Un lobo llegaba al patio y no podía comer. La mujer se fijó en su cuello y exclamó: «¿Quién te ha hecho esto?»

En un remoto pueblo castellano, encajado entre colinas y bordeado por espesos encinares, cuentan las viejas que, hace muchos años, apareció un lobo solitario. Era joven y fuerte, claramente salvaje, pero extrañamente atraído por las personas y los perros de las casas. No merodeaba buscando gallinas al amparo de la noche, ni mostraba fiereza alguna; simplemente se acercaba, se sentaba cerca de los corrales y observaba. Su mirada era larga, profunda, con un brillo casi humano, como si suplicara ser comprendido.

De todos los perros del lugar, el lobo se sentía especialmente fascinado por Leandra, una perra mestiza sin gracia, propiedad de Carmen. En el pueblo se comentaba y bromeaban diciendo que la joven era la novia del lobo; pero a Carmen tales bromas no la hacían reír. Una madrugada, al ir a por agua al pozo, la muchacha lo encontró acurrucado junto a la caseta de su perra. Al ver sus ojos llenos de melancolía, su corazón se encogió. No percibió en ellos la furia animal, sino una desesperación honda.

¿Qué infortunio habría sufrido aquella criatura para volver siempre al patio de su casa?

Al principio reinó la alarma, pero con el tiempo, viendo que el lobo no dañaba ganado ni perseguía a nadie, la inquietud se fue apagando. Rondaba por los límites del pueblo, casi pidiendo la compañía de las perras; a los machos los evitaba. Buscaba, pensaban, una compañera, y así sus pasos le llevaron una y otra vez a la casona de Carmen.

Leandra lo recibía siempre moviendo alegremente el rabo. El lobo alternaba la mirada entre ella y los ventanales, como esperando la aprobación de la dueña. Carmen fingía reír las bromas del pueblo, pero en su fuero interno sentía que sucedía algo más hondo que la simple rareza de un animal.

Una mañana, cuando el lobo no huyó ni ante el estrépito de los cántaros, Carmen se fijó en una marca oscura en su cuello. Parecía la huella de un collar o de una correa. Aquella imagen la inquietó profundamente; ¿por qué semejante bestia portaría esa señal? Al poco tiempo, el lobo desapareció, pero la preocupación la acompañó todo el día.

Esa tarde salió al huerto con un plato de carne, y allí comprendió todo. El lobo no podía comer: lamía los trozos y trataba de masticarlos en vano. Su hocico apenas se abría. El miedo se esfumó: un predador que no puede alimentarse no representa peligro para nadie.

Carmen comenzó a trocear la carne cada vez más pequeña, acercándose con calma y hablándole como a un niño asustado. Un día, logró rozar su cabeza. Entonces percibió, bajo el grueso pelaje, un viejo collar de cuero, incrustado ya en la carne. Una muestra de cruel desprecio humano, convertida en soga mortal. Carmen tembló, sacó una navaja, tanteó la hebilla y la cortó de un tajo. El lobo dio un salto, se sacudió y desapareció entre los encinares.

A la mañana siguiente llevó el collar a la tienda del pueblo. Los hombres lo reconocieron enseguida: años atrás, aquel lobo joven se había escapado de una estación de caza cercana. Era él. Los vecinos discutían y bromeaban, mas Carmen solo pensaba en una cosa: ahora el lobo podría respirar en libertad.

Al poco, regresó. Ya comía sin dificultad y recuperaba fuerzas. Un día, satisfecho, se acercó despacio y apoyó la cabeza en las rodillas de Carmen, con gesto manso.

Pero la sorpresa grande llegó pronto: Leandra tuvo una camada de cuatro lobeznos y un cachorro negro. El pueblo se santiguó, riendo y cuchicheando; el lobo no había perdido el tiempo.

Casi a diario, el animal visitaba a sus crías, les traía comida, las olisqueaba y las lamía con extremado cuidado. Carmen los contemplaba desde la ventana y comprendía que el lobo se sentía ya parte de su familia.

Un día apareció don Roque, dueño de la estación de caza. Exigió a la joven que le devolviese al lobo y que le vendiera los cachorros, llegando incluso a amenazas. Fue entonces cuando se produjo algo que ni los más viejos olvidarán jamás.

El lobo saltó la valla como un rayo, derribó al forastero de un empellón y se interpuso, erguido y desafiante, entre él y la mujer con sus crías. El hombre huyó despavorido. Así supieron todos sin lugar a dudas que era aquel lobo que, tiempo atrás, logró escapar de la crueldad humana.

Con los años, los cachorros crecieron y siguieron los pasos de su padre por los montes. Los cazadores hablaban en las tabernas de lobos negros rondando la comarca. Carmen sonreía en silencio: eran los nietos de su Leandra.

El lobo, de vez en cuando, volvía a la puerta de su casa. Pero, como suelen decir en el pueblo, eso es ya otra historia.

A veces, la confianza brota justo donde menos se espera: entre un ser humano y la naturaleza salvaje. Carmen no dudó en mostrar compasión, y el lobo le correspondió del único modo posible: protegiéndola y demostrándole lealtad.

Así, el lobo solitario halló su manada, y una mujer sencilla ganó una historia que, generación tras generación, demuestra que todo gesto bondadoso termina por regresar a quien lo da.

¿Vosotros creéis que los animales salvajes pueden recordar el bien que se les hace y devolverlo?

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La Madre a la que Intentaron Borrar