Claudia llevaba veinte años gestionando la documentación, atendiendo llamadas, sonriendo a visitantes que no se la merecían en absoluto y preparando café para los jefes con tal destreza, que en una ocasión estuvieron a punto de ascenderla para encargarse de la cafetería. Y aun así, la incluyeron en el último recorte de personal. Así es la vida, ni más ni menos.
Ahora, tenía una entrevista. La primera en veinte años.
Claudia se miró fijamente en el espejo del recibidor y se animó a sí misma en voz baja. El traje, bien. El peinado, bien. La cara, bueno, la cara es la que es; cuarenta y seis años no pasan en balde, pero se mantiene. Lo principal: no ponerse nerviosa. Es solo un trabajo. Una oficina nueva, una mesa nueva, llamadas nuevas.
Su amiga Inés, que se ofreció a acompañarla, le daba ánimos en el ascensor:
Tienes que ir con seguridad. Eres una profesional. Veinte años de experiencia no son poca cosa.
Veinte años repitió Claudia. Y aun así, me han echado.
Bueno, pero experiencia tienes.
Inés, ya vete a trabajar dijo Claudia con una media sonrisa.
La oficina estaba en un callejón tranquilo del centro de Madrid, en un edificio de cuatro plantas con pretensiones: columnas, puerta de cristal, un vigilante en americana. Claudia se irguió, respiró hondo, y entró.
La secretaria en recepción señaló el tercer piso:
El director le espera en el despacho trescientos dos.
Tercer piso. Pasillo. Puerta con placa.
Claudia llamó. Entró.
Y se quedó helada: sentado al otro lado de la mesa estaba Javier.
Su ex. Ese al que una vez sacó una astilla del dedo, alimentó con empanadillas durante los exámenes y perdonó cosas imperdonables. Aquel por el que no pudo dormir bien durante tres años.
Él la miraba. Ella a él.
Una pausa de esas largas, que solo admiten dos opciones: o te quedas, o te vas. No hay tercera.
«Esto sí que es el destino con sentido del humor», pensó Claudia, casi divertida.
Javier estaba bien. Y eso era lo peor.
De verdad: durante los últimos ocho años, Claudia había fantaseado con posibles reencuentros en los que él aparecía envejecido, estropeado, al menos con barriga cervecera. Algo le tenía que haber pasado a quien tanto supo hacer daño.
Pero no.
Javier estaba sentado en la mesa de director, con buen traje, buen corte de pelo, ese aire de quien lleva tiempo en paz con su conciencia y lo tiene todo bajo control. Las sienes algo grises. Un portátil, una agenda, un pequeño cactus. Un cactus, nada menos, como símbolo.
Claudia dijo él. No «señora Aguilar», ni «buenos días». Solo «Claudia», como si se hubiesen despedido la noche anterior tras una cena.
Hola, Javier contestó ella.
Él le señaló la silla. Claudia se sentó, sujetando su bolso en el regazo. Necesitaba agarrar algo, aunque fuera el bolso.
Tengo aquí tu currículum dijo él, asintiendo hacia la mesa. Ya lo he visto.
Perfecto.
Veinte años en secretaría. Es mucho tiempo.
Sí.
Javier mantenía la voz firme, como si nada fuera con él, mirando hacia su oreja izquierda, no directamente. Era esa manera de mirar de quien lo ha entendido todo pero simula no saber nada.
«Así que vamos a fingir profesionalidad», pensó Claudia. «Bien, juguemos.»
Cuéntame de tu último trabajo inició él.
Y comenzó la función.
Claudia respondió tranquila, clara, concisa: funciones, responsabilidades, volumen de documentos, programas, número de personas a cargo. Pero por dentro mantenía otra conversación consigo misma.
Ese es el hombre que te dijo «no me entiendes» y se fue con Raquel, de contabilidad.
¿Qué programas utilizabas?
Contestó, pero pensaba: este es el mismo por el que estuviste meses sin poder comer ni dormir.
¿Te encargabas de concertar reuniones con los socios?
Sí, coordinaba la documentación contractual y encuentros a nivel de dirección.
Ese es. El que está ahí, con ese buen traje.
Javier asentía, anotaba en la agenda, o lo fingía. Claudia, de reojo, veía la pluma moverse, y pensaba: menuda ironía tiene la vida. Una ironía elaborada, de las que hasta duelen.
Afuera, el callejón, hojas caídas en el asfalto, un octubre cualquiera. Dentro, ocho años, un divorcio, juicio por el piso, otro por la casa de campo, noches enteras al teléfono con Inés, en silencio, porque las palabras no salían.
Y ahí estaba él, con su cactus simbólico.
¿Por qué dejaste tu anterior trabajo? inquirió Javier. Voz neutra, formal.
Recorte de plantilla. Cerraron el departamento entero.
Vaya pausa. ¿Trabajabas directamente con la dirección?
Sí, trataba directamente con el director general y el consejo.
¿Sabes mantener la confidencialidad?
Por supuesto.
Javier la miró. Varias largas, Claudia sostuvo el contacto, sin sonrisa, sin hostilidad, solo firmeza.
Bien dijo él, dejando la pluma. Me gustaría continuar la conversación en un ambiente más informal. ¿Quizá un café?
