18 de marzo de 2023, Madrid
Hoy he decidido poner por scrito todo lo que me ha pasado últimamente; quizás así me aclare las ideas. Ayer, Lucía, mi esposa, me confesó entre lágrimas que me había sido infiel. Ella misma me lo contó, suplicándome que la perdonara. No podía creer lo que oía, ni cómo Lucía había sido capaz de algo así, aunque siempre fue algo impulsiva. Apenas me había recuperado de la sorpresa cuando recordé otras cosas que habían pasado.
Justo al día siguiente de nuestra boda, Lucía me dejó caer que había pedido un préstamo, y que ahora ambos tendríamos que devolverlo. Aquello ya me dejó algo descolocado. Poco después, mi mujer empezó a encontrarse mal y tuvimos que llamar a una ambulancia. Resultó que Lucía había perdido el embarazo. Lo más duro fue saber, en ese momento, que ella estaba embarazada, porque yo no tenía ni idea.
Recuerdo perfectamente cuando me dijo: Mira, ahora los dos tenemos buenos trabajos, no nos falta el dinero, y no quiero arriesgar nuestra situación económica con un crío me soltó con una frialdad que me dejó helado. Y después llegó la traición Ella, para que pudiera perdonarle la infidelidad, tuvo la disparatada idea de que yo también le fuera infiel, así no habría remordimientos de conciencia entre nosotros. Fue ella quien encontró a una amiga suya, Inés, una rubia alta y de cuerpo espectacular.
Pero yo no fui capaz. Me planteé lo absurdo de la situación, y aunque Inés me preguntó ¿Pero tú eres hombre o qué?, le respondí que no podía engañar aposta a mi mujer. Me consideraba un tipo normal y aquello me parecía enfermizo.
Al volver a casa estaba de muy mal humor. No quería ni hablar ni ver a Lucía, así que recogí mis cosas y me fui a casa de un amigo. Pasaron unos días y Lucía me llamó. Me soltó, con tono triunfal: Estoy embarazada, así que tarde o temprano tendrás que volver a casa para cuidar de tu familia.
Sin embargo, yo ya no quería saber nada de Lucía, ni de hijo, ni de la familia que creía tener. Días después, me encontré de nuevo en El Corte Inglés con Inés, la misma amiga que Lucía me había presentado. Le pregunté: ¿Tú qué haces aquí? Pensé que todo el plan de Lucía era quedarse embarazada para atraparme.
Aquella casualidad me hizo sospechar que las cosas no cuadraban. Exigí a Lucía que me enseñara una ecografía o un certificado médico que atestiguara su embarazo. ¿No me crees? me preguntó, herida. Después de tu traición, no creo nada si no lo veo con mis propios ojos le contesté.
Por supuesto, no tenía nada que mostrarme. Entonces supe que, una vez más, me había mentido. He decidido pedir el divorcio.
Hoy, después de todo, he comprendido que la confianza se tarda mucho en construir y, en un segundo, se puede desmoronar para siempre. No podemos edificar nada auténtico sobre mentiras ni chantajes, y uno debe aprender a marcharse a tiempo, aunque duela.







