No pensaban en su padre hasta que les dije que me iba a casar. Ahora mis hijas intentan convencerme de que no lo haga.

He preguntado varias veces a todos si podían venir a casa para celebrar Nochevieja conmigo. Antes solía ser una tradición familiar celebrar juntos, pero ahora mis hijas son adultas, piensan en sus propios hijos o en sus parejas. Al principio todos me prometieron que vendrían, pero dos semanas antes empezaron a caerse del plan. La mayor, Adriana, me dijo que su marido le había hecho una sorpresa a ella y a los niños y que se iban a una estación de esquí y no podrían venir; la mediana, Carmen, estaba de luna de miel; y la pequeña, Teresa, tenía que trabajar esa noche. Y así fue todo, me quedé solo.

No quería quedarme en casa, así que la vecina del segundo piso, doña Marisol, me recomendó una agencia donde podía apuntarme a un viaje organizado. Era una ruta en autocar durante una semana. Viajábamos bastantes personas, y así conocí a Felisa. Tenía sesenta y dos años, estaba sola como yo y había decidido viajar porque tampoco quería pasar las fiestas en soledad.

Observé que muchos de los viajeros iban en grupo, o encontraban compañía durante el recorrido. Felisa y yo también hicimos piña, fuimos juntos a los museos, elegíamos la comida en la cena y dábamos paseos sin guía charlando largo y tendido, sobre hijos, sobre nuestras vidas y sobre la falta de alegría que sentíamos últimamente.

¿Por qué no dejamos de lado la soledad? ¿Te casarías conmigo? le solté, dispuesto a decir que era una broma si Felisa no reaccionaba bien.
Claro que sí, me casaría respondió ella, con una serenidad que me desconcertó.

Tuve miedo de que, al volver a casa, cambiara de idea, pero no ocurrió nada de eso. Vivíamos en ciudades distintas pero le propuse mudarme con ella tras la boda. Yo vendería mi piso y podríamos vivir tranquilos el resto de nuestros días. Incluso podríamos volver a hacer otro viaje, esta vez como matrimonio. No se lo conté a mis hijas enseguida; decidí esperar un poco. Envié varias de mis cosas a casa de Felisa y, cuando encontré un buen agente inmobiliario, pensé que ya era momento de explicárselo todo a mis hijas.

¡No puedes! protestó Adriana. ¿Boda? ¿Mudanza? la mayor estaba indignada. Papá, ya estás mayor para enamorarte. ¿Y quieres vender la casa? Tenemos dos hijos, nos vendría bien ese dinero.

De repente, todas parecían haberse acordado de su padre y del piso de la familia.

Si tienes dinero para irte de vacaciones a la sierra, tienes dinero para tus hijas les respondí. No vais a repartir mi herencia mientras yo esté vivo y bien. Las otras dos en cambio se alegraban algo por mi felicidad.Estamos contentas por ti musitó Carmen, titubeando, mientras su nuevo marido asentía, pero es que es tan raro y repentino… ¿Y qué tiene de raro? Vosotras ya tenéis vuestras vidas y parejas, yo también quiero cuidar y que me cuiden. No quiero pasar las fiestas solo. Vosotras os fuisteis todas y ¿yo debía quedarme aquí, aburrido y solo? Pues no pienso seguir así.

Fue largo el tira y afloja con mis hijas, más por el piso que por mi nueva vida. Quería que vendiera el piso para repartirse el dinero, pero tomé la decisión de gastarlo en mí mismo y no darles nada por adelantado.

Hoy he aprendido que la vida es mucho más que esperar a que otros llenen tu espacio. Debemos buscar nuestra propia alegría y no vivir siempre para los demás. En España, como en todos lados, hay momentos para pensar en los hijos, y hay otros para pensar en uno mismo. Se lo recomiendo a cualquiera que sienta que la vida se le apaga: aún hay tiempo, mientras haya ganas.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

2 × two =

No pensaban en su padre hasta que les dije que me iba a casar. Ahora mis hijas intentan convencerme de que no lo haga.
Trabajo Nocturno