Hace poco, en una noche extraña envuelta en niebla espesa, recibí una invitación para una reunión de antiguos alumnos. La carta parecía escrita por una mano invisible y, sinceramente, no sentí ningún deseo de asistir. Os contaré ahora los motivos.
Después del bachillerato, me mudé a Madrid y regresar para esos mítines me resultaba incómodo y ajeno. Solía husmear por redes sociales, viendo las vidas de mis compañeros de clase desde lejos, más por curiosidad pasajera que por verdadero interés.
Tras el encuentro con mis antiguos colegas, caminé de vuelta a casa, atravesando plazas solitarias, sumido en una tristeza indefinida. Decidí entonces que sería la primera y última vez que acudiría. En mi memoria, las personas seguían siendo jóvenes, como en aquellos días, pero la realidad era un espejo distorsionado…
Allí estaba, por ejemplo, Azucena. Ella fue mi primer amor, el nombre resonaba como campanas en mi pecho. Al verla, una mujer de cabellos tan blancos como la espuma del mar y sin dientes, que intentaba coquetear conmigo, sentí un escalofrío, como si las paredes se derritieran. Durante todos estos años, nunca se casó, incapaz de decidirse. Ahora, nadie le presta atención; su presencia repele como el sabor del ajo crudo.
Mi compañero de pupitre, Mateo Rodríguez, era un problema mayor. Había envejecido tanto que parecía un abuelo escondido detrás de mil arrugas. Y cuando vi a su esposa, me quedé sin palabras. Si alguna vez fue la estrella de Alcalá, ahora se había transformado en un monstruopor fuera y por dentro. Mateo solo iba al baño cuando ella se lo permitía; su mirada tenía el brillo de un pájaro enjaulado.
En realidad, aquel no fue un encuentro de recuerdos; fue una fiesta rodeada de botellas de vino barato y risas huecas. Me avergonzaba la atmósfera, el humo de cigarros flotando como pequeños espectros, las conversaciones en el baño que parecían rituales secretos. Prefería no volver a verles, conservar sólo esos retazos de alegría antiguos en mi memoria, como monedas de oro escondidas en el fondo de un pozo seco.







