Me llamo Andrés. Mi padre, tras la muerte de mi madre, se casó con una mujer que ya tenía dos hijas.

Me llamo Gonzalo. Tras la muerte de mi madre, mi padre se casó con una mujer que ya tenía dos hijas.

Pasaron muchos años. Fuimos creciendo juntos. Sin embargo, un día mi padre sufrió un accidente y falleció.

Mi madrastra resultó ser una mujer honrada. Dejó el piso para mí.

Ese piso era de tu madre. Ahora debe ser tuyo me dijo con voz seria.

Solo me pidió una cosa: dejar que sus hijas vivieran conmigo en el piso hasta que acabaran sus estudios en la Universidad Complutense. Ella volvería a su pueblo de Castilla-La Mancha. Yo acepté sin problemas.

Pilar y Estrella, las hijas de mi madrastra, eran muy distintas. Compartían, sin embargo, el mismo anhelo: encontrar marido en Madrid que tuviera un piso en propiedad.

Y así empezó mi extraña vida. Pilar me preparaba el café solo y la tostada cada mañana; Estrella se esmeraba planchando mis camisas. Las dos competían en mimos y atenciones.

Un día, con solo dos meses de diferencia entre ambas, Pilar y Estrella trajeron al mundo a mis hijas. Al enterarse, mi madrastra montó un drama digno de una zarzuela castiza. Pero Pilar y Estrella, cabezonas como buenas castellanas, se negaron a interrumpir el embarazo. Decidieron traer a sus hijas al mundo.

Pensándolo bien, calculé lo que me costaría pagar un tercio de mi sueldo durante 18 años en pensión alimenticia. Me pareció carísimo, así que opté por comprarme un piso pequeño mediante una hipoteca.

Vendí el antiguo piso y conseguí dos estudios en Argüelles, con lo que me sobró dinero para la entrada de una hipoteca para mí.

Regalé un estudio a Pilar y otro a Estrella, a cambio de que firmasen la renuncia a reclamar pensión. Y viví unos años tranquilo y a salvo de dramas familiares.

Pero pasados cuatro años, recibí en el trabajo una notificación judicial: debía una fortuna en pensión de manutención.

Fui a ver a mis hermanastras. Se rieron en mi cara. Nos los diste porque sí, dijeron. Y añadieron que habían destruido el contrato.

Así, me encontré sin el piso de mis padres, pagando hipoteca y encima la pensión. Una situación imposible.

Y mi madrastra, desde su pueblo, se reía satisfecha:

¡Eso te pasa por listo! ¡Bien merecido lo tienes!

Pilar y Estrella me prohibieron visitar a mis hijas. Para pagar la deuda tuve que pedir dinero prestado y acudir a los juzgados de Plaza de Castilla, para luchar por mi derecho a verlas. Gané el juicio.

En el trabajo hablé con el director y pedí que me pagaran parte del sueldo en negro, para que la pensión oficial quedara muy baja.

Recojo a mis hijas cada viernes y las devuelvo los domingos. Les compro lo que quieren y vamos a espectáculos de marionetas en El Retiro y al Teleférico de la Casa de Campo. Pilar y Estrella protestan sin parar, diciendo que las consiento demasiado.

Pago además a dos muchachos de Lavapiés para que cortejen a mis hermanastras y les hagan creer que los hijos ajenos las alejarán del altar.

Una vez, delante de una funcionaria de bienestar social, recogí a mis hijas de la casa de mi madrastra. Dije que sus madres las habían abandonado. Ahora, soy yo quien pide la pensión a Pilar y Estrella; mis hijas viven conmigo y, modestia aparte, soy un padre excelente. Cuando ven a sus madres corren a abrazarme, temerosas de que las separen de mí. No es casualidad: todas las noches les leo cuentos sobre madrastras malvadas.

Cuando Pilar y Estrella entendieron el giro de la historia, yo ya estaba felizmente casado.

Hicimos un trato: ellas devolvían los estudios y yo accedía a que vieran a sus hijas más a menudo. Aceptaron, por supuesto.

Ahora tengo una vida tranquila y, alquilando los dos estudios, ya he terminado de pagar mi hipoteca del piso de Chamberí.

No me dejé engañar y conseguí desquitarme de mis avispadas hermanastras en una historia tan extraña como un sueño de media tarde bajo el sol de Madrid.

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Me llamo Andrés. Mi padre, tras la muerte de mi madre, se casó con una mujer que ya tenía dos hijas.
Señor, hoy es el cumpleaños de mi madre… Quiero comprarle flores, pero no tengo suficiente dinero… Le compré al niño un ramo de flores.