¡Gracias por todo, abuelo Eugenio!
Mira, Santi, si ya tienes esposa cuídala. Y si no eres capaz, mejor déjala ir el abuelo Eugenio levantó el puño, dispuesto a amonestar a su nieto, aunque apenas podía contenerse.
¡Sí, sí, abuelo! ¡He entendido! respondía Santi, tapándose la cabeza con las manos para esquivar los coscorrones del abuelo.
***
Santi, por lo que él recordaba, siempre había vivido con sus abuelos. Sus padres vivían en otra parte del pueblo, pero Santi sentía suyo el hogar donde estaban el abuelo y la abuela, no el de sus padres. Se dio la circunstancia de que fue el primer hijo de su madre, y casi enseguida sus padres se separaron. Su madre necesitaba rehacer su vida, así que cada vez con más frecuencia dejaba al pequeño Santiago con sus abuelos. Al final, ellos se convirtieron en sus verdaderos padres, ya que fue el abuelo quien se ocupó de su educación desde niño.
¿Por qué no has ayudado hoy a la abuela con las tareas? le preguntaba el abuelo al volver del campo de trigo.
Abuelo, es que no me despertó, yo seguía dormido se defendía el pequeño.
¡Vaya con el no me despertaron! Pero bien que te levantas solo cuando tienes hambre, ¿eh? Acostúmbrate, nieto, la vida en el pueblo no acepta vagos. Hay que levantarse temprano y sacar adelante el trabajo. Mañana estaré atento. Si te quedas dormido, te quedarás sin desayuno el abuelo Eugenio quería enseñarle la importancia del trabajo desde niño.
Al día siguiente, Santiago se levantó temprano para ayudar a la abuela no quería quedarse sin desayuno, y tampoco quería provocar al abuelo, al que respetaba mucho. Sabía que, aunque su abuelo siempre era bueno y cariñoso con él, si decía algo lo cumplía, y no se libraría del castigo. El abuelo raras veces le levantaba la mano, pero bastaba una mirada o unas palabras serias para que Santi sintiera tal vergüenza que preferiría un azote.
Así fue como Santi creció con sus abuelos. Su madre hacía tiempo que tenía otra familia. De vez en cuando, iba a visitar a su madre, pero allí todo le resultaba extraño. El nuevo marido de su madre nunca le prestaba atención, y Santi se sentía un extraño. Pasaba allí un par de días, jugaba con su hermano pequeño y, enseguida, volvía corriendo a casa del abuelo y la abuela.
Cuando cumplió los 14, Santi empezó a escaparse con los chicos del barrio para pasar el día entero en el río. Mientras el abuelo estaba en el campo, la abuela debía apañárselas sola con la casa. El abuelo Eugenio, al darse cuenta de esto, decidió un día esconderse para cogerle por sorpresa.
¡Alto ahí, chaval! ordenó el abuelo, cortándole el paso en el camino.
Santi, al ver a su abuelo, se asustó muchísimo pero se detuvo y lo miró con sus grandes ojos.
¿Adónde crees que vas tan temprano? ¿Ya lo has dejado todo hecho en casa? ¿O es que la abuela tiene que hacerlo todo mientras tú te tumbas panza arriba en el río? le reprendió el abuelo, dándole un ligero tirón de oreja.
Perdón, abuelo, perdón. Ahora mismo vuelvo y me pongo a ayudar. No te enfades dijo Santi, avergonzado.
Eso espero. Anda, corre. Ya iremos a pescar el fin de semana, cuando acabemos con la faena. Aquí primero se cumple con la obligación, y luego se disfruta.
Así creció Santi, en una familia humilde, pero con grandes valores de trabajo y respeto. El abuelo supo formar de él un trabajador ejemplar del pueblo. Y fue solo al hacerse mayor cuando comprendió cuánto le debía a su abuelo, cómo supo hacer de padre para él y cuántas cosas le enseñó.
Tras cumplir con el servicio militar, Santiago regresó a su pueblo y consiguió trabajo como tractorista. Se compró una casita y empezó a buscar pareja. Le gustaba mucho una chica llamada Carmen. Venía de una familia humilde y numerosa, sencilla y honrada. Salieron juntos medio año y después se casaron.
Al año nació su hija. Santiago estaba loco de alegría con la niña. Así fue como empezaron su vida de familia. Iban a menudo a ver a los abuelos, y no digamos lo felices que se volvían éstos con la bisnieta. Muchas tardes se sentaban en el poyete a la puerta con la cría, y el abuelo le regalaba juguetes hechos por él: de madera, a mano. Una cuna para la muñeca, un burrito tallado, cualquier cosa inventaba para su pequeña.
Una tarde, el abuelo Eugenio fue a ver a su nieto con una pequeña mecedora de madera recién terminada para la bisnieta. Al entrar en la casa, vio que Carmen, la esposa de Santiago, se enjugaba las lágrimas, intentando no dejarse ver por el abuelo.
A ver, Carmen, cuéntame, ¿por qué lloras? ¿Te ha hecho algo Santi, eh? el abuelo entendió enseguida que pasaba algo.
Se va de juerga con los amigos, abuelo Eugenio Carmen ya no pudo reprimir más las lágrimas. Y para colmo, ha desaparecido el dinero que guardábamos para hacer el baño nuevo.
¡Será posible la cara dura de este muchacho! el abuelo apretó los puños y salió al patio.
Riñale usted, que seguro que a usted le escucha, abuelo Eugenio. Pero no sea muy duro, que sabe que le tiene mucho respeto Carmen salió detrás.
Anda Carmen, entra con la niña. Yo me quedo aquí, a esperarle en la puerta el abuelo sacó el paquete de cigarrillos y esperó a su nieto.
Santi volvió casi de madrugada, sin duda no en condiciones. Vio a su abuelo y se quedó helado, avergonzado de verdad.
¿Qué hace aquí, abuelo, ya a estas horas? preguntó.
Aquí estoy, porque vengo a ponerte las pilas dijo el abuelo, agarrándole por la pechera y sacudiéndole.
Aunque Santi ya superaba al abuelo en estatura, no era capaz de defenderse; le tenía demasiado respeto y una vergüenza inmensa.
¿Dónde te metes hasta las tantas, sinvergüenza? ¿No tienes ya mujer, hija, casas que cuidar? ¿Para esto te enseñé? ¿Para dejarlo todo y salir de jarana cada vez que te da la gana? el abuelo lo regañaba, sin soltarle el cuello.
Abuelo, suéltame. Te juro que es la última vez. Perdona decía Santi, suplicando.
Ya no eres un crío, hombre. Debes entenderlo; no fue para esto que te crié como a un hijo. La familia es lo más importante. Si has decidido formar una, cuídala y asume tu responsabilidad. Ese es mi consejo. Y si no me haces caso, no miraré que ya eres más grande: te doy con la rama y te recordarás de mí lo soltó y se marchó lentamente a su casa.
Desde aquel día, Santi dejó las juergas. Le daba muchísima vergüenza defraudar al abuelo. Y después de que el abuelo Eugenio se fue para siempre, su consejo le acompañó siempre: Cuida tu casa y a tu mujer.
Fue un hombre muy sabio, el abuelo Eugenio.
En gente como él se sostienen los pueblos.
¡Gracias por todo, abuelo!






