Lucía, espera. La chica se giró al escuchar la voz. Sabía que Guillermo la esperaba, una vez más, frente a su portal. Y tú otra vez, ¿no te cansas nunca de esto? ¡Llevas aquí siglos! soltó Lucía. Guillermo le acercó, algo cohibido, el ramo de flores. Solo quería verte.
Lucía tomó las flores, dudosa, y suspiró con pesadez. ¿Qué voy a hacer contigo? Entiende de una vez que entre nosotros no puede pasar nada le espetó, molesta. Te repito lo mismo cada día. Pareces un niño. No puedo evitarlo. Tal vez algún día se me pase. No se te va a pasar mientras sigas persiguiéndome. ¡Te lo he dicho cientos de veces! ¡No eres nada para mí! No te enfades, guapa, no te queda bien. Que sueñes con los angelitos respondió Guillermo. ¡Y yo no soy tu novia! gritó Lucía.
Guillermo se enamoró de Lucía nada más verla. Ella llegó al instituto cuando él estaba en segundo de la ESO. Desde entonces compartió pupitre con Guillermo. A Lucía también le gustaba Guillermo entonces; siempre estaban juntos por todas partes. Pero ahora, tras terminar el bachillerato, Lucía ya no era la misma. No veía a Guillermo a su lado. «¿Cómo es posible?», pensaba él. Guillermo la veía marcharse cada tarde, acompañada por otros chicos. Le dolía mirarla. En esos momentos, se juraba que no volvería a ir tras ella. Pero al día siguiente, sin remedio, sus pies le llevaban a la puerta de Lucía.
Lucía ya intuía que Guillermo estaría sentado en el banco al lado del portal. Soñaba con que, algún día, la viera pasar con otro chico y por fin la dejara en paz. ¿Por qué te quedas ahí todas las noches? ¿Esperas a alguien? Guillermo levantó la mirada y vio a la chica que tenía delante. De inmediato le llamó la atención su melena pelirroja y las pecas que la adornaban, tan únicas. Al sonreír, resultaba sorprendentemente simpática. Junto a ella trotaba un perro tan rojizo como su dueña. Guillermo pensó que era una chica con carácter, igual que el perro que la acompañaba. Sonrió y dijo:
Espero a la felicidad. Pero, al parecer, no está aquí Quizás la buscas en el sitio equivocado ¿Por qué no das una vuelta a ver si la encuentras? Bruno y yo paseamos por aquí todos los días. ¿Quieres venirte? Los tres podemos probar suerte. Guillermo miró las ventanas del piso de Lucía, se levantó y, decidido, contestó: ¿Sabes? Me apunto. Lucía se sorprendió bastante. Probablemente era la primera vez que no encontraba a Guillermo sentado en el banco. Bajó el ritmo, mirando alrededor, pero no había nadie. Se acercó al banco donde siempre la esperaba Guillermo.
Está vacío, pensó. Entonces escuchó el ladrido de un perro. Después, sus ojos se fijaron en dos siluetas. Desde la distancia, pudo reconocer a Guillermo y a una chica pelirroja. Un sentimiento de celos se apoderó de Lucía. Por primera vez, Guillermo no la estaba esperando a ella. Un vacío se instaló en el corazón de la muchacha. Y aquella desconocida alejaba a Guillermo, llevándoselo lejos…







