Diario de Juan, 15 de abril
Hoy siento necesario escribir lo que llevo tiempo guardando dentro. Han pasado ya 30 años desde que me casé con mi mujer, Carmen. Yo siempre fui quien mantenía la casa, y ella se dedicaba al hogar. Jamás quise que trabajara fuera; me hacía feliz saber que Carmen llevaba la casa y cuidaba de nosotros. Pero, tras tantos años así, empecé a cansarme de nuestra vida juntos.
Vivíamos tranquilos, nos respetábamos, pero el amor había desaparecido hace tiempo. Aun así, lo veía natural. No me molestaba. Hasta que todo dio un giro inesperado.
Un día, salí con unos amigos por la Gran Vía en Madrid y paramos en un bar. Fue allí donde conocí a Lucía. Me impactó desde el primer momento: joven, encantadora, llena de vida y con veinte años menos que yo. Era tan bella y divertida que me hizo sentir vivo de nuevo. Comenzamos a vernos y pronto se convirtió en mi amante.
Dos meses después, comprendí que ya no podía engañar más a Carmen. Ya no quería volver a casa después del trabajo. Supe que me había enamorado de Lucía y deseaba que fuese mi esposa.
A los pocos días le conté todo a Carmen. Me sorprendió verla tan calmada. Pensé que también había dejado de amarme y por eso no montó una escena. No fue hasta mucho después cuando entendí cuánto la herí.
Nos divorciamos. Vendimos el piso donde habíamos compartido media vida. Lucía insistió mucho en ello: exigió que no dejara el piso a mi exmujer. Carmen se compró un pequeño estudio cerca de Sol. Yo, gracias a los ahorros, pude comprar junto a Lucía un piso más grande en Chamberí.
No ayudé a Carmen, ni siquiera le ofrecí dinero. Aunque sabía que iba a estar mal de dinero y que le costaría encontrar trabajo a su edad. Pero, sinceramente, no pensé en ella ni un momento.
Mis hijos, Javier y Álvaro, rompieron todo contacto conmigo. Jamás me perdonaron por lo que le hice a su madre y se sintieron traicionados. Pero por entonces poco me importó, porque Lucía estaba embarazada y yo soñaba con el hijo que venía en camino.
Pasado poco tiempo, Lucía dio a luz un niño. El pequeño no se parecía ni a mí ni a ella. Mis amigos empezaron a insinuar que quizás no era mío, pero no quise escuchar rumores.
La convivencia con Lucía resultó ser un desastre. Yo tenía que trabajar, ocuparme de las tareas de casa y del niño, mientras ella solo exigía dinero. Nuestro hogar era un caos continuo: nunca había comida preparada y todo andaba manga por hombro.
Lucía salía por las noches y regresaba a las tres o cuatro, borracha y armando escándalos por cualquier cosa. Perdí el trabajo debido a mi mal humor y las continuas faltas.
Solo aguantamos tres años casados. Mi hermano, que siempre sospechó que el niño no era mío, se hizo cargo de realizar una prueba de ADN. El resultado confirmó sus sospechas: el niño tampoco era mío.
Nos divorciamos nada más saberlo. En todos esos años, ni hablé con Carmen ni con mis hijos. Tras separarme de Lucía decidí buscar a Carmen, intenté arreglar mi error. Compré un ramo de flores, una botella de vino de La Rioja y un trozo de roscón. Fui a buscarla a su piso, pero ya no vivía allí; la nueva inquilina me dio su dirección.
Fui a verla. Al tocar el timbre, abrió un hombre. Carmen había rehecho su vida: consiguió un buen trabajo y se casó con un compañero. Parece que ahora es feliz y le va muy bien.
Un día volví a encontrarme con Carmen por casualidad en una cafetería. Le pedí que volviera conmigo. Me miró como si estuviera loco y, sin decir palabra, se marchó.
Hoy tengo 54 años. No tengo nada: ni esposa, ni trabajo, ni hijos que quieran saber de mí. Perdí todo lo que realmente importaba en la vida y fue por mi culpa. Es un error que jamás podré enmendar…







