Weronika por fin logró su objetivo: su hijo se divorció de su esposa. Sin embargo, no esperaba lo que su hijo haría después.

Ya era de noche cuando unos golpecitos sonaron en la puerta. Eugenia abrió y en el umbral apareció su hijo, Jaime, de treinta y ocho años. Dejó la maleta junto a la entrada, con el abrigo puesto atravesó el recibidor y se tiró en el sofá, como si hubiese corrido la maratón de Madrid.
Hijo, ¿ha pasado algo? preguntó Eugenia, conteniendo un entusiasmo que apenas cabía en su vestido de flores. Jaime permaneció callado, mirando al horizonte que se perdía en la pared del salón. Luego suspiró como si estuviera pagándole una ronda a todo el vecindario y soltó:
Se ha acabado.
Te lo dije, Jaime, lo sabía desde el principio. No era para ti, te lo he repetido muchas veces. Y míralo, al final así ha sido.
Sí, sí, mamá, la culpa de mi divorcio la tienes tú, cómo no.
¿Cómo, por favor? Te ha quitado un año de vida, has estado perdiendo el tiempo. ¿Y qué culpa tengo yo de todo esto?
No dejaste pasar ni una, ni dos, ni tres oportunidades para decirme que ella no era la indicada. Lo repetías cada vez que abrías la boca, incluso cuando podía escucharte desde la cocina.
Jaime levantó la voz, pero de golpe se quedó en silencio. Cerró los ojos y frunció el ceño, como si se hubiese tragado un limón, intentando controlar el aluvión de emociones.
Ahora no hace falta echarme el sermón, mamá. Simplemente vi desde el primer día que no era lo que pretendía ser. Solo quería protegerte, soy tu madre, ¡y te quiero más que los churros en San Ginés!
Ella también me quería, y yo la quería… tal vez todavía la quiera.
¿Todavía? Jaime, ¿quién es ella, al fin y al cabo? Es tu pasado, ¡borra esa página y que no vuelva a aparecer ni en las fotos del móvil!
Eugenia volvió a explayarse contando lo terrible que era la ex de Jaime, y luego se felicitó por su sagacidad: nadie le podía engañar, ni a ella ni a su perro Pancho. No se dio cuenta de que su hijo estaba tan hundido que no quería escuchar las alabanzas maternales, ni aunque vinieran acompañadas de croquetas.
Voy a deshacer tu maleta, ¿vale?
No, mamá, ni la toques. Solo he venido a despedirme. He decidido irme de aquí; esta ciudad me recuerda demasiado a ella y, sinceramente… también a ti.
Jaime se levantó del sofá, cogió la maleta y salió, mientras Eugenia, inmóvil, intentaba decidir si prepararle una tortilla o una lista de consejos para el camino.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

seventeen − thirteen =

Weronika por fin logró su objetivo: su hijo se divorció de su esposa. Sin embargo, no esperaba lo que su hijo haría después.
La Primavera Temprana: Los Primeros Brotes de la Estación