Desde pequeño, Fran siempre soñó con vivir en la ciudad; sin embargo, cuando su sueño por fin se hizo realidad, comprendió que había sido un error.

Nacido y criado en un pequeño pueblo de Castilla, Francisco era de esos que saludan a todo el mundo por la calle y no dejan pasar a nadie sin un buenos días. A los 18 años, decidió que ya era hora de cambiar de aires y se lanzó a la aventura de mudarse a Madrid, a buscarse una profesión, pese a que su familia le miraba de reojo y le decía: Hijo, aquí hay trabajo, ¿para qué irte tan lejos? Pero Francisco, terco como una mula castellana, hizo caso omiso de los consejos caseros.

Su madre, una mujer que había sacado adelante el cortijo sola tras la muerte prematura de su esposo, no quería ni oír hablar de que el chico se marchara. Pero Francisco terminó sus estudios y se convirtió en un mecánico de coches de primera, enviando orgullosamente la mayor parte de su salario en euros de vuelta al pueblo para ayudar a su madre. Se casó, pero la alegría le duró lo que dura un sorbo de vino: después de cinco años, se vio firmando el divorcio porque su esposa, también madrileña, no estaba muy contenta con la economía doméstica. A pesar del chaparrón, Francisco seguía siendo el alma de las reuniones familiares y el favorito de sus amigos.

Eso sí, la vida urbanita no era lo suyo. Le frustraba que todo en Madrid se arreglase a golpe de cartera. Soñaba con una vida sencilla y llena de significado, alejada de la jungla de cemento.

En las llamadas de teléfono que mantenía con su madre siempre a la hora de la siesta, para que no le pillara en mitad de la faena ella le sugería que volviese al pueblo, donde, según decía con toda la autoridad del mundo, hay trabajo para dar y tomar. Incluso le insinuaba que podría encontrar pareja en su vecina Emilia, vieja conocida de la familia. Francisco sentía algo por Emilia, aunque, sinceramente, tras el segundo fracaso matrimonial también con una señorita de la capital que le dejó por los apuros económicos no tenía claro si quería más aventuras románticas.

Al llegar a los 40 años, Francisco decidió que era el momento de dar una vuelta de tuerca a su vida y se volvió al pueblo, donde encontró trabajo en una fábrica de madera, que el jefe era primo de su madre (esto en Castilla pasa mucho). El cambio fue como un soplo de aire fresco tras años de contaminación urbana. De repente, la vida tenía sentido: la gente se ayudaba, se escuchaba y hasta compartían el pan de hogaza.

Francisco se reencontró con Emilia, y como si nada hubiera cambiado, se casaron. Poco después, vino al mundo su primer hijo, para alegría de toda la comunidad.

Lo mejor de todo fue ver la felicidad de su madre, que por fin tenía a su chico de vuelta en casa. Francisco entendió entonces aquel dicho castellano de Donde hay gente, hay ganancia. Rodeado del calor y el apoyo del pueblo, por fin encontró la satisfacción y el propósito que tanto había buscado, y hasta se permitió el lujo de reírse de aquellas tormentas pasadas con una copa de vino de la tierra.

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