Mira, justo hoy ha venido mi padre a verme y mientras charlábamos, le conté que el móvil de mi marido está hecho polvo le dura la batería como mucho quince o veinte minutos y luego se apaga, imagina. Así que estaba buscando un móvil nuevo para regalarle por su cumpleaños.
El caso es que mi marido me va a dar a mí su antiguo móvil y él se queda con el nuevo, porque de verdad lo necesita más para su trabajo y para estar localizable. En esto, mi padre se levanta, va al armario y saca una caja antigua, de esas que ya no se ven, y me dice: Esto era de tu abuela. Si quieres, puedes venderlo y comprarte un móvil bueno.
Resulta que dentro estaba un anillo, el típico de oro antiguo. Para mi sorpresa, incluso la caja estaba perfecta. Y dentro, además del anillo, seguía el recibo de compra, la etiqueta y hasta el sello original de la joyería.
El anillo lo compró mi abuela allá por el año 1977, pesa algo más de siete gramos, que ya es peso para un anillo. Yo de verdad pienso que el oro de antes, como este, era de otra calidad. Además, es muchísimo más grande que los anillos normales de ahora; vamos, que no pasa desapercibido.
Le dije a mi padre directamente que no pensaba venderlo. Que lo que quiero es ponérmelo yo, porque no creo nada en eso de que trae mala suerte llevar las joyas de otra persona, como se dice a veces.
Para mí, ese anillo vale mucho más por el recuerdo y por todo lo que significa que por el propio oro. Tiene enorme valor sentimental, ¿sabes?
Y al final, los móviles hoy en día se estropean cada dos por tres: los compras, los usas un año y los tiras. Pero un anillo así, con esa historia, eso no se encuentra en ninguna joyería.
¿Tú qué harías con un anillo así? Yo la verdad, creo que llevarlo es la mejor opción.







