Mi marido me abandonó. Se llevó todos nuestros ahorros que habíamos juntado para comprar un piso y desapareció. Me quedé en un piso de alquiler con mi hija de seis meses. Cuando mi suegra se enteró de lo ocurrido, vino a verme y me dijo:
Recoge tus cosas, te vienes a vivir con tu hija a mi casa.
Intenté negarme. Mi suegra y yo habíamos tenido nuestros desencuentros durante años. Nunca nos habíamos dirigido una palabra amable. Y, sin embargo, después de la huida de mi marido, su madre fue la única que se preocupó por mí. Mi propia madre me dijo que en su casa no había sitio para nosotras. Mi hermana mayor opinaba igual; ella vive con sus hijos en casa de mi madre, y siempre ha hecho lo que mi madre le indicaba.
Gracias. Te estaré muy agradecida por tu hospitalidad murmuré.
Era la primera vez que le decía gracias a mi suegra.
¡Anda ya! No eres una extraña contestó, cogiendo a mi hija en brazos. Ven, preciosa. Deja que mamá se prepare, y nosotras no la molestamos. ¿Te gustaría quedarte con la abuela, cariño? Por supuesto que sí. La abuela te contará cuentos, os llevará a pasear, te hará trenzas
Al escuchar la voz dulce y cariñosa de mi suegra, aún no podía creerlo. Siempre iba diciendo que no se acercaría jamás a mi criatura.
Recogí mis cosas y nos fuimos a vivir con mi suegra. Nos preparó la habitación más grande, mientras que ella se instaló en un cuarto pequeño. No salía de mi asombro, pero ella insistió:
¿Y qué pasa? Una niña necesita espacio, dentro de poco estará gateando. Yo no necesito tanto. Poneos cómodas. La comida estará lista en una hora.
Para cenar, me ofreció verduras al vapor y carne cocida. Me explicó:
Eres madre lactante. Si prefieres, puedo freír algo, pero lo sano es mejor para la niña. Eso ya depende de ti.
La nevera estaba llena de tarritos de comida infantil.
Ya va siendo hora de probar sabores nuevos, ¿no crees? Si a la pequeña no le gusta lo que hay, compraremos otros. Dímelo sin problema me sonrió.
Entonces no pude aguantar más y rompí a llorar. Su actitud cariñosa me conmovió profundamente, tan inesperada para mí, que nunca nadie había cuidado de nosotras así. Me abrazó y murmuró:
Tranquila, hija, tranquila. Los hombres son raros. Yo también crie sola a tu marido; su padre se fue cuando él tenía ocho meses. No pienso dejar que mi nieta pase por lo mismo. Ya, ya has llorado bastante. Toca recomponerse.
Entre lágrimas, le expliqué que nunca hubiera esperado esa amabilidad por su parte y le di las gracias:
Gracias, de verdad. Si no fuera por ti, no sé adónde habríamos ido mi hija y yo.
La culpa es mía repuso. Crié a mi hijo de forma demasiado irresponsable. Ahora intentaré corregir, al menos un poco, el daño que hizo. Anda, lávate la cara y vete a descansar. Mañana todo se ve mejor.
El primer cumpleaños de mi hija lo celebramos las tres: mi hija, mi suegra, nuestra querida abuela y ángel de la guarda, y yo. Acostamos a la niña para la siesta, tomamos té y tarta, cuando sonó el timbre. Mi suegra fue a abrir.
Mamá, te presento a Mónica. Mónica, esta es mi madre. Mamá, ¿podemos quedarnos contigo un tiempo? No puedo permitirme un alquiler, sigo sin trabajo.
Al escuchar la voz de mi marido, me puse pálida. Temía que mi suegra les acogiera y nos echara a la calle a mi hija y a mí. Sentí lagrimas en los ojos.
Lárgate de aquí ahora mismo. Y llévate contigo a tu novia. Has robado a tu mujer y a tu hija, les has dejado sin un euro. Pues toma, la vida ya te lo está cobrando. Marchaos de mi casa. Y tú, Mónica, ten cuidado, que a ti también podría dejarte sin nada.
Me equivoqué mucho con mi suegra. Ella se convirtió no ya en una segunda madre, sino en la más importante. Vivimos con ella durante seis años hasta que volví a casarme. En mi boda, ocupó el lugar de madre de la novia. Mi hija ya va al colegio, y muy pronto nacerá mi hijo pequeño. Mi suegra está encantada esperando la llegada de su nieto.







