¡Mira, ella lleva exactamente el mismo vestido que tú! Y decías que era exclusivo y caro.

La novia, llamada Estrella Álvarez, venía de una familia humilde de Toledo, y la boda supuso un auténtico cataclismo económico para los suyos. Para poder comprar el vestido de ensueño, tuvieron que renunciar al banquete fastuoso con el que soñaban. Claro, podía haberse conformado con un vestido más sencillo, pero fue precisamente aquel vestido el que la hipnotizó.

Recuerdo la primera vez que me lo puse y sentí: ¡es mío! suspiraba Estrella durante el sueño, mientras las calles de Madrid giraban en espiral bajo sus pies. Visité mil boutiques, probé decenas de vestidos, pero una vez me puse este, no quería soltármelo. Me dijeron que era exclusivo, hecho a mano, como nacido de un sueño surrealista.

Este vestido nos va a costar un buen pico, Estrella lamentaba su madre, Carmen Álvarez, mientras sobrevolaban la Plaza Mayor en una barca de pan. Pero no importa. Lo más importante es que te haga feliz, que estés satisfecha.

Tras la boda, los recién casados se instalaron en casa de los padres de él, en el barrio de Lavapiés. La suegra, Pilar Gómez, había nacido en una pequeña aldea de Castilla-La Mancha, la misma que Estrella, y recordaba a la joven como una niña correteando entre molinos de viento.

Por eso, Estrella no sintió incomodidad al convivir con ellos, a pesar de que las habitaciones se transformaban en jardines verticales y el reloj del salón latía como un corazón de mantequilla.

¿Qué piensas hacer con el vestido? no dejaba de insistir Pilar, mientras sacaba las cortinas por la ventana y éstas se convertían en banderas de la feria de abril. Mejor véndelo, así ocupa menos espacio. Además, ese dinero vendría bien para unas tapas.

Lo pensaré. Por el momento, que siga colgado. Más adelante decidiré respondió Estrella, viendo cómo su sombra se multiplicaba por las paredes.

Su madre le había dicho que regalar el vestido a otra novia traía mala suerte, que era como entregar tu destino a otra persona. Nadie hacía caso de esas supersticiones, pero Estrella no estaba preparada para desprenderse de su hermosa prenda.

En un principio, Estrella no sospechaba nada, atribuyendo la insistencia de Pilar a simple curiosidad. Pero en el sueño, los motivos se entrelazaban como hilos de un tapiz inacabado.

Semanas después, la pareja visitó a los otros padres y, por casualidad, se quedó allí varias semanas. La sobrina de su marido, llamada Leocadia, que vivía en el mismo pueblo de La Mancha, los invitó a su boda.

¡Mira, Leocadia lleva el mismo vestido que tú! le dijeron mientras la luna se metía en las copas de vino. Y tú decías que era exclusivo, caro, hecho a mano.

La situación era incómoda como un bocadillo de calamares en el bolso. Además del marido, sus padres intentaban sonsacarle a Estrella detalles sobre aquel vestido. Ella se sentía profundamente herida, sin comprender cómo otra novia había conseguido exactamente el mismo diseño.

Durante la fiesta, Leocadia pisó el bordado con el tacón y lo desgarró. Luego, un torbellino de vino tinto cayó sobre la tela, dejando una mancha roja justo en el centro. La novia protestaba:

Lo alquilé, es carísimo, hecho a mano, ¿cómo voy a devolverlo así?

Pasaron meses y todos olvidaron el incidente del vestido el día del convite. Pero el vestido seguía acumulando polvo, guardado en un baúl en el fondo del armario, mientras los gatos hacían carreras sobre las cajas de recuerdos.

Entonces, una amiga, Rocío, convenció a Estrella para que le prestara el delicado vestido para otra boda, ofreciéndole una suma generosa en euros. Pero la noche se tornó en caos. A la mañana siguiente, en la oficina, Rocío arrojó una caja sobre el escritorio de Estrella y exclamó:

¿No te da vergüenza cobrar tanto por este trapo? cogió su dinero y fue contándole a todo el mundo que Estrella era una estafadora y que quería aprovecharse de ella.

Estrella abrió la caja y, al extraer el vestido, una ola de desconcierto se apoderó de ella: el bordado estaba destrozado y la mancha roja seguía en el mismo centro, llameante como una feria de San Isidro.

De repente, todas las piezas encajaron. Estrella llamó a Leocadia y, como intuía, la suegra había llevado el vestido a su sobrina, fingiendo que era de un salón de bodas, y le cobró un alquiler. Tras la boda, Pilar aseguró:

No te preocupes, yo convenceré a la tienda para que lo acepten de vuelta. Claro, eso costará un poco más.

La audacia de Pilar dejó a Estrella patidifusa, pero lo peor fue que su marido apoyara a su madre.

¿Y qué? Al final sólo lo tendrías guardado en una caja. Mamá aprovechó la oportunidad. Como dicen aquí: “Hay que saber moverse en la vida.”

Aquella tarde, Estrella recogió sus cosas y se mudó a casa de sus padres, incapaz de soportar más el trato recibido, con náuseas ante la hipocresía y el egoísmo de sus nuevos familiares.

Pero cuando volvió a casarse, compró un vestido aún más bonito y todavía lo conserva en sueños. ¿Se volvió supersticiosa? No. Pero aquella experiencia le abrió los ojos a la codicia y falsedad de la familia en la que había aterrizado entre nubes de aceitunas y fuentes de vino.

¿Y tú, crees en los presagios de boda?

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