Cuando mi marido presentó la demanda de divorcio, mis hijos y yo nos fuimos a vivir con mis padres. No tenía manera de salir adelante sola: debía trabajar y cuidar de los niños. En ese entonces, la mayor tenía tres años y el pequeño apenas cumplía dos.
Decidí solicitar una hipoteca y empezar de nuevo. Al principio, solo saludaba a los vecinos; no conocía a nadie.
Al poco tiempo, mis caminos se cruzaron con los de un hombre. Él tenía un hijo. A veces veía a mi vecino acompañado de una mujer, así que estaba segura de que era su esposa. Sin embargo, sentía cierta atracción por él; me gustaba físicamente, pero no me planteaba para nada mantener una relación con un hombre casado.
Un día, me ayudó a arreglar un grifo y le invité a tomar un café. Durante la conversación, descubrí que aquella mujer no era su esposa, sino la niñera. No conseguía encontrar una buena cuidadora para su hijo; por alguna razón, no tenía suerte. Su mujer había fallecido el año anterior y no le quedaba familia. Entonces pensé que quizá sí podía haber algo entre nosotros…
Seguimos en contacto, nos llamábamos y, a veces, salíamos a pasear con los niños. Un día, vino a casa mientras mis padres estaban de visita.
¿Qué tal, Carmen? Por favor, cuida de mi hijo hoy, que han cerrado la guardería por cuarentena. Tengo que irme urgente al trabajo y la niñera está enferma.
Claro, no te preocupes, respondí.
Me dejó una bolsa llena de cosas, comida y una lista de instrucciones sobre cómo ocuparme de su hijo. Me dijo que me llamaría, pero nunca imaginé que lo haría cada media hora para pedirme un informe: qué le di de comer, qué ropa le puse, cuántos paseos habíamos dado…
Cuando volvió a por su hijo, se mostró indignado porque el niño llevaba puesta una camisa roja, cuando en sus indicaciones ponía claramente que debía ser azul. En vez de agradecerme, me soltó un millón de reproches. Antes de marcharse, añadió:
Mañana te lo traigo otra vez, ¿vale?
Ni siquiera le rechacé cuando tenía mil cosas pendientes. Pero un día terminé ingresada en el hospital. Mi vecino me llamó y, al no contestar a la puerta, me gritó por teléfono. Cuando le expliqué que estaba ingresada, colgó.
Pasado un tiempo, se ofreció a cuidar de mi hijo, pero me negué porque tenía que trabajar. A partir de ahí, dejaron de llegar las llamadas y apenas nos cruzábamos en el portal, donde solo intercambiábamos un saludo. Creía que él podía ser el hombre de mi vida, pero solo resultó estar aprovechándose de mí. Espero que algún día conozca al hombre que venga a cambiarme la vida por completo.







