—¿Y cómo voy a explicar a todos que no estás en la fiesta de mamá? —preguntó el hombre, desconcertado.

¿Y cómo le explico a todos por qué no estás en la fiesta de mi madre? pregunta el hombre, algo confuso.

Gracias, estaba todo riquísimo dice él, apartando el plato. Carmen, tenemos que hablar.

Sabes, Miguel, creo que ya me imagino de qué va.

¿Ah, sí? ¿De qué?

Sobre el cumpleaños de tu madre.

Eso es. Hoy ya es día diez y el cumpleaños de mamá cae el dieciocho responde Miguel.

Y el mío es el veinte. Eso espero que no se te olvide apunta Carmen.

Por supuesto que no, cariño

Miguel, ni se te ocurra te aviso desde ya: ¡NO!

Pero si ni siquiera sabes lo que te quiero proponer dice él.

¡Ni quiero oírlo! Te comunico que ya he reservado mesa para el sábado en un restaurante, para diez personas. Ocho son mis amigos, el resto nosotros dos. Si te apetece venir, claro. Si no, pues lo celebraremos nosotros solos.

La situación tenía su miga: el cumpleaños de la suegra era el dieciocho de septiembre, y el de Carmen el veinte. Y desde hacía ya tres años, cuando llegaba septiembre, empezaban los dramas de Miguel: quería organizar las dos celebraciones sin ofender ni a su madre ni a su esposa. Hasta ahora, no lo había conseguido.

Carmen, mamá propone hacer ambos cumpleaños juntos, el sábado, en su piso. Tiene sentido, la verdad. ¿Para qué gastar más, reunir a la familia dos veces en una semana? Además, el jueves no le viene bien a todos, pero el sábado estamos todos disponibles.

Miguel, ¿y quién te ha dicho que yo tengo ganas de ver en mi fiesta a las primas segundas, primos y sobrinos de tu madre? He invitado a mis amigos, por cierto, tú a todos los conoces muy bien responde tajante Carmen.

Mamá se va a molestar suspira Miguel.

¿Y que yo me enfadé tanto el año pasado como el anterior qué, no cuenta? ¿O es que ya se te ha olvidado?

Pero si tampoco fue para tanto

¿Ah, no? ¡Recordemos! El año anterior: nos casamos en abril. Llega septiembre. Tu madre cumple sesenta. ¿Qué me dijiste entonces?

Carmen, mamá quiere celebrar en casa, en familia. Así que mejor no planees nada para el sábado

Y yo, pidí permiso en el trabajo, y pasé medio viernes y el sábado entero en la cocina de tu madre, pelando, cortando, cocinando, y haciendo de todo.

Y el sábado andando de la cocina al salón como una camarera. Que conste, NADIE se acordó de felicitarme a mí por mi cumpleaños.

¿Cómo que no? Zoraida sí te felicitó recuerda Miguel:

¡No! Cuando le dijiste a tu hermana que también había sido mi cumpleaños esa semana, ella soltó: Sí, pero eso ya pasó, ¿para qué recordarlo ahora?

Bueno, luego hablé con mamá y el año pasado sí que te felicitaron.

¡Hablando del año pasado! Viernes, veinte. Y otra vez de jefa de cocina y pinche. Le pregunté a Pilar, tu madre, por qué no me ayudaba Zoraida. ¿Sabes qué me contestó?

Zoraida tiene manicura hoy, que no puede venir con las manos hechas un desastre. Y mañana por la mañana va al centro de belleza y a la pelu.

Efectivamente, Zoraida vino a la fiesta monísima. Y yo apenas tuve tiempo de cambiarme cuando ya llegaron los invitados. Y sí, me felicitaron. Pero luego otra vez, nadie más se acordó de mí. Y regalos, ni uno, salvo tú y mis padres. Así que avisa este año a tu madre: ¡no cuente conmigo!

Pero mamá sola, no puede

Miguel, tu madre, además de nuera, tiene un hijo, tú, y una hija, Zoraida. Seguro que podéis ayudarle. Justo el sábado es mi cumpleaños y quiero estar con mis amigos.

¿Y cómo explico que no estarás en la fiesta de mamá? insiste él.

