Diario personal, 12 de abril
Recuerdo que siempre he conocido a mi madre desde que era un bebé. Ella siempre estuvo a mi lado, y nunca he tenido a nadie más. Mi padre se marchó antes de que yo naciera, así que en casa sólo éramos ella y yo. Era por la tarde cuando le prometí a mamá que sería valiente y la esperaría hasta que regresara.
Al principio, de verdad intenté ser fuerte. Una hora, luego dos, y mamá no volvía. Yo sólo tenía cinco años y las lágrimas comenzaron a escaparse sin que pudiera evitarlo. Me fui al dormitorio por si acaso, con la esperanza de encontrarla esperándome allí como otras veces. Pero la habitación estaba vacía y los zapatos con los que había salido tampoco estaban.
Poco a poco, el miedo empezó a crecer dentro de mí. Lloré otra vez, y así, agotado, acabé quedándome dormido.
Por la mañana, los rayos del sol entraban por la ventana y acariciaban mi camita. Me levanté enseguida, lleno de esperanza, y salí de nuevo a buscar a mamá. No quise ir a la casa del vecino de al lado, porque mamá siempre me había contado que allí vivía un tío gruñón que solía estar borracho y que era muy dado a la violencia. Me asustaba la sola idea de encontrarme con él.
Salí fuera a la calle, esperando verla entre la gente. Pero los adultos, ocupados en sus propios asuntos, seguían de largo sin dedicarme ni una mirada. Me cansé enseguida y me senté en un banco del parque, donde una anciana permanecía sentada. Me senté a su lado y, sin poder evitarlo, las lágrimas volvieron a brotar. La señora me miró con compasión y me preguntó qué me pasaba.
Vuelve a casa, me dijo, pensando que sólo había andado traveseando por ahí, y me regaló una manzana. Pero yo no dejé de buscar. Los adultos que encontraba por la calle seguían sin prestarme atención. Cada quien continuaba con sus problemas y su rutina diaria.
Al final, me rendí de puro agotamiento y me quedé dormido, con frío y hambre, sobre el césped del parque. Cuando cayó la noche, alguien avisó a la policía y así acabé en la comisaría. Después me llevaron a algún sitio y me entregaron a una señora desconocida.
¡Quiero a mi mamá! lloré con todas mis fuerzas, ilusionado con la esperanza de que me llevaran junto a ella. Pero en la habitación donde entré, no estaba mi madre.
Vino otra señora, que me trajo ropa y me ayudó a cambiarme. Después me tomó de la mano y me condujo a otro lugar. Allí, me encontré rodeado de otros niños como yo. Me apoyé contra la pared, mareado y aturdido, y esperé así durante mucho rato. Poco a poco fui comprendiendo que mi madre estaba lejos, muy lejos y que probablemente nunca volvería a verla.
P.D.: Mamá falleció atropellada por un coche aquella tarde en que salió de casa.







