— Papá, ¿qué, has adoptado un gato? — se sorprendió Lucía, la hija que llegó el fin de semanaEl felino, de pelaje gris y ojos curiosos, se deslizó entre sus piernas, ronroneando como si fuera el nuevo invitado inesperado del hogar.

Papá, ¿has adoptado un gato? se sorprendió la hija Luz, que había llegado el fin de semana. Pedro Vázquez miraba con irritación por la ventana. Otra vez ese gato pelirrojo estaba en sus huertos, ya llevaba tres días consecutivos.

Al principio se había comido los tomates, ayer se había tumbado entre los pepinos y hoy, sin más, se instaló en la coliflor.

Ve a buscar a tus dueños murmuró el viejo, golpeando el cristal.

El gato alzó la cabeza, cruzó sus ojos amarillos y se quedó allí, con una audacia descarada.

Pedro se calzó los botines de goma y salió al huerto. El gato no huyó; sólo se alejó unos pasos y se sentó junto al cercado, flaco, desaliñado, una oreja rota y la cola hecha jirones.

¿Qué te pasa, miserable? se agachó Pedro, inspeccionó los daños. Seguro que ya no te aceptan en casa.

El gato maulló débilmente. Entonces el anciano comprendió: el animal estaba hambriento, sus ojos brillaban.

¿Dónde están tus dueños? preguntó mientras se sentaba en cuclillas.

El gato se acercó, rozó sus botas y ronroneó como agradeciendo no haber sido echado.

Abuelo, ¿por qué hay un gato en el patio? preguntó su nieto Sergio, que había venido a la casa de campo.

Es del vecino. Se perdió o le tiraron, no lo sé.

¿De quién era?

Pedro suspiró. Lo sabía. De la abuela Ana María, de la casa de al lado. Ella había fallecido el mes pasado; sus familiares sólo vinieron al funeral, cerraron la casa, sacaron sus cosas y se olvidaron del gato.

Era de la abuela Ana. Ya no está.

¿Y el gato quedó solo?

Sí, quedó solo.

Sergio miró al gato pelirrojo con lástima.

Abuelo, ¿lo llevamos a casa?

¡Ni hablar! replicó Pedro. Ya tengo suficiente con mis propios problemas. No tengo nada que comer y tú quieres más

Sin embargo, al caer la tarde, cuando el nieto regresó a la ciudad, el viejo le dejó al gato un plato con restos de sopa, lo puso junto a la puerta y se marchó. El gato se acercó cauteloso y comenzó a comer, hambriento.

Está bien murmuró Pedro una vez está permitido

Una vez se convirtió en todos los días. Cada mañana el gato ya esperaba en la verja, sentado, sin maullar, sin suplicar, solo aguardando.

Al principio Pedro le daba sobras. Después comenzó a preparar gachas y a comprar conservas baratas, diciéndose a sí mismo: solo mientras no encuentre nuevos dueños.

Pelirrojo, ven aquí lo llamaba. ¿Cómo te llamaba Ana María?

El gato respondía a cualquier nombre, lo importante era que lo llamaran.

Con el tiempo el gato seAsí, al fin comprendió que el cariño compartido entre un hombre solo y un gato abandonado llenaba ambos de una razón para seguir adelante.

