El hijo de mi amiga es, en serio, un chaval de lo más apañado. Estudió como un jabato, se sacó la carrera, se puso a currar, lo dio todo. Y mira ahora: tiene una empresa que va viento en popa, un chalé en la sierra, un piso en pleno centro de Madrid… Vamos, un chico de anuncio.
Pero, porque siempre hay un pero se casó. Y, ay, con una chica. Pero qué chica, madre mía: salida de una familia de las que ves en los documentales del late night, de estas que te dan pena y miedo a la vez. Enfadada, celosa, con muy mala uva. No lo digo yo, que soy su amiga, es que es de dominio público.
Lo primero fue acabar con sus amigos. Que si ¿para qué los quieres aquí? Sólo vienen a trincar la Mahou, te sablean pasta ¡No tenéis suficientes problemas ya, y encima se aprovechan de ti!.
Después, fue a por la familia. En la familia de él son un montón y siempre están juntos: celebraciones, group chat, cada dos por tres te saltan con un ¿qué tal todo?. Vamos, que son como La Casa de la Pradera pero con tortilla de patatas.
Pues ella, con cada invitación, ponía una cara como si le propusieras correr la maratón. Si iban a casa de algún pariente, uy, justo tengo que terminar algo importantísimo. Si venían a visitarla, le entraba de repente una migraña tan grande que ni el ibuprofeno de 600.
Al final, la única que seguía yendo era la madre de él, porque le podía más el deseo de ver a la nieta que el síndrome de la tortura china. Y claro también echaba de menos al hijo, no nos vamos a engañar.
Y cada visita era un follón. Pero no de estos espectaculares, con gritos y portazos. No. De los que te dejan jodida el día: Te lo he repetido quinientas veces, pero parece que no te enteras: no traigas regalos cutres, aquí todo es de marca y tú siempre traes cosas del chino.
El hijo, a su lado, poniendo caras y diciendo: Mamá, por favor
Ayer quedé con ella y otra amiga para tomar un café. Mi amiga lloraba a moco tendido, enseñándonos un WhatsApp de esos que hacen temblar la mano al sujetar el móvil. Su nuera le escribía para decirle que, después de pensarlo mucho, han decidido que mejor no venga más a casa.
La pobre, toda tapiada: Mi hijo me ha llamado y me ha soltado: Mamá, estás poniendo de los nervios a mi mujer. Tarda luego tres días en volver a ser persona.
Pero eso no es lo verdaderamente grave. Estábamos ahí, compadeciéndonos, qué mala suerte, menuda nuera, de verdad
Y entonces la otra amiga suelta: ¿Y la culpa es de ella solo? Tu hijo, ¿qué? Lo has criado tú, cariño Si ahora es un soso, duro y sin corazón, no será por generación espontánea.
Le chapé la contestación: ¡Cómo que no entiendes nada! ¿Qué puede hacer el pobre si le ha tocado esa señora por esposa? Lo hace por preservar la paz familiar, ¡y de pequeño era un sol! ¿Sabéis que en sexto le regaló a su madre una felicitación de 8 de marzo dibujada a mano?
Os la enseño si queréis, el corazón y la flor los pintó él. Que si no fuera por la parienta
Pero ella ni se inmutó: Mira, guapa, si un hombre no quiere, no hay mujer que lo obligue. Y punto. Y se fue.
Y entonces lo vi claro. Como si me quitaran una venda de los ojos.
Toda una vida pensando el buen chico y la mujer mala, y resulta que lo que hay es lo que hay.
Un hombre rancio lo es porque le sale de dentro, no porque le obligue la bruja de su mujer.