Miguel, deja de hacerte el inocente. Ninguno se acordará de mí, a no ser que falte un plato o pida algo de cocina. En vuestro “clan” parezco un accesorio que sobra.

Carmen deja claro que tiene derecho a celebrar su día como prefiere. Pero ni su suegra ni la cuñada piensan igual: consideran que la nuera debe estar integrada.

Así que el resto de días hasta el veinte de septiembre intentan convencerla de que hay que cumplir las normas familiares y acudir al almuerzo de la suegra.

Carmen llama Pilar, ¡ya tenemos nuestra tradición! Dos años juntas y fue estupendo. No entiendo por qué ahora pones pegas. ¿Qué te molesta?

Pilar, es sencillo: primero, quiero celebrarlo con mis amigos; segundo, prefiero un café o restaurante, charlar y disfrutar, no pasar el día corriendo de la sala a la cocina.

¡Pero si en casa también estamos bien con la familia! replica la suegra.

Tú charlas y yo hago de criada. ¡No quiero ese tipo de fiesta!

No esperaba que dejarías de ayudar a la madre de tu marido se ofende la suegra.

Zoraida es aún más insistente:

¡Carmen, deja de hacer teatro! Mamá ya tiene el menú, papá ha ido a comprar todo al mercado. Piensa qué vas a preparar.

Mamá le ha mandado la lista de la compra a Miguel. Deja de resistirte, es una chorrada pelear con tu suegra. El sábado pasa y luego ya ves a tus amigas cuanto quieras.

Zoraida, no me empeño en llevar la contraria, ya le avisé con antelación a tu madre de mis planes este año. Seguro que tú puedes ayudarla.

El peor papel lo tenía Miguel: tenía que elegir en qué celebración estar. No quería herir a ninguna de las dos.

Aunque Carmen no lo exigía, él sabe que si escoge el cumpleaños de su madre, a su esposa no le sentará bien.

Y Carmen no vuelve a hablar del sábado. El viernes por la tarde, recibe una llamada en el trabajo:

Carmen, ¿dónde estás? Espero que hayas recapacitado y cancelado lo del restaurante. Te espero, hay mucho por hacer para tenerlo todo listo.

Pilar, ¡estoy en la oficina! Ya dije que este año no ayudo en la cocina. Que te ayude Zoraida.

Espero que Miguel no apruebe este desprecio a su madre ni a toda la familia insinúa la suegra.

Que me haya casado con Miguel no significa que tenga que estar siempre sometida a los deseos de sus familiares. Tengo mi vida, mis amigos por cierto, son también amigos de Miguel y no voy a renunciar para ser vuestra cocinera y fregona.

La conversación acaba en tono amargo.

El sábado, Miguel se va con el regalo a casa de su madre. Carmen sale puntual a las cuatro al restaurante donde reservó la mesa.

Sus amigos llegan puntuales, solo una silla queda vacía a su lado. Nadie pregunta; todos conocen la situación. La felicitan, le traen regalos, la mesa rebosa alegría, aunque Carmen de reojo mira la puerta, esperando que Miguel aparezca.

Y aparece, casi una hora tarde, entrando con un ramo de sus rosas preferidas.

¡Carmen, por poco no llego! Prácticamente me he escapado. Por cierto, te mencionaron bastante. La tía Rosario preguntó a mamá por la ensaladilla de setas que tanto le gustó la vez anterior, quería la receta.

Y la mesa estaba hoy bastante pobre. Y Zoraida, indignada, se partió dos uñas ayudando a mamá.

Los años siguientes, Carmen solo ayudó en las fiestas como consejera; pronto estuvo embarazada y fue madre de un hijo.

El siguiente gran cumpleaños, el sexagésimo quinto de Pilar, se celebró por todo lo alto en un restaurante.

¿Y qué le faltaba a esa nuera? ¡Si todo fue estupendo y aun así tenía que montar la suya! seguía lamentándose la suegra

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—¿Y cómo voy a explicar a todos que no estás en la fiesta de mamá? —preguntó el hombre, desconcertado.
Nuestra nuera es una depredadora con una sonrisa de caramelo. Espera nuestra muerte para quedarse con el piso.