Vi a mi esposa cuando fui de vacaciones; yo creía que estaba de viaje de trabajo.

En la fábrica, casi me obligaron a coger las vacaciones. El año pasado no las tomé y este año tampoco quería, pero el jefe insistió. Todos los compañeros solían pasar unos días en la costa por un precio ridículo, y esta vez me las adjudicaron a mí. Mi esposa, Leonor, parecía molesta por no viajar juntos, pero tampoco quería oír hablar de vacaciones. Tenía mucho trabajo y además preparaba un viaje de negocios importante.

Por momentos, me resultaba hasta extraño: creía que, en el fondo, a Leonor le venía bien enviarme a descansar solo. Ella se marchó antes y yo debía salir dos días después, pero la víspera de mi partida todo giró como un carrusel disparatado: mi buen amigo Fernando, casi llorando, me rogó que intercambiáramos los vales y billetes de tren, así él iría a la costa y yo a la sierra. Para mí era lo mismo, pero Fernando tenía su razón: su mujer solo quería ver el mar. Así que acepté la petición como en un sueño.

Los primeros días en la sierra fueron absolutamente irreales. Una calma de otro mundo, paisajes que parecían pintados, comida en mesa buffet tan abundante como un sueño de Goya, proyecciones de cine por las noches y excursiones organizadas. Me apunté a una, con trayecto en funicular para contemplarlo todo desde arriba, como si flotara sobre un tapiz dorado.

En la cima, parado en la niebla líquida, escuché de pronto una risa conocida. Giré y vi a Leonor. Llevaba gafas oscuras y una boina, y reía junto a un hombre desconocido que intentaba besarle la mejilla. Al principio pensé que mi mente tejía espejismos, pero cada frase de su conversación se tornaba más nítida, hasta comprender que Leonor no estaba en ningún viaje de trabajo, sino de vacaciones con un amante.

Regresé a Madrid sin armar teatro, un día después que ella. Al llegar, le pregunté directamente dónde había estado, dándole la oportunidad de sincerarse. Mintió diciendo que había asistido a congresos en alguna ciudad perdida, pero una foto poco nítida que logré sacar en la bruma de la sierra bastó para que callara de golpe.

Después no sentía ni culpa, sino que me reprochaba a mí haber mentido sobre lo del mar. Decía que yo le oculté la costa como si ocultar el mar fuera arrancar una página del propio sueño.

Quizás era el destino: algo extrañísimo debía arrastrarme allí, para desvelar el secreto dormido de Leonor. De no haber sido por este absurdo viaje, yo habría seguido junto a ella, soñando que nuestra vida era tan regular y tranquila como una mañana de domingo en la Plaza Mayor.

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Vi a mi esposa cuando fui de vacaciones; yo creía que estaba de viaje de trabajo.
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