¡Un hombre no debe comportarse como una mujer!

Estuve con un chico que se llamaba Álvaro. Un hombre amable, con ideas antiguas sobre el amor, siempre dispuesto a ayudar: acompañaba a los niños del barrio al colegio, daba de comer a los perros callejeros bajo la lluvia y saludaba a todos como si estuviera en una película antigua. Era atractivo, tenía su propio piso en Madrid, conducía un SEAT reluciente y ocupaba un puesto respetable en una empresa conocida.

Sentía que la fortuna me había acariciado cuando me eligió para ser su esposa. Por un tiempo llegué a pensar que era la mujer más afortunada de toda la península. Mis amigas se teñían de envidia y, juntas, recitaban como una canción infantil: ¡Ojo, no dejes escapar a un hombre así!

Me esforzaba en no perderle, mientras él parecía sujetarse a mí con manos de sueño. Pero mi dicha fue tan breve como la siesta de un gato bajo el sol de junio.

Un día, Álvaro regresó a casa con la sombra pisándole los talones, incapaz de encontrar mis ojos. Le pregunté durante horas qué ocurría, como quien busca monedas en los misteriosos bolsillos de un abrigo viejo. Finalmente, soltó la confesión entre suspiro y suspiro: había conocido, por esas casualidades imposibles de los sueños, a mi exmarido.

Cabe decir que no tenía ya ningún vínculo con ese hombre; ni fotos, ni palabras, ni tan siquiera un fantasma en mi móvil. Álvaro ni siquiera sabía cómo era. Así que, en este sueño raro, parecía que había sido él quien había deseado ese encuentro.

Supongamos que la casualidad les unió, que entre la multitud, por arte de magia reconoció al hombre que no conocía. Lo cierto es que Álvaro se acercó a mi exmarido en medio de una plaza cualquiera de Salamanca, y juntos encendieron cigarrillos, mientras la conversación descendía inevitablemente hacia mí, como si hablar de mí los uniera en un rito secreto. Yo nunca le oculté nada a Álvaro, así que sólo podía preguntarme: ¿qué podrían decir de mí las palabras perdidas en el humo? Cuando lo escuché, sentí el mundo derretirse como helado bajo el sol de julio. Ni siquiera puedo decir que me sentí traicionada; fue como si un espejo se rompiera en mi interior.

Mi futuro esposo admitió que no debió hacerlo. Pero ya era tarde: le había preguntado a mi ex sobre mi carácter, nuestro pasado, las razones de nuestra separación todo. Sentí que una lluvia helada me atravesaba, y rompí a llorar, porque sí, para mí eso era una traición. ¿Por qué buscar en el pasado respuestas que yo podía darle de frente? ¿Es que en los sueños la confianza también se resquebraja sin sentido?

Para colmo, mi ex soltó toda clase de disparates sobre mí. Álvaro, en vez de poner en duda a un desconocido, vino y me consultó despacito si lo que había escuchado era verdad. ¿Debía justificarme por historias ajenas, inventadas bajo la luna de los rumores? ¿Por qué cargar con palabras que no dije ni hechos que no viví?

De pronto, el respeto que sentía por ese hombre se evaporó. Comprendo a las abuelas sentadas en los bancos de las plazas, charlando y destripando vidas ajenas entre abanico y abanico; son abuelas, al fin y al cabo. Pero Álvaro era un hombre hecho y derecho. ¿Qué hacía investigando mi pasado como un detective de barrio? Me había elegido a mí para compartir el pan y la almohada; nunca le di motivos para dudar de mí. Su acto me pareció tan bajo y turbio que, al instante, se me esfumaron las ganas de seguir soñando a su lado. No había excusas. No podía perdonar esa desconfianza envuelta en chismes.

Siempre creí que, si alguien pronunciaba una palabra fea sobre la novia de un hombre, el enamorado, en el mejor de los casos, se enfadaría; en el peor, ni se dignaría escuchar. Buscar a los ex para recabar rumores de la prometida, eso me sobrepasa, incluso en la lógica onírica.

Así, mi perfecto Álvaro se deshizo como sal en el agua ante mis propios ojos, y entonces entendí el susurro de las viejas generaciones: que en un matrimonio, por encima de todo, debe reinar el respeto mutuo. Nunca fui de extremos, pero el cotilleo masculino me resultaba intolerable. Un hombre puede permitirse errores, lágrimas, caprichos, incluso ridiculeces. Pero dejarse llevar por los chismes, eso no. Eso nunca.

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