Tengo un hermano menor. Se casó siendo aún muy joven, apenas tenía dieciocho años. Nunca entendí del todo la prisa que tenía. Creo que sólo quería demostrar que ya era adulto y capaz de manejar su vida por sí mismo. Desde pequeña, siempre estuve acostumbrada a ser quien cuidaba de él. Mi infancia terminó en el instante en que lo trajeron del hospital a casa; yo tenía sólo diez años entonces. Como hermana mayor, mi responsabilidad era velar por él constantemente.
Luego empezó a hacerse mayor, se casó y nos dejó. Su esposa también tenía dieciocho años y era una persona de carácter muy fuerte. Desde el primer encuentro no sentimos simpatía por ella; era una persona poco considerada, maleducada y además no era atractiva. ¿Qué habría visto en ella mi hermano?
Vivían en un piso cercano al de los suegros. El suegro era un hombre callado, algo peculiar, apenas hablaba y a veces sólo movía la cabeza en silencio. La suegra, por el contrario, era mandona y le gustaba dirigir a todos; todos le obedecían porque no había más remedio. Siempre estaba criticando a mi hermano, le reprochaba cosas y chismorreaba sobre él. Su esposa tampoco mostraba aprecio, siempre estaba insatisfecha.
Trataban muy mal a mi hermano, y eso me molestaba profundamente. Intenté hablar con él varias veces, pero siempre quería hacerme ver que todo estaba bien: decía que era feliz, que su esposa lo quería, y que estaban contentos con su vida. Con el tiempo noté que mi hermano empezó a parecerse al suegro, perdió su voz y sólo movía la cabeza, resignado. Pero llegó un día en que su paciencia se agotó: recogió sus cosas y simplemente se marchó de allí. Jamás lo había visto en ese estado. Lamentaba profundamente haberse casado tan joven.
Cada persona tiene un límite. Cuando se nos pide demasiado y se sobrepasa esa frontera, a veces hay que partir para reencontrarse a uno mismo. Aprendí que cuidar a otros está bien, pero también hay que cuidar de uno mismo, buscar la felicidad y no dejar que los demás apaguen nuestra luz.







