Trabajo en una oficina, en Madrid, como jefe de ventas, asegurándome de que cada miembro del equipo cumpla con su responsabilidad, utilice las palabras adecuadas, sostenga reuniones con los clientes siguiendo todos los protocolos y cierre acuerdos que sean rentables para nosotros. El trabajo nunca disminuye; entre informes que debo redactar y corregir para los directivos, y la presión diaria, últimamente me siento hasta agradecido por esta carga. Decido quedarme más tiempo, es mejor que regresar a casa, mejor que enfrentarme a mi esposa y a mi hija recién nacida.
Desde que nació nuestra hija, mi esposa, Lucía, se ha vuelto insoportable. Da igual lo que haga por ellas: todo está mal. Y mi suegra no pierde oportunidad para reprenderme cada vez que puede. Me encuentro dividido entre quedarme horas extras, a pesar de que no me pagan más, o volver a casa, donde los gritos me esperan como una tormenta. Entre mi esposa y la pequeña Valeria, siento que estoy en una encrucijada constante
Parecía que era el marido ideal, Lucía siempre me lo decía. Me aseguraba que sería un padre maravilloso, pero ahora parece que nada hago bien: no sé sostener a mi hija, cambio mal los pañales, cocino para mi mujer y todo lo hago fatal. Mi madre piensa que Lucía simplemente está sobrepasada, que todavía está recuperándose tras el parto y que está aprendiendo a cuidar de la niña, y como yo trabajo hasta tarde, le resulta más difícil. Pero llevo así tres meses, así que prefiero quedarme en la oficina hasta las siete, volver a casa a las ocho y soportar solo dos horas de gritos, que salir a las cinco y media y aguantarlo durante tres horas y media Todo esto mientras cuento las horas en euros, sin encontrar nunca las fuerzas para enfrentar todo de nuevo.







