Hace muchos años, recuerdo cómo Inés se marchó lejos de la casa de nuestros padres, rumbo a Madrid. Allí se dedicó de lleno a los estudios para conseguir una buena formación. Con el tiempo, cuando terminó la carrera, conoció a un hombre con el que acabó casándose. Su hermana pequeña, Lucía, siguió viviendo con nuestros padres en Valladolid. Lucía también se casó, pero ni sus matrimonios ni la suerte la acompañaron, pues ya había pasado por dos divorcios. De aquellas relaciones tuvo dos hijos, que se convirtieron en su alegría y su desvelo.
Inés y su esposo se instalaron en un piso modesto que él había heredado de su abuela en el barrio de Chamberí. Al principio no les fue fácil, pues el dinero apenas les alcanzaba: un par de pesetas en el bolsillo y una niña pequeña en los brazos. Pero con trabajo y paciencia, ahorraron lo suficiente para comprar un piso de dos habitaciones. Lo reformaron con esmero y después decidieron alquilarlo para complementar los ingresos. El tiempo pasó volando, y su hija, Sofía, terminó creciendo y fue admitida en la escuela de enfermería. Inés y su esposo ya planeaban entregar el piso de alquiler a Sofía como regalo de bodas, en cuanto ella decidiera casarse.
Mientras tanto, la hija de Lucía, Carmen, logró entrar en la universidad de Salamanca. Lucía y nuestros padres comenzaron entonces a pedirle a Inés si Carmen podría quedarse temporalmente en el piso que alquilaban.
Inés, con aquel corazón generoso que siempre la caracterizó, no supo rechazar a su hermana. Carmen siguió adelante con sus estudios y poco después empezó a trabajar en una cafetería. Al cabo de unos meses, conoció a un joven y, tras medio año de noviazgo, él le pidió matrimonio. Además, Carmen estaba esperando un hijo. Fue entonces cuando Inés tuvo que recordar a Lucía que, si su sobrina pensaba formar una familia, debía buscar otro lugar donde vivir. Los jóvenes prometieron que pronto encontrarían un sitio.
Un mes después, Carmen llamó a su tía Inés para pedirle que le permitiera quedarse hasta después de la boda, asegurando que tras la ceremonia buscarían un piso propio. Por otro lado, la hija de Inés, Sofía, también había encontrado novio, pero ni ella ni sus padres se atrevieron a pedirle a Carmen que se marchara estando embarazada.
Se celebró la boda, Carmen dio a luz, pero después de todo Inés insistió amablemente a la familia en que era hora de buscar otro hogar, pues el piso estaba reservado para Sofía, que también iba a casarse pronto. Sin embargo, Carmen comenzó a poner excusas: que no encontraba ningún sitio adecuado, que el niño no estaba bien, o cualquier otra razón. Más adelante, incluso cambió de número de teléfono y dejó de abrir la puerta cuando la familia iba a visitarla. Un día, incluso el esposo de Inés se presentó en el piso; después de esa visita, Lucía llegó a decir que su hija había perdido la leche por el disgusto.
Después de tanto esperar, Inés y su marido, agotados y dolidos, acabaron por pedirle a la familia que dejaran el piso, lo que causó un gran revuelo. Lucía y el resto de la familia no volvieron a hablar con Inés en dos largos años, siempre preguntándose cómo había sido capaz de echar a su sobrina y a un niño pequeño a la calle, sin corazón ni compasión. Así es como a veces, incluso entre hermanos, la vida nos pone a prueba y nos deja marcados para siempre.






