Mi madre y mi padre no me necesitaron, pero cuando envejecieron sí se acordaron de mí.

Cuando mi madre estaba embarazada, soñaba con tener una hija rubia y hermosa; ella misma me lo confesó. Durante los primeros meses de vida, seguía esperando que mis facciones cambiaran. Al final, se dio cuenta de que me parecía a mi abuela materna, ya fallecida, quien nunca fue considerada atractiva.

Recuerdo de mi infancia los halagos de mi madre sobre mi físico, tan corrosivos como el vinagre. Mi pelo siempre estaba mal peinado, decía que tenía la nariz torcida, que no sabía sonreír, que mis orejas eran demasiado grandes… Crecía convencida de que sería fea. Si ni mi propia madre era capaz de quererme, ¿qué podía esperar de los demás?

A mi madre le encantaba cuidarse. Pasaba horas en tratamientos de belleza, gastaba cientos de euros y temía parecer mayor.

Por demostrar su juventud, empezó a salir con un hombre siete años menor. El desenlace era inevitable: separación. Al poco, mi madre me lanzó, en tono bromista: ¿Te gustaría venirte a vivir conmigo?. Ese gustaría me molestó muchísimo, y le respondí firme: No, yo me quedo en casa con papá. Ella tarareaba, parecía esperar esa respuesta, y así desapareció de nuestras vidas.

Vivía en armonía con mi padre, pero al tiempo, él también sintió que necesitaba compañía. Yo ya estaba en bachillerato y, aunque comprendía por qué me pedía que durmiera en casa de amigas, me dolía ser prácticamente expulsada de mi propia casa.

Toleraba sus aficiones con paciencia, pero a veces sobrepasaba los límites, como aquel día de su cumpleaños. Llevaba dos meses ahorrando mi paga para comprar una tarta y un pequeño regalo. Cuando llegué a casa tras el colegio, contenta, él me abrió la puerta con el albornoz apenas puesto, y, con una sonrisa de culpabilidad, me pidió de nuevo que no me quedara esa noche.

Cerró la puerta de golpe, hasta até el regalo a la manilla desde fuera, y me fui para ver a mi amiga de siempre. Su madre nos preparó té y bizcocho, lloré en su compañía y ambas me consolaron… Por suerte, tras acabar el bachillerato apareció Martín en mi vida.

No sé qué vio en mí, pero cuando marchaba al servicio militar me pidió que le esperara. Por supuesto lo hice; le escribía cartas, venía a las pocas licencias y al regresar, me pidió matrimonio.

Hoy tenemos una familia maravillosa: dos hijos, amor y respeto. No nos falta nada. Mis padres, por años, no mostraron interés en mí, y nunca me esforcé por mantener contacto. Juré no llamarles durante un año. ¿Alguna vez llamaron ellos? Jamás…

Hace poco, en la calle, mi madre me llamó. Casi no la reconozco, pero su tono incisivo era inconfundible.

¡Ay! ¡Ni sabes vestirte bien, como siempre! ¿Vas a ayudar a tu madre ahora que soy mayor? He oído (¿dónde?) que te va bien. Me dejaste, decidiste quedarte con tu padre… ¿Dónde está él ahora, tu papá? ¿Me invitas a tu casa? Le respondí que debía consultarlo con mi marido y le llamaría después. Ella simplemente sonrió.

Una semana más tarde, volviendo de trabajar, casi tropecé con alguien. Alarmada, alumbré con el móvil y vi que era mi padre. Estaba borracho, y al despertarle, abrió los ojos:

¡Dame unos euros!

Llamé a mi esposo y juntos lo llevamos a su piso. Dejé algo de dinero sobre la mesilla y me fui… Tras estos memorables encuentros, nunca más volví a ver a mis padres, ni lo deseo.

A veces, la vida enseña que el amor propio y los lazos elegidos son más sólidos que el de la sangre. Aprendí a construir mi felicidad, aunque no viniera de quienes más esperé.

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