La chica no era precisamente un bellezón tenía unos kilillos de más y vestía como quien no se ha mirado mucho al espejo. Trabajaba limpiando en una oficina, aunque entre colegas la llamaban la señora de la oficina, que siempre suena más elegante. Durante el día, en su pequeño cubículo, se preparaba su café instantáneo. Y para comer, tiraba de galletas María. No era comida de campeonato, pero sí económica, que en Madrid las cosas baratas tampoco sobran. Un buen día, su jefe apareció por su mesa buscando algo urgente, y ella, por cortesía, le ofreció café y galletas.
Felipe aceptó encantado: vivía acelerado, no tenía ni un minuto ni para sentarse a la mesa. Se apoyó en un taburete metálico y, sonriendo, dijo que esas galletas le recordaban a cuando era crío: ¡Las de toda la vida! ¡Qué buenas eran! El abuelo se las traía del mercado; le sabían a gloria. Y de paso se acordó de unos caramelitos diminutos, por fuera eran de chocolate y por dentro puro caramelo. Delicias para el recuerdo. Y qué decir de aquel chocolate de cuando era niño, nada que ver con lo de ahora.
Contó todo esto, terminó el café y se largó. Pero poco después, Felipe apareció con una tarta bajo el brazo. Y ni se le ocurrió soltarle a Carmen aquello de deberías cuidar la línea. Al contrario: con un cuchillo de plástico, le cortó el trozo más grande.
Y no paró de charlar… Que si la muerte de su hijo, que si la mujer le dejó, que si en los años malos acabó en la cárcel y cómo salió adelante La historia, vamos, para escribir un culebrón. Pero, mira tú, que al final se casaron. Y ahí quedó la cosa. Felipe le sacaba veinte primaveras a Carmen ¿y qué más da?. Se enamoró perdidamente de ella: por su inteligencia, su buen corazón, y, por supuesto, por su belleza, que últimamente Carmen tenía hasta mejor cara. Será cosa del café. O del amor. O de las historias de Felipe, porque le daba a la lengua que era un gusto. Eso sí, nadie, en todos sus años, le había escuchado de verdad.
Y mira tú qué curioso: un café instantáneo ese brebaje indigno para muchos resultó ser el elixir del amor. Que hay mucho triunfador, guapo y fuerte, que no tiene con quién hablar. Que nadie les escucha nunca. Porque la sinceridad y la bondad de verdad atan para siempre a la buena gente.
A su hijo, el que viene de camino, Felipe piensa contarle todo también. Y, por supuesto, le escuchará.
Carmen habla poco; pero por las noches, en casa, se marcan unas canciones juntos algo que no parece muy común entre casados, pero oye, les va bien. Es casi tan bueno como los relatos de cuando uno era chavalEn el barrio, la señora de la oficina ya no pasa desapercibida. Ahora, cuando camina con Felipe por el parque, siempre de la mano, la saludan los vecinos y hasta algunos chavales que antes ni la miraban le sonríen con complicidad. Nadie entiende del todo cómo fue que Carmen pasó de preparar café entre papelajos a ser la protagonista de una historia que muchos quisieran vivir: de esas sin filtros, ni promesas de novela rosa, solo cotidianidad, ternura y alguna risa nocturna.
Y mientras los días pasan y el bullicio de la ciudad sigue su curso, Carmen guarda una caja de galletas María para el futuro. Sabe que la vida no siempre es dulce, pero la receta es sencilla: un poco de paciencia, dos cucharadas de valentía y alguien que, entre lo corriente y lo aburrido, vea en ti todo un banquete. Porque al final, las historias que merecen la pena no son las que empiezan con un Érase una vez, sino las que cada uno se atreve a escribir con las migas que deja atrás.
Así, sin mucho aspaviento, se van forjando días felices: con café instantáneo, canciones a media voz, y el milagro cotidiano de sentirse, por fin, escuchado.







