Nuestra madre nos dejó muy pronto, y aunque yo estaba algo más preparada, consciente del dolor que sufría a causa de su enfermedad renal y de las penurias que soportaba cada día, mi hermana Jimena, cinco años menor que yo, estaba completamente perdida. Nos quedamos con nuestro padre y la abuela, quienes por mucho que se esforzaran jamás consiguieron llenar el vacío de mamá. Jimena solía enfadarse conmigo, me reprochaba que por ser la mayor pasé más tiempo con nuestra madre, que la conocía mejor, y que ella no tenía más que unas fotos.
Sobre todo eran fotografías antiguas de álbumes polvorientos, llenos de imágenes de la boda de nuestros padres y de mamá embarazada. Y no nos dimos cuenta durante años, pero Jimena desarrolló una obsesión por parecerse a mamá en todo lo posible: casarse pronto, tener un hijo, construir a toda costa ese pequeño mundo familiar que tanto anhelaba.
Se casó antes que yo, con solo veinte años, porque el embarazo llegó inesperadamente. ¿Quién fue realmente feliz y quién quedó desconcertado por la noticia? Nunca entendí esa prisa, teniendo en cuenta que aún no había terminado la universidad y trabajaba en una cafetería a media jornada. Pero conforme avanzó el embarazo, las cosas se volvieron más extrañas. Al principio Jimena estaba genuinamente feliz, pero luego empecé a notar que temía mucho por su hijo, quería lo mejor para ambos, y todo parecía depender de eso.
No había nada malo en procurar lo mejor, pero la situación se volvió extrema: Jimena se alteraba terriblemente si al sentarse a la mesa, en casa o en cualquier restaurante de Madrid, no le servían justo aquello que deseaba, o si el sabor no coincidia con lo que imaginaba. Una tarde, furiosa porque encontró una espina en el pescado, volcó el plato sobre el camarero en una taberna donde papá solía llevarnos de niñas.
Ahora Jimena se ha vuelto hermética. Siempre está en casa, solo existen su vientre y su marido, Javier. No soporta ver a nadie más, y asfixia a Javier con un exceso de atención. Él a veces se escapa a mi piso tras el trabajo, buscando un respiro. Me cuenta que Jimena es insoportable, que se pasa el día hablando con el bebé, narrándole sus cambios de ánimo, saltando de la euforia al miedo, y obsesionada con encontrar alguna enfermedad. Todo el tiempo hay que ir a clínicas, hacerse pruebas; luego desconfía de los médicos, y cree que debe dar a luz en casa…
Yo me inquieto por Jimena y por su hijo por venir. Papá no ve nada raro, la abuela María dice que son cosas de las hormonas, y Javier apenas aguanta, pero está claro que esto no es normal. Nadie sabe realmente a quién acudir, ni cómo ayudarla. La tensión se palpa en el ambiente familiar, y el silencio pesa como una piedra sobre nuestras cabezas.







