La vecina que al principio parecía muy amable comenzó a exigirnos dinero

El año pasado compramos una casita en un pequeño pueblo de Castilla. Buscábamos tranquilidad y desconectar del bullicio de la ciudad. La mayoría de las casas por aquí ya han sido compradas por gente de fuera.
Desde el primer momento, nos llamó la atención una vecina. Tendría unos sesenta y cinco años. Al principio, su excesiva curiosidad no me molestó; es algo común en las personas mayores. Se interesan por todo lo que ocurre. Cada vez que venían amigos a visitarnos o llegaban obreros a trabajar en la casa, salía enseguida y se sentaba en el banco frente a su portal. Observaba con detenimiento cada coche que pasaba cerca de nuestra finca y no le pasaba por alto ninguno de nuestros movimientos. Durante el primer mes tras instalarnos, nos saludaba siempre con una sonrisa y mucha educación.
Sin embargo, el primer roce llegó el día que nos trajeron el armario. El camión de reparto, al maniobrar, golpeó su valla. La vecina salió corriendo y empezó a gritar. Mi marido se disculpó de inmediato; nadie lo hizo a propósito. Ese mismo día arreglamos la valla y, además, le llevé una caja de cerezas y manzanas de agradecimiento. No obstante, luego me arrepentí. Me di cuenta de que la vecina había visto nuestra disposición a evitar problemas y sacar la paz, y lo interpretó como debilidad. Ese fue nuestro gran error.
Apenas pasaron tres días y la vecina me llamó para que fuese a su casa. Estaba indignada porque, según ella, estábamos destrozando el camino delante de su casa con las furgonetas y camiones que llegaban por las reformas. Yo preferí no discutir. Además, la carretera que va a la granja pasa justo por nuestra calle, así que es habitual ver vehículos de todo tipo circulando por allí varias veces al día. Mi vecina aseguraba que estábamos armando un escándalo con las obras y que, por la tarde, haría cuentas de los supuestos daños causados, invitándonos a revisar el estado de la valla y el camino.
A la mañana siguiente vino otro hombre. Resultó ser el yerno de la vecina. Nos dijo que habíamos dañado la propiedad de su suegra y que teníamos que pagar por ello.
Me parece totalmente injusto. Nuestra intención nunca fue causar molestias, y el mismo día se arregló la valla. Las condiciones de la calle no son, ni mucho menos, responsabilidad nuestra.
Otra vecina, que seguía la situación desde su ventana, más tarde nos contó sus propias desventuras con la misma señora. Descubrimos que no éramos los primeros a los que intentaba sacar algún provecho. Resulta que suele analizar qué puede obtener de cada uno y actúa en consecuencia.
Por cierto, el terreno de su patio es dos metros más grande de lo que figura en los papeles oficiales. Así que lo único que la mantiene a raya es la amenaza de denunciar su apropiación de parte del terreno al ayuntamiento. No vemos otra solución.
¿Habéis tenido alguna vez problemas con vuestros vecinos? ¿Sobre qué versaron esos conflictos?

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La vecina que al principio parecía muy amable comenzó a exigirnos dinero
La suegra inesperada salió del armario