Vengo de una familia numerosa, compuesta por mi padre, mi madre, mi hermano mayor, dos hermanas y yo. Vivíamos en un piso amplio con tres habitaciones en Madrid, y mi padre construyó hace años una gran casa de campo en la sierra de Segovia. Sin embargo, nunca fuimos, por decirlo de alguna manera, una familia especialmente unida. Los hermanos, sobre todo nosotras las chicas, vivíamos en constantes discusiones entre nosotras. Al hacernos mayores, las cosas no mejoraron: nuestras relaciones siguieron siendo distantes y cada vez más tensas.
Mi hermano fue el primero en dejar el hogar familiar. Tras hacer el servicio militar en Zaragoza, se casó y se convirtió en un hombre respetado, aunque siempre bajo la influencia de su mujer, Lucía, a la que, curiosamente, nunca le cayó bien nuestra familia. Tienen una hija juntos y mis padres intentaban visitar a su nieta siempre que podían. Por desgracia, la actitud poco amigable de mi cuñada hacía que cada visita resultase incómoda. Esta situación se mantuvo durante años, hasta hace unos siete, cuando dejaron de venir por completo.
Mi hermana mayor, Carmen, se enamoró perdidamente de un actor en el primer año de facultad y dejó los estudios por irse detrás de él y de su compañía de teatro, por toda España, durante unos tres años. Finalmente, discutieron y él la abandonó en una ciudad extraña, Valencia. Mis padres le ofrecieron ayuda, pero su orgullo pudo más y se negó. Al principio vivió en varias residencias universitarias, pero más tarde nos dijo que se había casado. No sé muchos detalles sobre cómo conoció a su marido, porque no he vuelto a verla desde su última visita, hace ahora diez años.
En cuanto a mi segunda hermana, Pilar, siempre fue el centro de atención en casa, recibiendo lo mejor. Tal vez su belleza poco común contribuyese a ello. No destacaba especialmente en los estudios, pero su filosofía de vida siempre fue clara: El valor de una persona se mide por el tamaño de su cartera. Nada más acabar el instituto, empezó a salir con el hijo de un conocido empresario madrileño. Pero en cuanto la empresa quebró, ella se fue con un amigo de él que tenía mejor posición económica. Viven juntos desde hace cinco años, en un barrio acomodado de Salamanca, y tienen un hijo.
Mi vida, por mi parte, ha estado todo menos en calma. Tras terminar la universidad en Salamanca, me casé y tuve una hija. Sin embargo, mi marido cayó en el alcoholismo y terminamos divorciándonos. En esos mismos años, mis padres empezaron a tener graves problemas de salud. Durante mucho tiempo, viví entre cuidar de ellos y de mi hija. Lamentablemente, jamás conté con la ayuda de mis hermanos, pero todos exigen ahora su parte de la herencia. Mi padre me dejó hace tiempo la casa del pueblo, pero yo creo que tengo derecho también a heredar el piso de Madrid.






