– “A mi madre no le va el jaleo, lo sabes.” “Pero a tu madre le encantan las reparaciones gratis”, respondió Sara.

Vamos a encargar papel pintado morado, le dijo el marido de Lucía.
¿No te das cuenta de que no combina con el color del suelo? Mejor beige
A mi madre no le gusta el beige, lo sabes.
Pero a tu madre lo que le gusta es que le hagan reformas gratis, replicó Lucía.

La madre de su marido insinuó en una ocasión que estaría bien que le renovaran la casa. Lucía no dijo nada. Pero a su marido, Javier, la idea le pareció estupenda. Al fin y al cabo, era su madre. Lucía no estaba de acuerdo, pero prefirió guardar silencio.

Al fin y al cabo, no era asunto suyo. Si él quería hacerlo, que lo hiciera. Que lo haga ella, pensaba. La suegra dejó claro desde el principio que sólo le interesaban los resultados. Ni un gracias. Solo una lista de exigencias.

Lucía, no es una reforma gratis, es una reforma que hace mi hijo, la tranquilizaba Javier.
Por supuesto que sí.
Claro que sí. A su madre le encantaban las cosas gratis. Por eso siempre se lo recordaba a Javier. Y si algo no le gustaba, seguro que lo cambiaban de nuevo. Lucía tenía razón. Cuando por fin acabaron la reforma y la madre volvió, lo primero que hizo fue recorrer todo el piso diciendo:

No me gusta cómo ha quedado. El papel pintado no es lo que yo me imaginaba. Y la cocina, tampoco. ¿Y estos armarios? Todo está tan mal hecho que ni palabras tengo. Me dan ganas de denunciarlos.
¿A quién? ¿A tu propio hijo, que lo ha hecho todo pagando él? respondió Lucía.
Anda, mujer, era una broma replicó, restándole importancia.

Mi suegra, sin duda, no estaba de buen humor. Ella esperaba una reforma lujosa, pero se encontró con una normal y corriente. Todo estaba nuevo, bonito, pero no era tan caro como seguramente ella imaginaba. Por eso no le gustó. Ni Javier ni Lucía tenían suficiente dinero para grandes lujos. Habían hecho lo que pudieron, pero su madre ni las gracias les dio.

Lucía, creo que a mi madre no le ha gustado nuestra reforma, le dijo Javier un día.
¡Claro que no! ¿Le gusta alguna vez algo a tu madre?
Quería algo mejor
Mira, no tenemos tanto dinero.
¿Y si pedimos un préstamo? interrumpió la suegra.

Lucía estaba convencida de que la madre no escuchaba nunca a nadie.
Por su propia madre, Lucía sí habría pedido un préstamo, se lo habría devuelto puntualmente y hasta añadido unos euros de más. Pero esta vez era demasiado. Sin embargo, Javier se adelantó:

Mamá, ¿qué préstamos? Ya sabes lo que pienso de eso. Menos todavía para unas simples reformas. Todo está bien, con gusto. ¿Qué más quieres ahora?
Al menos podrían volver a hacer la cocina dijo ella, mientras se marchaba.

Javier, creo que ya ha perdido totalmente la vergüenza, comentó Lucía.
Lucía, sabes que tiene un carácter complicado contestó Javier.

Había muchísima gente en la ferretería. Lucía sujetaba un mantel nuevo con la mano, Javier unos grifos para el baño. Parecía que no se llevaban nada, pero la cuenta era considerable. Así es la vida: parece que no termina nunca.

De pronto, Lucía se paró en seco.
Dijiste que ya no tenemos dinero para reformas.
Es verdad, tuve que pedir prestado algo.
¡Ya estoy harta! exclamó Lucía, dejando el mantel sobre la estantería. Quien lo quiera, que lo compre. Hemos hecho ya bastante por tu madre. ¿Se lo has prestado? Esto ya es demasiado. ¡Ni se te ocurra discutir conmigo!

Y se fue directa hacia la puerta, con Javier siguiéndola en silencio. Aunque se tratase de su propia madre, quizá había llegado el momento de poner límites.
Porque a veces pensó Lucía, hacer siempre por los demás acaba por vaciarte, y uno debe recordar también cuidar de sí mismo.

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– “A mi madre no le va el jaleo, lo sabes.” “Pero a tu madre le encantan las reparaciones gratis”, respondió Sara.
El secreto ajeno