¿Eres una máquina de hacer niños? ¿Cuántos más piensas tener? Así, sin más, me lo soltó mi suegra, con ese tono sarcástico tan suyo. Hola, Soledad Rodríguez, por favor, no seas tan irónica respondí con toda la educación que pude. ¿Te ha molestado enterarte, a través de Alejandro, de que vamos a tener otro hijo?
¡Pues claro que me molesta! Después del tercer nieto ya te pedí por favor que pararais. Pero no haces caso de los consejos de una mujer sensata. ¡Si hasta os regalé un paquete grande de preservativos en Nochevieja, para que os cuidaseis un poco! ¡Y aun así, ahí sigues! gruñó mi suegra.
Recuerdo perfectamente aquella Nochevieja: mi hijo mayor cumplía ese día, y la madre de Alejandro aprovechó para dejarnos el “regalito”, insinuando descaradamente que ya bastaba. Te hemos escuchado, pero la naturaleza manda más le contesté, intentando no perder la calma.
¿Te crees graciosa? Pues apáñate ahora sola con tus niños. Yo ya no te ayudo más… No es que hasta ahora. Sonó el tono de llamada y no me dejó ni terminar la frase.
Tiré el móvil sobre la cama y sonreí, acariciando mi barriga, que por ahora sigue tan lisa como siempre. Esperamos nuestro cuarto hijo y eso es lo que tanto enerva a Soledad Rodríguez. Lo que nunca he entendido es por qué le afecta tanto.
Mi suegra jamás se ha encargado de los nietos, ni tampoco nos ha ayudado económicamente. A lo sumo, viene a verlos una vez al mes y sólo trae algún detalle en fiestas señaladas. No me gusta, pero siempre callo. No es que le falte dinero: bien podría comprar un poco de chocolate para los niños de vez en cuando, pero parece que no le sale del corazón. Todo esto lo guardo para mí, ni si quiera se lo digo a Alejandro. Nuestros hijos están alimentados, bien vestidos y felices, y eso es lo que cuenta.
Alejandro gana un buen sueldo y yo me las apaño con algo de teletrabajo. Cuando mi pequeño negocio empezó a dar frutos, hasta contraté a una cuidadora para que los niños no me interrumpieran continuamente. Ella juega y pasea con ellos mientras yo trabajo.
Somos una familia feliz, y aún así la actitud de Soledad es lo que empaña la armonía. Nunca le gusté del todo; desde el principio me miró con recelo y tras los nacimientos sucesivos de los nietos, se le fue agriando el carácter.
Recuerdo que cuando nació la tercera, ni la quiso ver y hasta me insistió en abortar. Con el tiempo, claro, terminó cogiéndole cariño. Justo cuando las aguas se calmaron, nos enteramos del cuarto embarazo. No planeábamos tener otro tan pronto, pero así lo ha querido la vida. Y a los niños se les recibe, no hay más.
Evidentemente, la noticia no ha sido de su agrado. Estoy convencida de que lo que de verdad le preocupa a Soledad es que su hijo deje de ayudarla económicamente. Alejandro siempre está pendiente de ingresarle algo a su madre, y claro, con el cuarto crío la cosa puede complicarse. Ella teme que el chiringuito se le acabe.
A mí no me molesta que Alejandro ayude a su madre, pero tampoco a expensas de sus propios hijos. Por ahora, podemos con todo, y le animo a ser generoso. Ya le arregló los dientes a su madre, la llevó a la Costa del Sol, le pagó la reforma de la cocina…
Si no me equivoco, y realmente a Soledad lo que la angustia es su situación financiera, la cosa no hará sino empeorar con el tiempo. Sus sermones no van a cambiar las cosas y lo único que hacen es ponerme de los nervios.
Claro que haga lo que haga, nadie nos va a hacer cambiar de opinión: vamos a tener a nuestro cuarto hijo, y punto. Lo que no logro entender es cómo alguien puede creerse con derecho a decidir cuántos hijos debe tener otra familia.