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— Papá, ¿qué, has adoptado un gato? — se sorprendió Lucía, la hija que llegó el fin de semanaEl felino, de pelaje gris y ojos curiosos, se deslizó entre sus piernas, ronroneando como si fuera el nuevo invitado inesperado del hogar.
SOLO RESPIRA… —¡Ay, Dios mío! ¿Y de dónde la habrás sacado, Olegio? ¡Si pesa un quintal! No te entiendo, Olegio. Es que es una fofa, ni fu ni fa. ¿Qué le ves? Mamá, dile tú algo —protestaba y protestaba Elena… —Ya está bien, Elena, tranquila. Es la elección de tu hermano. Olegio es quien va a vivir con ella. Que se las apañe con su novia —Ana Victoria miró interrogante a su hijo. —¿Ya habéis acabado? Pues eso… Me caso con Tania. Y encima, en otoño tendremos un hijo. Se han terminado los debates, queridas señoras —Olegio salió de la sala. …Olegio ya había estado casado. Con una belleza. Y la hija quedó en aquel matrimonio anterior. Amó a su exmujer con locura. Pero, al parecer, nunca encajó en la familia. Su suegra hizo todo lo posible por romper ese amor. Olegio tuvo que marcharse. Por entonces se desmadró. Bebía sin medida, se metía en peleas, cambiaba de mujer en mujer… …De repente apareció Tania. Se conocieron en un grupo de amigos. Tania enseguida se fijó en Olegio. Guapo, elegante, extrovertido. Tenía un sentido del humor maravilloso. Nadie hacía reír a Tania tan rápido. Tania era profesora de matemáticas en el instituto. Vivía en casa de sus padres. Tenía veinticuatro años cuando conoció a Olegio. A veces ocurre, ves a alguien y lo amas para toda la vida. Sin más razón, porque sí. Porque simplemente existe. Y sientes que esa persona es tu alma gemela. Y es como si la conocieras de toda la vida. Ya no puedes imaginar tu mundo sin ella. Así le ocurrió a Tania. Olegio aquella noche ni se fijó en la desconocida. Primero, porque iba borracho como una cuba. Segundo, Tania no era su tipo. Pero nada. Y tercero, Olegio había renunciado al matrimonio: “Ya tuve bastante, ¡ni loco vuelvo a casarme!”, decía a sus amigos. Pero en aquella fiesta estaba Emma. Un auténtico bombón. Olegio entabló con ella una charla amena. Y hasta la apartó del grupo. Se aisló con Emma en la cocina. Al rato, se irían juntos, de la mano, en plena noche. …Con Emma todo era genial. Olegio lo tenía claro con ella. Una chica burbujeante, loquita pero encantadora. Los hombres la miraban y suspiraban. Olegio presentó a Emma a su hermana Elena. —Guapa, sí, pero no es chica de familia —sentenció Elena. —Ya lo sé —respondió Olegio. Emma dejó a Olegio por otro hombre. Olegio no sufrió. Sabía que esa chica no era para él. La dejó marchar, sin remordimientos. …Tania esperó su momento. Olegio estaba libre: era hora de actuar. Tania invitó a Olegio a salir. Él no aceptó enseguida, pero al final sí. Tania llevó a Olegio a su casa, lo presentó a sus padres. Al padre y a la madre les cayó fenomenal el chico. Y empezó la historia… Olegio estaba rodeado de atención y cuidados las 24 horas. Tania revoloteaba sobre él como una mariposa. Cumplía cualquier capricho de Olegio al instante. A los seis meses, Olegio decidió contar a su madre y hermana que Tania sería su futura esposa. —¿Pero tú la quieres, Olegito? —preguntó la madre. —No. Antes amé… Tú lo sabes, mamá. Eso duele. Me basta con saber que Tania me quiere con locura —Olegio se quedó pensativo. —Te resultará duro, hijo, vivir con quien no amas bajo el mismo techo. ¿Podrás acostumbrarte? —Ana Victoria se secó las lágrimas. —Ya veremos —respondió Olegio, esquivo. …Se celebró la boda en casa de la novia. —¡Sed felices, amaos, y si discutís, reconciliaos pronto, tortolitos! —aconsejó la suegra a Olegio. …Discutían, pero no se reconciliaban. Olegio empezó a beber. Se volvió a casa de sus padres. Ana Victoria negó con la cabeza, pero no dijo nada. Tania se plantó ese mismo día en casa: —¿Pero qué haces, Olegio? Vuelve. ¡No te entregaré a nadie! Volvió. …Nació un hijo. La vida se complicó… El tiempo voló… Olegio se encariñó cada día más con esa cálida familia. El suegro y la suegra le quisieron como a un hijo. El mejor bocado, para Olegito. Si el yerno llegaba de trabajar, todos en silencio: necesitaba descansar. Le colmaban de regalos… Olegio nunca faltó al respeto a los padres de Tania. Los valoraba. Él asumía todas las tareas de la casa. A Tania siempre la llamaba con cariño: “Taniuca”. Adoraba a su hijo. …Pasaron veinticinco años juntos. Como un suspiro… Los padres envejecieron. Se pusieron enfermos. Se pasaban el día en el ambulatorio. —Olegito, ¿y si te haces por fin una revisión? —aconsejaba Tania a su marido. —Como tú digas, Taniuca… —respondía Olegio. …Siempre tenía prisas por cambiar la valla, hacer reformas, dejar el jardín perfecto. Siempre con prisas… …Llegó la ambulancia. —Ya no hay nada que hacer. Muerte repentina… El mundo se vino abajo. Tania cayó desmayada. Los médicos la recuperaron. —¿Cómo es posible? Olegito acababa de pasar por todos los médicos. “Sano”, decían. Y de repente… un accidente absurdo… ¡No me lo creo! —Tania gritaba. Los padres ancianos miraban desde un rincón, desconcertados. —¡Teníamos que haber muerto nosotros, los viejos! ¡Nosotros! ¿Por qué tanta injusticia? —la madre de Tania rompió a llorar. —¡Olegito! ¡Eres mi vida! ¡Solo respiraaaaa…! —Tania se abalanzó sobre su marido muerto. …Lo enterraron. …Dos meses después, murió el padre de Tania. Antes de morir decía: —¡Olegito! ¡Llévame contigo! Un mes después murió la madre de Tania. …A los seis meses, Tania vendió la casa. No pudo seguir viviendo allí. Compró un piso. Casó a su hijo. …Confesaba a la hermana de Olegio, tras siete años de viudedad: —Elena, un marido como Olegito, no lo encuentras… Viví un infierno al perderlo. No supe protegerle… A su hijo le pidió: entiérrame junto a papá. Qué dolor y amargura sin el ser amado… Y el tiempo no cura, Helenita. Créeme…