Recuerdo cuando salía con un hombre llamado Rodrigo. Era un tipo cabal, de ideas a la antigua, que creía de verdad en el amor. Siempre ayudaba a los vecinos, llevaba a los niños al colegio, daba de comer a los gatos que rondaban por la calle. Era apuesto, tenía su propio piso en Madrid, un coche, y gozaba de una posición respetable en su trabajo.
Me consideraba afortunada de que me hubiera escogido para ser su esposa. Por aquel entonces, de verdad llegué a pensar que era la mujer más afortunada del mundo. Mis amigas, sin ocultar su envidia, me decían todas a la vez: Ten cuidado, no dejes escapar a un hombre así.
Así que me esforzaba por no perderle, y él, por su parte, se aferraba a mí. Pero aquella felicidad no tardó en romperse como un jarro caído.
Un día, Rodrigo regresó a casa visiblemente disgustado, sin siquiera mirarme a los ojos. Le pregunté durante rato qué le ocurría y, al final, me confesó que había conocido a mi exmarido. De pura casualidad, según decía. Cabe mencionar que yo no tenía ya ningún contacto con él; ni siquiera le había enseñado nunca una foto, así que Rodrigo, en realidad, no debía saber ni cómo era su aspecto. Todo indicaba que él mismo había buscado la ocasión para encontrarse con él. Pero esa historia con mi ex solo fue el comienzo.
Imaginemos, pues, que todo ocurrió por azar y que Rodrigo, no sé cómo, le reconoció en plena Gran Vía. El caso es que se acercó a él y comenzaron a charlar. Fumaron un par de cigarrillos y, tarde o temprano, llegó mi tema. Yo nunca le oculté nada a Rodrigo, por eso me preguntaba qué habrían podido decir. Decir que me quedé helada es poco. Rodrigo, ya calmado, admitió que no debió hacerlo. Resulta que le había preguntado a mi ex cómo era yo, cómo era mi carácter, los motivos de nuestra separación y mil detalles más.
Las lágrimas me brotaron solas. Sentí aquello como una traición, que fuera a encontrarse con mi exmarido para enterarse de mi vida. Estaba ahí, a su lado. ¿Por qué no me preguntaba directamente todo lo que quisiera saber? ¿Es eso normal? ¿Es lícito actuar así? ¿Por qué, Rodrigo?
Como era de esperar, mi exmarido aprovechó la ocasión para soltar toda clase de disparates acerca de mí. Y Rodrigo después vino a preguntarme si aquello era cierto. ¿Por qué habría yo de justificarme por invenciones ajenas? ¿Por las palabras de otro he de dar explicaciones?
Fue en ese instante cuando supe que ya no podría respetar más a ese hombre. Comprendo a las abuelas que, sentadas en los bancos del pueblo, se pasan la tarde charlando y criticando a todo el mundo. Pero son señoras mayores. Y tú, Rodrigo, ¡eres un hombre hecho y derecho! ¿Por qué buscas cotilleos sobre mí a mis espaldas? Tú me escogiste para compartir la vida; jamás te di motivos para sospechar de mí. Ese gesto suyo me pareció tan ruin, tan despreciable, que en un momento se me quitaron las ganas de estar con él. No encontré excusa ni perdón posible para lo que había hecho.
Siempre creí que, si alguien se atrevía a hablar mal de la novia de un hombre, lo justo era que él, en el mejor de los casos, alzase la voz en su defensa o, en el peor, llegara a discutir. Pero ir a buscar exnovios para cotillear sobre la prometida, todo a escondidas, eso está fuera de mi comprensión.
Así fue como Rodrigo, el pretendiente perfecto, cayó de mi pedestal… Comprendí al fin lo que decía la gente de antes: el respeto mutuo es el cimiento fundamental de una familia. Jamás llegué a extremos, pero los chismes y las murmuraciones de los hombres me parecieron intolerables. Un hombre puede cometer errores, derramar alguna lágrima, tener sus debilidades. Pero actuar como una vieja chismosa, creyendo en habladurías, nunca.







