Después de 4 meses de mensajes, acepté quedar con un caballero de 52 años: empezó la cita con 5 quejas

Dicen que la anticipación de una fiesta suele ser más dulce que la propia celebración. Ahora, al recordar esta historia de Leonor, me doy cuenta de cuánto puede alargarse la espera y en qué se convierte: una especie de novela por entregas que, entonces, se extendió casi cuatro meses, cada día con un capítulo nuevo.
Durante ese tiempo, Leonor llegó a memorizar todos los pequeños gustos de Mateo, sus amigos de la infancia, sus anécdotas repetidas y hasta esa extraña costumbre suya de poner tres puntos suspensivos después de cada «buenos días».
Leonor tenía cuarenta y cinco años, ese tramo de la vida donde ya acudes a una cita no con el temblor en las piernas de la juventud, sino con la mirada irónica de quien investiga la fauna humana desde la distancia y la ternura. «A ver qué espécimen me toca esta vez», solía pensar mientras se preparaba.
Pertenecía a ese selecto club de mujeres que saben cómo lucir un sencillo jersey de cashmere como si fuera un manto real y que han hecho de la autoironía su mejor escudo ante cualquier situación incómoda.
Mateo, que hace poco había cumplido cincuenta y dos, parecía por escrito alguien serio, sensato, un poco irónico y, sobre todo, fiable, que era lo que de verdad la atraía.
«A nuestra edad, Leonor me escribía a menudo al caer la noche, buscamos calor, no fuegos artificiales. Apetece estar con una mujer a la que no hay que explicarle nada».
«Pues sin palabras», sonreía Leonor ante el espejo, dándose un toque de máscara de pestañas. Lo importante era que lo que se dijera no le provocase ganas de levantarse e irse.
Quedaron en una pequeña cafetería de Madrid que olía a canela, cálida e íntima; Leonor llegó puntual: serena, arreglada, dispuesta a disfrutar la velada. Iba impecable.
Mateo apareció cinco minutos después. En persona resultó ligeramente más bajo de lo que parecía en sus fotos, y llevaba esa expresión de quien acaba de descubrir un fallo gordo en un balance contable.
Se sentó enfrente, sonrió con frialdad y la saludó de manera escueta.
No hubo ni cumplido ni un cálido «qué ilusión conocerte».
Mateo la examinó con la minuciosidad de un notario. Luego sugirió pedir café y algo de postre, y eso hicieron.
Leonor dijo finalmente con tono de profesor en claustro, he reflexionado mucho sobre nuestra relación estos cuatro meses. Y, ahora que te veo en persona, creo necesario dejar claros ciertos puntos desde el principio. Tengo cinco quejas que hacerte.
Por dentro, algo en Leonor se quebró con un «clin» tenue, como cuando se rompe el encanto. Apoyó la barbilla en la mano y asintió.
¿Cinco quejas? Suena interesante. Te escucho.
Mateo no percibió la ironía y levantó el primer dedo.
Queja una: las fotografías
En una de las fotos, esa en la que llevas un vestido azul, tu figura parece diferente. Ahora, en persona, veo que eres más realzada. Eso podría confundir a un hombre. A nuestra edad, una mujer debería mostrarse con honestidad.
Leonor, por dentro, esbozó una pequeña sonrisa. «Realzada al menos no ha dicho monumental».
Queja dos: la rapidez al responder
A veces tardas mucho en contestar. Por ejemplo, hace tres semanas te escribí a las 14:15 y contestaste a las 16:40. Los hombres no somos de esperar. Eso es una falta de respeto.
En ese momento estaba en una reunión empezó Leonor, pero él ya seguía con el siguiente dedo.
Queja tres: el lugar de la cita
¿Por qué aquí? Este sitio es demasiado fino. Yo sugerí un café más sencillo. Esta elección tuya revela tu gusto por algo presuntuoso.
Leonor miró su café latte y, por un instante, quiso arrojárselo por encima, pero prevaleció la curiosidad.
Queja cuatro: la apariencia
¿Para qué este vestido? Solo veníamos a tomar un café. Es demasiado llamativo para la hora que es. Y las joyas, totalmente innecesarias. Una mujer debe atraer por lo que es, no por lo que lleva. Yo busco contenido, no envoltorio.
Queja cinco: la independencia
Tú has elegido el sitio, sueles decir yo misma. No dejas que el hombre se sienta hombre. Necesito una mujer que pida consejo, no que presuma de independencia. Si vamos a seguir, tienes que cambiar eso.
Cruzó los brazos satisfecho, esperando que ella se sintiera, como mínimo, agradecida por su sinceridad.
Leonor lo miró y le quedó claro, de golpe, que aquellos cuatro meses de mensajes solo habían servido de pantalla para un maniático del control. No buscaba calor; buscaba a alguien dócil para inflar su ego.
Mira, Mateo le dijo muy suave, yo también he hecho mis análisis. Y a mí me han bastado cinco minutos para sacar una conclusión.
¿Ah, sí? frunció el ceño él.
Eres un ejemplar curioso. Has cruzado media ciudad para leerle la cartilla a una mujer que ves por primera vez, criticando su gusto, su figura y su derecho a ser como es. Eso, Mateo, es un grado asombroso de autoconfianza.
Mateo se molestó:
Simplemente soy sincero.
No negó Leonor, mirándole a los ojos. No eres sincero. Eres infeliz y tratas de medir el mundo con una vara torcida. ¿Mis fotos no te valen? Ve al Museo del Prado: ahí las obras nunca cambian. ¿Tardo en contestar? Cómpate un Tamagotchi. ¿No te gusta mi vestido? No me lo pongo para ti, sino para mí.
Se levantó, se arregló la chaqueta y lo miró de frente.
Y un apunte final: si tu ego se tambalea cada vez que oyes yo misma, no necesitas una relación, sino rehabilitación. A mis cuarenta y cinco, valoro demasiado mi tiempo como para malgastarlo con alguien que empieza un encuentro revisando mis defectos.
¿Adónde vas? ¿Y el café? farfulló Mateo.
El café te lo terminas tú, será una manera de ahorrar recursos. Y un consejo: si quieres que alguien te mire a la boca, haz cita con el dentista.
Al llegar a casa, lo primero que hizo Leonor fue bloquear a Mateo en todos los canales. Esos días, la palabra hogar para ella era mucho más que una manta y silencio: era un teléfono sin gente intentando adaptarla a moldes ajenos y torcidos.
Y yo me sigo preguntando, al repasar aquel encuentro: ¿fue un flirteo fallido o una función muy bien ensayada? ¿Vale la pena continuar con alguien que, nada más llegar, te va presentando la factura por ser simplemente quien eres?

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Eres mi papá