Diario personal, martes 18 de marzo
Hoy he revivido recuerdos que creía enterrados para siempre. A veces siento que mi vida empezó en Madrid, pero en realidad todo comenzó mucho antes, cuando me quedé huérfana con apenas cuatro años. Nunca pude recordar cómo murió mi madre: un accidente con el coche de un vecino, dicen. Mi padre, Faustino Álvarez, siempre fue un hombre marcado por la vida; trabajó tanto que envejeció demasiado pronto y, al final, apenas pudo sobrellevar los días. Nunca fui a verle ni le dediqué tiempo suficiente. Tras mi boda, construí mi propia rutina y solo le llamaba de vez en cuando. Mi marido, Andrés Ortega, se quejaba de que malgastaba nuestros euros ayudando a un hombre que, según él, no merecía nada. Papá esperaba que yo fuera la hija que le cuidase al llegar la vejez. Un vecino, Eduardo, le aconsejó que acudiera al juzgado para reclamarme una pensión alimenticia. Pensó que yo no reaccionaría mal.
Hoy, al verle en la Audiencia de la Plaza Mayor, mis lágrimas no podían contenerse. ¡Papá! ¿Tan cansado de esperar has estado, que has decidido llevarme ante el juez? pregunté, temblando.
Ángela, no he tenido ni para pan estos dos últimos días. Siempre pensé que cumplirías tus promesas. Quizá te eduqué mal… respondió con voz rota.
Sabías que trabajaba día tras día. Además, mi marido te enviaba comida y algo de dinero, contesté. En ese momento Andrés interrumpió bruscamente: Basta. Te mando dinero cada mes, pero no es para gastarlo en fiestas ni caprichos.
No pude evitar llorar y darle la espalda. Papá, hay algo esencial que debo contarte. Me giré, desconcertada.
Él bajó la voz y todo en mí se detuvo. Cuando tu madre aún vivía, llegué a casa una tarde y la encontré en la cocina, pensativa. Había un paquete junto a ella. Dentro, una niña pequeña. Tu madre te encontró en una caja, al lado de unos contenedores cerca del metro. Decidimos criarte como a nuestra hija. No eres mi hija biológica, pero te he querido cada día de mi vida. Perdóname, Ángela.
Papá retiró la denuncia en ese instante. Más tarde, durante la conversación descubrí que Andrés nunca había visitado a mi padre; el dinero que supuestamente enviaba lo gastaba en fiestas, mujeres y apuestas. Me dolía pensar en todo el tiempo que desperdicié confiando en él.
Hoy, después de tantos años, he decidido mudarme con mi padre. Ahora, aunque sea tarde, ambos somos felices.






