La madre de mi novio me humilló delante de todos, sin saber que estaba saliendo con su hijo.

Conocí a Enrique en un supermercado de barrio, justo al lado de su casa, donde yo estaba trabajando a media jornada para sacar unos eurillos. Tenía diecinueve años y me apetecía sentirme independiente, dejar de depender de la cartera de papá y mamá, así que me apunté a unos cuantos turnos. Mis padres estaban encantados conmigo: estudiaba en la universidad y encima trabajaba, así que podía comprarme un móvil nuevo o pagarme una escapadita de fin de semana. Enrique también pensaba que mi trabajo era un buen comienzo, aunque él, por supuesto, no trabajaba ni por casualidad.

Nuestra relación empezó poco a poco, sin prisas. Enrique me regalaba flores, yo le obsequiaba con bombones, y de vez en cuando teníamos citas nocturnas clandestinas en el supermercado, aprovechando que no había clientes y podíamos hablar tranquilos.

Nuestra felicidad duró la friolera de dos semanas. La madre de Enrique me dejó completamente por los suelos, y después de eso no quería volver a quedar con su hijo. Y para colmo, me daba vergüenza todo el asunto.

Una noche, ella entró al supermercado con Enrique del brazo. No se percató de que su hijo y yo nos lanzábamos miraditas cómplices y sonrisas como si fuésemos protagonistas de una telenovela. Cuando llegaron a la caja, la máquina decidió hacer huelga y la clienta empezó a perder los papeles. Me soltó que había comprado allí un millón de veces y que el problema era solo conmigo, lo cual, según ella, significaba que era inútil. Acto seguido, me llamó estafadora, convencida de que intentaba colarle un timo sin entregarle el ticket.

¿Ves, Enrique? ¡Por eso tienes que estudiar! Para que nunca te veas aquí, repitiendo que la caja está bloqueada

Fue humillante, echando pestes delante de otros clientes habituales, gente que seguramente volvería y se dedicaría a cuchichear sobre la chica de la caja.

Enrique me suplicaba que disculpara a su madre porque tenía un mal día, pero yo no podía. Rompí con él y también abandoné el trabajo. Por suerte me tocó la lotería y encontré un empleo remoto, peor pagado, pero podía echar más horas y evitar gente como la madre de Enrique.

Pienso que todos los trabajos tienen su importancia, y siendo estudiante no te llueven las opciones. Está muy bien que algunos tengan padres convencidos de que sus hijos son la reencarnación de Cervantes, pero eso no significa que la vida no acabe poniéndote detrás de una caja, da igual cuántos títulos tengas.

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La madre de mi novio me humilló delante de todos, sin saber que estaba saliendo con su hijo.
Fui la asistente gratuita de mi familia hasta que, en mi aniversario, me fui al extranjero por motivos de trabajo