Hacia el barrio

Diario de viaje, martes, 7 de febrero

Esta mañana, como casi todos los días, aparqué mi SEAT Ibiza junto al quiosco de la rotonda principal de San Martín del Alto, sin apagar el motor. Es mucho más cómodo así: la gente sube rápido y el habitáculo no se enfría, y además no pierdo el ritmo. Sobre el salpicadero llevo siempre una libreta cuadriculada con los horarios de las carreras que hago, un bolígrafo y un vaso de plástico repleto de monedas: lo justo para devolver el cambio sin líos. Digo que esto no es un trabajo de verdad, aunque lo es en toda regla: ir llevando a los vecinos a los barrios que el autobús no cubre bien, o que les cuesta un dineral.

Me conozco la carretera de memoria. Después del puente hay un bache traicionero a la derecha, siempre mejor evitarlo cambiando de carril si no viene nadie. Al atravesar el pinar, cae un cartel torcido que, de noche, parece la silueta de un hombre. Y justo antes de llegar al distrito, la curva hacia la antigua vaquería, donde el olor a humedad de las vegas siempre impregna el coche. Y luego las caras, claro: algunos suben una vez por semana, otros a diario. Unos van callados, otros, a los cinco minutos, ya te están volcando la vida, como si en mi coche la confesión tuviese menos peso.

No me creo psicólogo. Escucho, asiento, respondo lo mínimo cuando preguntan. A mi edad las palabras de más se convierten en agotamiento. Me gusta la claridad: llevas, dejas, vuelves. Y aun así, sé bien desde hace tiempo que la carretera hace más sinceros a los pasajeros, y al conductor lo convierte en testigo. En testigo sin derecho a firmar.

Se acercó una mujer de unos cuarenta años, con un abrigo beige y un bolso en bandolera. De verla, me sonaba, pero no recordaba su nombre.

¿Hasta el distrito? pregunté, sin girarme del todo, sólo de reojo.

Hasta el distrito dijo, y se sentó detrás, en el lado derecho. Yo bajo en el barrio de las Encinas.

Cerró la puerta con cuidado, como si le diera miedo golpear. Puso el bolso sobre las rodillas y se abrochó el cinturón al instante. Gente así no regatea el precio ni te pide un poco más allá.

Mientras esperaba al segundo pasajero revisé los espejos, ajusté la cámara por puro protocolo, que con el tiempo se cae cuando agarras un bache. En la libreta sólo tenía apuntadas dos carreras hoy, y esta era la primera. Quería estar de vuelta antes de comer: en casa tocaba llenar los depósitos de agua y la rodilla se me queja si paso mucho rato sentado.

Vi a un hombre llegar desde la entrada del estanco. Alto, abrigo oscuro, mochila pequeña. Caminaba deprisa, pero frenó al llegar a mi coche, miró hacia dentro, estudiando los asientos, y durante unos segundos pareció dudar.

Aprecié el momento al instante: no miedo, no alegría, sino ese titubeo del que decide en un relámpago qué hace.

¿Hasta el distrito? repetí.

Sí abrió la puerta delantera y se sentó a mi lado. Barrio de las Encinas también.

No se abrochó al inicio. Apoyó la mochila en las piernas y sólo después, como si se acordara, abrochó su cinturón. Arranqué.

Los primeros kilómetros los recorrimos en silencio. La mujer de atrás miraba el paisaje, aunque por el retrovisor noté que de vez en cuando observaba al hombre. Él, en cambio, sólo veía la carretera, las dos manos sobre la mochila, como si ésta pudiera escaparse sola.

Encendí la radio suave, pero a los pocos minutos la apagué: la música estorbaba, bastaba con los ruidos del motor, los neumáticos y mi propio aliento.

El camino hoy está bastante bien dije, sólo por romper la tensión.

Sí respondió él.

Sí dijo ella también, pero algo forzada, media nota más alta de la natural.

Me di cuenta de que escuchaba los silencios más que las palabras. El de él era demasiado largo para ser indiferencia. El de ella, el de quien elige de qué hablar.

Esquivé el bache junto al puente, la carrocería se balanceó y la mujer, sin querer, apretó fuerte el bolso.

¿Suele coger este coche? preguntó ella de repente, dirigiéndose al hombre.

Él giró apenas la cabeza.

Por trabajo dijo él. A veces.

Y usted dudó, cortándose antes de pronunciar algún nombre. ¿Hace mucho que estuvo en el barrio?

El ambiente subió un grado; sentí que el aire se tensaba. Odio cuando los pasajeros se investigan entre sí en mi presencia, y más aún cuando lo hacen a medias tintas.

Hace mucho respondió él, aún mirando la carretera. Yo crecí allí.

La mujer dejó salir el aire despacio. La vi, a través del espejo, pasar el dedo por la cremallera de su bolso sin abrirlo.

Me repetí mi propia regla: no inmiscuirse. Que los adultos resuelvan lo suyo. Pero la regla se volvía exigente cuando la tensión en el coche amenazaba con rompernos por dentro.

