca dejó la casa para ir a vivir con sus padres y cuidar a un gato, cuando lo verdaderamente importante era la atención a nuestra hija.
A día de hoy todavía me cuesta creer que fuese capaz de hacerlo. Aquello minó mi confianza en ella y en nuestro matrimonio. Cada vez que lo cuento, nadie me da crédito.
“Isabel es una madre ejemplar, jamás haría algo así”, dicen todos. Piensan que bromeo o exagero. Y lo cierto es que no hay nada en esto que me haga gracia. Desearía reírme, pero simplemente no puedo.







