—¡Así que al final has hecho mis empanadillas favoritas!— exclamó el marido al volver a casa desde los brazos de su amante: pero, al primer bocado, se quedó pálido, pues dentro de la empanadilla le esperaba una inesperada “sorpresa” de su esposa

¡Tía, tengo que contarte lo que le pasó a Inés! Mira, todo empezó esa tarde en Madrid. Inés colocó la bandeja en el horno, se quitó la harina de las manos y miró el reloj de la cocina. Hoy tenía que salir perfecto, los pastelillos debían subir bien y quedar doraditos, justo como le encantaban a Tomás.

Hace años, Inés llevaba una vida tranquila, casi siempre sola y convencida de que así sería siempre. Sin embargo, todo cambió el día que entró por la puerta, para una entrevista, un hombre alto de mirada firme. Transmitía una seguridad que descolocó a Inés por dentro. Jamás lo habría imaginado, pero aquel hombre cambió su destino.

Desde ese día, su vida dio un giro tremendo: el amor, la boda, la sensación de haber encontrado su lugar en el mundo. Era feliz, tan feliz que no se dio cuenta de cómo se fue desdibujando hasta convertirse poco a poco en la sombra de Tomás.

Hasta que un día, tras dos años de matrimonio, Tomás hizo la maleta y dijo que se iba a Barcelona por trabajo, que sería solo un mes. Pero ese mes acabó siendo un año entero. Apenas llamaba, los mensajes eran escasos y fríos. Inés aguardaba paciente, buscaba excusas para él, seguía confiando. Hasta que un buen día, una amiga del barrio le soltó sin querer que había visto a Tomás en el centro, paseando tan tranquilo y, claro está, acompañado de otra mujer. Sin trabajo fuera de Madrid ni historias.

Ahí a Inés se le encendió la chispa. Había confiado e idealizado a alguien que la estaba engañando todo el tiempo. Pudo montar una escena, podría haberle llamado para pedirle explicaciones. Pero no, prefirió esperar. La venganza se sirve en plato frío, ya sabes.

Un año después, suena el móvil. Es Tomás, diciendo que la misión en Barcelona terminó, y que vuelve al piso. Y suelta, como quien no quiere la cosa: ¿Harías tus empanadillas de patata? Las echo de menos.

Llegó el día. ¡Veo que sí que has hecho mis empanadillas favoritas!, exclamó Tomás al entrar, viniendo directamente de casa de su amante. Nada más morder la primera, se le fue todo el color de la cara. Esa empanadilla escondía un regalito que Inés le había preparado.

Tomás regresó con la seguridad de quien cree tenerlo todo bajo control. Se sentó en el taburete de la cocina, cruzó las piernas y revisó el ambiente como si jamás se hubiese marchado. Inés le sonrió, cálida y serena, sin dar indicios de que lo sabía todo.

Veo que esta vez sí que hay empanadillas comentó, señalando la montaña dorada humeante.

Sonreía como si aquí no hubiera pasado nada, ocultando la traición, las mentiras, ni ese año entero al lado de otra. Se acercó a la mesa, agarró la primera empanadilla y le metió un bocado enorme. Pero, en un instante, se puso pálido y sus ojos se abrieron de par en par. Jamás habría anticipado una venganza así.

Por la mañana, Inés programó el horno, amasó la masa y preparó el relleno. Todo igual que antes, solo que en una de las empanadillas no había patata. Dentro había puesto pequeños trozos de cristal.

Tomás, nada más morder, notó algo raro. Ni siquiera llegó a tragar: escupió de golpe, pero ya era tarde. Tenía la boca llena de sangre, lengua y encías cortadas, un dolor punzante imposible de ignorar.

Se agarró a la mesa, tosiendo, sin entender del todo lo que pasaba.

Esto es por tus infidelidades y tus mentiras dijo Inés, calmada y firme. La próxima vez que vayas a engañar a alguien, acuérdate de este dolor.

Intentó replicar, pero solo salían gruñidos ahogados. Intentó llegar al móvil, pero Inés ya se había dado la vuelta. Cogió la maleta que tenía lista, se puso el abrigo y avanzó directa hacia la puerta.

Ni ambulancia, ni una palabra más. Cerró tras de sí y se fue para siempre, dejando a Tomás en la cocina con el dolor en la boca y una memoria imborrable para el resto de su vida.

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