El hombre sacó el móvil, miró la pantalla, lo guardó. Noté que los dedos le temblaban, pero de nervios, no de frío.

¿A qué parada le dejo? pregunté buscando un tono neutral. En el barrio hay varias.

Frente a la administración, por favor contestó él. Unos papeles.

La mujer alzó la cabeza.

¿En la administración? repitió, demasiado rápido.

Sí esta vez se giró y vi su perfil: nariz prominente, barba de tres días, ojos cansados. Es sobre una parcela.

¿Una parcela? ella, ahora con un deje de rabia reprimida.

Él la miró de veras, y ese gesto me pareció de reconocimiento, pero no de alegría: era como encontrar en la pared una foto vieja que creías quemada.

¿Nos conocemos? preguntó.

Ella cerró los ojos un segundo.

No se acordará dijo ella. Y es normal.

Apreté el volante con fuerza. No quería ser el centro de una conversación que podía acabar mal. Pero tampoco podía detenerme a medio camino. Seguía con el motor suave, atento a los coches y, a la vez, a cada palabra, por si aquello se salía de madre.

El hombre, desde la ventanilla del pinar, sacó el móvil otra vez, respiró, lo dejó.

¿Perdone, pero usted estuvo en la…?

En el hospital le interrumpió. El comarcal. Hace diez años.

El hombre se giró bruscamente al cristal. Vi cómo se le contrajo la mejilla.

Yo nunca estuve allí dijo.

Sí estuvo ella bajó el tono, pero las palabras cayeron como piedras. Fue una vez. Luego no volvió.

Me mordí la lengua para no decir: “Calma.” Pero no era mi derecho. Soy conductor, no policía ni familiar. Pero la responsabilidad del habitáculo, siempre recae sobre mí.

Mire él reanudó, seco. Se confunde de persona.

No ella movió la cabeza. Su apellido es… ¿Serrano?

Vi el sobresalto apenas perceptible en él. Suficiente.

¿Cómo lo sabe? preguntó él.

Lo leí en los papeles respondió ella. Entonces. Y hace poco también.

Ya ni se sostenía el esto es casualidad. Ella le reconocía. Él, ahora, empezaba a atar cabos.

Recordé cómo no hace mucho, en el bar del barrio, se hablaba de un lío con las parcelas, alguien que reclamaba lo suyo después de años. No presté atención entonces; a mí ya me bastan mis propios líos. Pero esas palabras me volvieron a la mente.

La carretera tenía baches recién arreglados, el vaivén de la suspensión hacía el diálogo aún más abrupto, disparando cada palabra.

No entiendo dijo él, despacio. ¿Quién es usted?

Ella me miró por el espejo; no pedía ayuda, sólo fortaleza.

Me llamo Beatriz respondió ella. Era enfermera entonces. En la planta de pediatría.

Él tragó saliva.

¿Y?

Usted iba a ver a un niño continuó Beatriz, con los dedos blanqueados sobre el bolso. A Pablo. Firmó la renuncia. Después…

Yo no firmé nada protestó el hombre, seco.

Vi su mano tensar el cinturón. Quería arrancarse de la silla, pero se contenía.

Sí firmó insistió Beatriz. Yo sostenía la carpeta. Vi la firma. Y la dirección. Calle Olivo, número…

Ya basta masculló él. El motor de mi coche pareció rugir más alto.

Supe que cruzábamos el límite. Poco importaba ahora quién tenía razón. Importaba no perder el control de la situación.

Vi una placita un poco más adelante, la vieja parada de autobús con un techado de madera. Allí podría parar sin molestar tráfico.

Vamos a detenernos un momento anuncié, aséptico. Aquí hay sitio.

¿Por qué? preguntó él.

Porque hablan como si se olvidaran de que llevo a personas vivas contesté, firme pero calmado. Incluido yo.

Puse el intermitente, paré en la zona de descanso y mantuve el motor encendido, por si era necesario marcharme rápido. El ventilador murmuraba; los tres escuchamos el clic del relé.

No obligo a nadie a bajarse dije, mirando al frente. Pero si hay que hablar en serio, mejor con el coche parado. Y yo no soy juez. Soy conductor. Les tengo que llevar enteros.

Beatriz callaba. Él miraba el salpicadero buscando respuestas.

Volví la cara hacia él.

Una pregunta dije. ¿De verdad no recuerda el hospital y la firma? ¿O prefiere no recordar?

Tardó mucho en responder. Al final soltó la mochila, como si soltara un peso.

Recuerdo el hospital admitió, casi en un susurro. Pero no esa historia. Mi esposa estaba… había dado a luz. Todo salió mal. Me dijeron que el niño… que no sobrevivió.

Beatriz contuvo el aliento.

Le mintieron dijo. Y aclaró: Yo era la nueva. No me explicaban nada. Sólo vi esos papeles.

Él levantó la vista:

¿Está insinuando que…?

El niño sobrevivió su voz era mucho más baja. Luego se lo llevaron. El papeleo fue extraño. Intenté averiguar más después, me dijeron que apartara la nariz. Acabé dejando el hospital meses más tarde.