En ese momento, Claudia sintió una alerta interna. No era miedo; era una intuición de que aquel sería otro tipo de conversación para la que debía estar lista.
De acuerdo aceptó serena.
Javier se levantó, fue a la cafetera junto a la ventana de espaldas a ella. Claudia observaba la nuca de su ex y pensaba: va a soltar algo importante o incómodo. Por eso el café.
La máquina resopló, haciendo ruido.
Estás estupenda le dijo Javier, sin volverse, de repente tuteándola.
Claudia guardó silencio.
Él sirvió una taza frente a ella y regresó a su asiento.
De verdad lo digo.
Claudia miró el café, luego a él.
Gracias respondió con neutralidad.
Javier dudó un instante.
Claudia, quiero decirte algo. No como director, sino… bueno, como alguien que te conoce.
«Esto sí será interesante», pensó Claudia. Interesante y algo arriesgado. Como cuando el comandante del avión sale de la cabina y sabes que va a decir algo importante aunque no sea obligatorio.
Me alegro de que hayas venido, justo aquí dijo Javier.
Ha sido casualidad respondió Claudia.
Quizá. Sonrió apenas. Pero me alegro. En serio. Se nota que eres una profesional. Eso es justo lo que necesito aquí.
Bien.
Pero me gustaría pausa, buscaba las palabras igual que quien cruza un lago helado que empezáramos de cero. Que nos entendiéramos, sin historias viejas. Un folio en blanco, digamos.
Ya está.
Claudia dejó la taza.
«Un folio en blanco». Así lo llaman. Ocho años, un juicio por la vivienda, meses de insomnio y «folio en blanco».
Guardó silencio unos segundos, analizó su rostro como quien examina algo antes de decidir si merece la pena.
Javier dijo, ¿quieres decir que me ofrecerás el puesto si olvido todo lo que pasó?
Él arqueó ligeramente una ceja.
Propongo empezar de cero. No es lo mismo.
No replicó Claudia, es exactamente lo mismo.
Silencio. El cactus, inmutable, como testigo.
Mira siguió Claudia, no pienso remover el pasado. No tengo ganas ni tiempo. Pero tampoco voy a fingir que no existió. Porque existió, y forma parte de mi vida, no es una página que se pueda arrancar.
Javier la miraba, callado.
He venido a una entrevista aclaró Claudia, con voz clara. No a un reencuentro sentimental. Si te interesa una directora administrativa con veinte años de experiencia, podemos negociar. Si buscas a alguien que finja que nada ocurrió hace ocho años, no soy yo.
Cogió la taza, probó el café. Era bueno, un detalle que le supo a pequeña victoria innecesaria pero dulce.
Javier callaba. Y Claudia releyó en su mirada algo inesperado: respeto.
Has cambiado dijo Javier.
Claro asintió ella. Han pasado ocho años.
Él se levantó, fue a la ventana, se quedó mirando el callejón, y luego se giró.
Claudia su voz sonó distinta, más baja. Sé que me equivoqué entonces. No es un folio en blanco. Tienes razón. Eso pasó, y actué mal.
Claudia lo miraba, sorprendida.
Durante ocho años, había imaginado ese reencuentro: él enfadado, él restando importancia, él con frases condescendientes. Pero que simplemente admitiera «actué mal», eso no lo había previsto.
Es agradable escucharlo admitió ella tras una pausa. Aunque llegue tarde.
Sí asintió él. Tarde.
Y el silencio se volvió solo silencio, ya no tenso, sino sereno. Como al final de una conversación en la que ya no queda nada por decir.
Sobre el puesto retomó Javier, quiero ofrecerte la dirección del departamento administrativo. Está por encima de la secretaría. Condiciones excelentes. Tú decides.
Claudia lo pensó un momento.
Lo consideraré respondió.
De acuerdo.
Ambos se levantaron. Sin formalidades innecesarias, solo como personas.
Claudia la llamó cuando ella iba hacia la puerta.
Se volvió.
Gracias por no salir corriendo al verme.
Claudia dudó un instante.
Tampoco creía que me quedaría respondió sincera.
En el pasillo, Claudia se paró frente a la puerta cerrada.
En la calle, Inés la esperaba con un café de máquina. Al verla, captó su expresión y enseguida preguntó:
¿Y bien?
Me han ofrecido el puesto contestó Claudia.
¿Bueno?
Sí, directora del departamento administrativo.
Vaya… Inés reflexionó unos segundos. ¿Y quién es el director?
Javier.
Inés la miró incrédula.
¿Javier? ¿Tu Javier?
Mi ex puntualizó Claudia.
¿Y tú qué?
Le dije que lo pensaría.
Claudia cogió el café de máquina, dio un sorbo. No era tan bueno como el de arriba, pero le resultaba más familiar.
Caminaron juntas por el callejón. Las hojas crujían, el sol de octubre apenas daba calor, más que nada, estaba allí acompañando.
Pero ahora decido yo. No él sonrió Claudia de lado. Ya no él. Exactamente.
A veces la vida pone a prueba nuestro pasado para que decidamos cómo queremos escribir nuestro futuro.







