Trabajaba con Lucía en la misma empresa, aunque en departamentos distintos. A veces coincidíamos hasta tarde en la oficina, y su marido mi amigo Pablo solía llamarme y pedirme el favor de acompañar a Lucía hasta la parada del autobús. Así que, de vez en cuando, nos encontrábamos en el vestíbulo y caminábamos juntos mientras charlábamos sobre mil cosas. Compartíamos muchas inquietudes, y a menudo Pablo no entendía o no disfrutaba de aquello que apasionaba a Lucía. Yo, en cambio, encontraba auténtico placer en nuestras conversaciones, y poco a poco eso nos llevó a que ella me despidiera con un abrazo, luego con un beso en la mejilla y, en una ocasión, incluso me besara de verdad, perdiendo su autobús por ello.
Sabía que todo esto estaba mal, sobre todo para Pablo y para su familia, pero me enamoré de Lucía.
Lucía comenzó a inventar que tenía que quedarse trabajando hasta tarde solo para poder venir a mi piso; se excusaba diciendo que tenía reuniones fuera o que debía ir al pueblo a ver a su madre, cuando en realidad pasábamos las tardes juntos, saliendo como pareja por Madrid, aprovechando que Pablo estaba en la oficina y no podía sospechar nada.
Amaba sinceramente a Lucía, y aunque jamás hablamos de que dejara a su marido, tenía la sensación de que, si se lo pidiera, Lucía pediría el divorcio sin dudar. Vivía atrapado en una ilusión, robando la felicidad de otro. No de un desconocido: de mi buen amigo. Compartía cervezas con él en algún bar de la ciudad, le escuchaba hablar sobre los cambios de su esposa, que si ahora se arreglaba mucho cada vez que salía, que estaba seguro de que tenía un amante. Yo fingía consolarle y luego corría al encuentro de mi querida Lucía.
Jamás comprendí por qué hacía daño a personas que no lo merecían, hasta que un día Lucía llegó a mi casa de mal humor. Había discutido con Pablo y decidió descargarse conmigo.
Siempre está todo hecho un desastre aquí, ¡no te da por coger una fregona y limpiar el suelo alguna vez? Y la nevera, vacía. ¿Pretendes que cocine y limpie en dos casas? Sólo eres mi amante, no mi hijo. Aprende a cuidarte.
Aquello me hizo pensar. Lucía no me quería; yo era una vía de escape para ella. Nuestros momentos románticos se convirtieron en la misma rutina gris que ella decía odiar en su hogar. Se aburría conmigo.
Solo me lamento de haber sido yo quien le pidió romper. Aquella noche me envió un mensaje diciéndome que se iba y que ni se me ocurriera contarle nada a Pablo. No pensaba hacerlo. Me avergonzaba mirarle a la cara, mucho menos confesarle semejante traición. Solo le dije que ya no podría acompañar a Lucía porque yo terminaba antes mi turno.
Es cierto eso que dicen de que sobre la desgracia ajena no se construye la dicha propia. Ahora vivo con el miedo de que mi nueva pareja resulte igual que Lucía, y esa inseguridad me pesa como una losa. A veces, las acciones impulsivas nos enseñan, tristemente tarde, que la felicidad nunca puede nacer del dolor ajeno.