Me quedé inmóvil. Por dentro, el rencor: cómo en España cualquier “le dijeron una cosa” puede marcar una vida. Pero el enfado sirve de poco.

¿Por qué me cuenta esto? preguntó él. ¿Ahora, aquí?

Beatriz bajó la vista a sus manos.

Porque pidió la parcela dijo. La casa de la calle Olivo… ahí vive Pablo. Tiene veinte años. Cree que usted… no es nadie. Pero si va a la administración, todo esto saltará. Leí su apellido y supe que podía…

¿Destruir? él se rio, sin alegría. No sabía nada.

No quería que se encontraran de cualquier modo ella bajó la voz. Solo quería advertirle. Para que lo pensara.

Lo comprendí: ese era el encuentro que nunca debió suceder. No por deber, sino porque desbarata todos los cimientos. Pero las carreteras tienen sus propias trampas.

Él miró fijo el parabrisas. Luego murmuró:

¿Y él…? ¿Está bien?

Beatriz asintió.

Trabaja en el aserradero. No bebe. Estudió FP, pero lo dejó. Su madre adoptiva, tía Rosa, es buena con él. Le quiere.

El hombre cerró los ojos, se frotó la cara. Noté la marca blanca del reloj en su muñeca, alguien que acaba de quitárselo.

No puedo llegar y soltar: “Hola, soy tu padre” dijo, con amargura. Si es verdad.

Nadie se lo pide le contestó Beatriz. Solo no haga como si fuera un papel más.

Pensé que debía devolverles la elección. No forzar, ni cortar, solo poner límites.

Faltan aún cuarenta minutos hasta el distrito dije. Allí pueden separarse o seguir hablando. O intercambiar teléfonos. Pero en mi coche no pienso dejar que se destrocen. ¿De acuerdo?

Él asintió sin mirar. Beatriz también.

Retiré el freno de mano, y salimos de nuevo a la carretera. El soniquete del asfalto volvió, pero no como antes. La calma ahora era densa, llena de todo lo que cada uno tenía dentro.

A los pocos kilómetros, el hombre sacó el móvil otra vez.

¿Tiene su número? preguntó sin girarse.

Beatriz dudó.

Sí respondió. Pero no sé si debería compartirlo.

Y yo no sé si debería reclamar la parcela añadió él. Hagamos esto: me da el número, yo le escribo, sin decir quién soy. Pido vernos. Si no quiere, me iré.

Beatriz miró al paisaje, buscando coraje. Sacó una libretita, arrancó una página tras copiar los números, la sostuvo un momento entre los dedos.

¿Promete que no irá a su casa de improviso? pidió.

Lo prometo él contestó.

Ella pasó la nota hacia delante, él la recogió con dos dedos, la guardó en el bolsillo interior y cerró bien la cremallera.

Al volante, sentí moverse algo en mi interior. Creía que mi tarea era llevar pasajeros. Pero llevar, a veces, es dejar espacio para que otros elijan no estrellarse.

Al entrar en el distrito, el tráfico ya era más denso. La gente pitaba y nosotros sólo avanzábamos al ritmo de los semáforos. Él, quieto, rígido. Ella, mirando los letreros, buscando el lugar donde podría bajarse y dejar de ser parte de esta verdad.

Por favor, aquí, junto a la farmacia dijo de pronto Beatriz.

Encendí el intermitente y paré. A punto de salir, ella se inclinó hacia él:

No sé cómo acabará esto le dijo. No quería ser la culpable, pero tampoco podía callar más.

Él le sostuvo la mirada.

Si te equivocas, me rompes la vida susurró él.

Y si no te equivocas, ya la tienes rota y ni lo sabías ella repuso. Perdóname.

Se apeó, caminando hacia la farmacia sin mirar atrás. Cuando se alejó, el hombre habló:

A la administración, por favor.

Lo sé le aseguré.

Avanzamos en silencio otros dos minutos. Frente al edificio, paré en la acera. Él no bajó enseguida. Abrió la nota, miró los números.

¿Cree que debería? preguntó, sin alzar la cabeza.

No me gustaba dar consejos sobre esto, pero callarme hubiese sido cobardía.

Creo respondí despacio, que si entra sólo por la parcela, tendrá un papel, pero el insomnio para siempre. Y si entra buscando entender, puede que no obtenga nada, pero dormirá en paz. Decida usted.

Asintió, guardó la nota, se bajó.

Gracias dijo.

Caminó hacia la entrada, parsimonioso, como quien aprende otra vez a andar. Tomó aire frente a la puerta y, sólo al final, entró.

Puse rumbo de nuevo a San Martín del Alto, al quiosco de siempre. Coloqué la libreta en su sitio, aproveché el semáforo para recalibrar todo. Pesadez, sí. Pero sin derrota. Mañana será otro día, otra ruta, otras caras, silencios o palabras. Y repetiré: ¿Hasta el distrito?

Y esta vez sabré que, a veces, los pasajeros no sólo llevan equipaje. A veces suben años enteros no contados. Y mi deber es llevarles despacio, para que tengan tiempo de decir lo más importante antes de la próxima curva.

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