Ese día, Alicia quería darle una sorpresa. Abrió la puerta y entró en casa. En la cocina estaba la luz encendida, pero su marido no estaba allí. Entonces escuchó unos ruidos extraños que venían…

Alicia volvió antes de lo habitual a casa. Su compañera de trabajo llegó temprano, así que pudo irse antes. Tenía un humor estupendo. Su abuela había decidido llevarse a los niños todo el verano, y su marido se había quedado en casa. Rara vez tenían tiempo para disfrutar juntos, así que estaba encantada con la oportunidad. De camino, pasó por el supermercado y compró patatas fritas, caramelos, galletas pensaba montar una sorpresa estupenda. Antes, solían tener una tradición familiar de ver películas juntos, pero ahora entre el trabajo y las mil responsabilidades, ni hablar.
Abrió la puerta con la llave y entró en casa. En la cocina había luz, pero su marido no estaba allí. Entonces escuchó unos ruidos extraños que venían del dormitorio. Y allí, en plena faena, su marido abrazaba a Lucía. Lucía era la mejor amiga de Alicia de toda la vida, desde el colegio.
Nunca se habría imaginado una traición semejante de dos personas tan cercanas. Echó un vistazo a su alrededor. Por todas partes había ropa arrugada tirada. En la mesa, copas de vino, un par de caramelos. Vamos, que la escena era un después de cita en toda regla.
Lucía, sin atreverse a mirar a su amiga, intentaba vestirse a toda prisa y marcharse. El marido empezó, tartamudeando, a excusarse.
Es que hace gracia escucharte déjate de tonterías.
Vale, lo siento. Verás, Lucía y yo nos queremos. Creo que lo mejor es divorciarnos. Ya hablaremos de los niños y del piso más adelante, ¿te parece? Me largo.
Cuando su marido salió, Alicia agarró la copa de vino inacabada y se sentó, preguntándose cómo demonios iba a ser su vida a partir de ahora. Al parecer, le tocaba volver a empezar desde ceroSe quedó en silencio, el reloj marcando cada segundo como una gota desconcertante de realidad. Después de unos minutos, Alicia respiró hondo; el primer sorbo de vino le supo a pura furia, pero el segundo fue distinto: una especie de alivio feroz, algo que empezaba a brillar por debajo del dolor.
Caminó hasta el salón, miró la bolsa de chucherías preparadas para una noche familiar y se echó a reír con una mezcla de tristeza y determinación. Del fondo de un cajón sacó la manta vieja de películas, la extendió en el sofá y, por primera vez en mucho tiempo, eligió una película sólo para ella. Abrió la bolsa, eligió las mejores patatas y encendió el televisor.
Entre bocado y bocado, y mientras la protagonista de la película se enfrentaba a sus propios desastres amorosos, Alicia empezó a imaginar su verano de forma distinta. Pensó en sus hijos, en los paseos sola al atardecer, en llamadas con su abuela y, por primera vez en años, en todo lo que deseaba hacer sin pensar en nadie más.
Recostada contra el respaldo, sonrió. No tenía idea de cómo sería su vida a partir de ahora, pero sí supo algo: esta vez, la protagonista sería ella.

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