Cuando le conté a mi marido la noticia de mi embarazo, su reacción fue completamente carente de emoción visible.

Cuando le conté a mi marido que estaba embarazada, su reacción fue de lo más insípida, como si le acabara de anunciar que habían cambiado la hora del telediario. Yo esperaba que saltara de alegría como si el Real Madrid hubiese marcado en el último minuto, pero nada de nada. Siempre habíamos soñado con ser padres y nos habíamos sometido a más pruebas y tratamientos que un coche viejo en la ITV. Cuando finalmente me quedé embarazada, me dio la impresión de que él ya se había resignado a la idea de que lo de ser padre no era para nosotros. Lo curioso es que, antes de que supiera lo de mi embarazo, hasta sugirió adoptar un niño, así, sin anestesia ni nada. Pero ahí estaba, poniendo una cara más agria que un limón verde. Decidí pensar que lo mismo necesitaba digerir la noticia, o que atravesaba un mal momento. A pesar de todo, mi felicidad seguía intacta, lejos de su nube negra.

Yo estaba por las nubes, literalmente flotando de alegría. Después de tanto esperar y desear, por fin el milagro se había producido. Pero, como dice el refrán, nunca llueve a gusto de todos: el embarazo fue complicado. Pasé más tiempo en el hospital que en casa y al final tuve que dejar el trabajo a regañadientes. La reacción de mi querido marido, en vez de mejorar, solo fue a peor; ni apoyo, ni comprensión, ni un mísero ¿necesitas algo, cariño?. Se volvió cada vez más irascible y empezó a soltar perlitas como: Un embarazo no es un trabajo, no llevas un saco de patatas encima todo el día. Yo necesito una esposa de verdad. Estoy harto de llevar la casa solo y de currar como un burro desde el alba. Le expliqué con la paciencia de una santa mil veces: El médico nos prohibió esfuerzos, nada de cargar pesos, ni agotarse; hay que cuidar al bebé. Pero él, cual muro de piedra, ni caso. Cualquier intento de comunicación era como hablarle a una pared.

Al final terminé ingresada, y ni se dignó a llamarme, ni mostrar la más mínima preocupación, ni mucho menos visitarme. Tuvieron que practicarme una cesárea de urgencia y nuestro bebé nació antes de tiempo, pero gracias al cielo, con buena salud. Feliz, llamé a mi marido para compartir la noticia del nacimiento de nuestro hijo y su respuesta fue: Enhorabuena, así, tan frío como un gazpacho recién hecho. Creo que nunca había oído algo tan escueto y, a la vez, bonito viniendo de él. Al salir del hospital y regresar a casa, me encontré con que él también se había dado el alta, pero de la convivencia: se había marchado. Sentí miedo y tristeza, pero apreté los dientes y, por mi hijito, me juré que iba a hacer todo lo posible para asegurar nuestra felicidad y su bienestar. Aunque el príncipe azul saliera rana, mi cuento iba a tener final feliz, ¡faltaría más!

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

4 × 3 =

Cuando le conté a mi marido la noticia de mi embarazo, su reacción fue completamente carente de emoción visible.
EL SUEGRO TEMIBLE