Estábamos sentados en un frío aterrador, teníamos hambre y Sara llegó a casa con un cachorro moribundo.

El invierno pasado fue de esos que hacen historia: frío como el corazón de un inspector de Hacienda y nieve hasta las cejas. Todo el pueblo, sumido en un silencio sepulcral, parecía más una postal navideña que un sitio habitable. No se podía ir ni al Mercado de Don Ramón, el panadero en su furgoneta tampoco llegó, y nosotros, con la familia, nos apañamos con verduras y latas que logramos rescatar de la despensa antes de la tormenta. Mi marido no pudo ir al trabajo, el bus brillaba por su ausencia debido al temporal, y solo nos quedaban las pensiones de los abuelos y la esperanza de que tarde o temprano llegaríamos al supermercado. Nos quedamos en casa día y noche, como si fuéramos parte del mobiliario.

La pequeña Carmen, que tiene nueve años y energía para exportar, salió a dar su primer paseo justo cuando la tormenta dejó de peinar el pueblo. Nosotros, que los adultos parecíamos patos en la nieve hasta las rodillas, ella se movía como un saltamontes, el blanco le llegaba hasta la cintura, pero ni notaba el frío de lo emocionada que estaba con la nieve.

Un día de esos en los que uno ya no sabe si es martes o sábado, mientras mi marido quitaba nieve de los caminos hacia la casa y la despensa, Carmen volvió sin chaqueta. Frío de ese que hasta los pingüinos piden bufanda, y ella, con su jerseycito, traía algo entre las manos.

Resulta que, detrás del campo, en un contenedor, se topó con un cachorro. Helado como un polo y respirando apenas, así que decidió traérselo a casa para darle calor. Nosotros, no andábamos sobrados de leña, todos pegados al brasero, y ella añade un perro al combo. Yo puse el grito en el cielo, pero mi marido se plantó: el animal no se quedaba fuera.

Intentamos dar de comer y beber al perrito, pero solo tomaba unas migajas y dormía como si el mundo fuera demasiado pesado. Carmen no se separó de él, lo envolvió en una manta y mi abuela, con ese dramatismo de los mayores, sentenció que no había nada que hacer. Carmen, por supuesto, ni se lo planteó.

A la mañana siguiente, los gallos ni cantaban, mi marido me despertó:

El perro no respira.

Había que llevárselo antes de que Carmen se levantara, pero me dio miedo que se lo tomara a mal, así que esperamos a que ella se despertara, y los tres juntos llevamos el cachorro al bosque. La tierra, dura como la consciencia de un político, impidió que lo enterráramos y tuvimos que dejarlo entre la nieve.

Ese día, tanto en el desayuno como en la comida, el silencio reinaba como nunca. Carmen estuvo triste un buen rato, y al caer la noche, se metió en nuestra habitación, se acurrucó y dijo que estaba contenta de haberlo encontrado al menos, y de que el perrito hubiera pasado la noche calentito.

A veces me arrepiento de haberle dejado traérselo a casa, pero otras pienso en qué hubiera pasado si lo hubiéramos salvado. Seguro Carmen nos habría suplicado quedarnos con él hasta la primavera, y después llevarlo al pueblo Y un poquito sí me pesa.

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Estábamos sentados en un frío aterrador, teníamos hambre y Sara llegó a casa con un cachorro moribundo.
Lina era mala. Muy mala, tanto que hasta daba pena lo mala que podía llegar a ser Lina. Todo el mundo intentaba hacérselo ver a la mujer: que era mala. Mala y, además, desgraciada. Por supuesto, no tiene marido, su hijo ya es mayor y vive por su cuenta. Lina está sola, a nadie le hace falta. Llegó el lunes al trabajo y todas presumían de cómo habían limpiado y ordenado durante el fin de semana. Unas cavando en la huerta del pueblo, otras haciendo mermelada. Y Lina callada, ¿y qué iba a decir? No tenía nada que contar: no tiene pareja, su hijo ya se ha hecho mayor, así que se muerde la lengua. Hoy pidió salir antes del trabajo, como todos saben que hace un par de veces al mes. Todas mueven la cabeza, reprobando, porque todas saben a dónde va: se va a ver a sus innumerables amantes. En el trabajo están convencidas de que Lina tiene un montón de amantes, porque, claro, es tan mala… Lina es mala, muy mala. Ellas, en cambio, todas buenas, todas casadas, llenas de faena, y Lina es la mala. —Lina —dice su madre—, ¿pero qué tienes, hija? —¿El qué, mamá? —Pues que no te has asentado, que podrías haberte buscado algún hombre, de verdad, hija. Todavía no es tarde para tener otro hijo, ahora todas tienen hijos después de los cuarenta. —Mamá, ¿para qué quiero yo un hombre cualquiera? ¿Y para qué quiero otro hijo de un cualquiera? Madre, —responde Lina de verdad sorprendida—, ¿para qué? Ya tengo a mi hijo, con Lucho tengo más que suficiente… ¿Y el hombre ese, como tú dices, para qué lo quiero yo? ¿Para qué sirve? Si ya tengo a Óscar. —¡Lina! —exclama la madre— Lina, ¡espabila! ¡Óscar no es tu marido! —¿Cómo que no es mío? Claro que es mío, —ríe Lina—, cada semana me invita a salir, me trae regalos, me ayuda a irme de vacaciones, no me agobia, no me manda a limpiar la casa de su madre, no me obliga a lavar calcetines ni calzoncillos, no exige cena, no me llena de problemas, no se tira el día tumbado en el sofá. Una bendición. —Claro, una bendición, todo eso le toca a su pobre esposa. —¿Y tú quieres que todo eso me toque a mí? No, gracias. Tengo poco más de cuarenta años, he estado casada dos veces, te recuerdo, dos veces, y de tanta felicidad salí corriendo con las zapatillas volando. Mi primer marido, el padre de Lucho, si no te acuerdas, que por tu insistencia me casé con él nada más cumplir dieciocho porque era mayor, y supuestamente más sensato, que me quería, que era serio y tenía dinero, ¿a que sí, mamá? Cinco años, cinco años encerrada: no podía estudiar, ni salir con amigas, ni siquiera cuidar de Lucho, porque era joven y seguro que lo hacía mal; sólo debía trabajar para él y para su madre. A cambio, eso sí, estaba bien vestida. Y me sacaba de casa una vez al mes, como a una mascota, para presumir de esposa joven y responsable, no como esas muñecas de mis amigas. Eso sí, a él, de vez en cuando, le gustaban las muñecas… Y cuando me marché y pedí el divorcio, gracias a mi abuela, que me ayudó, él lo quería todo de vuelta, ¡hasta los calzoncillos! La segunda vez me casé por amor, estudiando y trabajando, ¿te acuerdas mama? De día estudiaba como una loca, intentando recuperar las oportunidades robadas, y de noche trabajaba, para no ser una carga para ti y papá… —¡Lina! ¿Cómo puedes decir eso? ¿Cuándo te eché yo algo en cara? ¿Cuándo, hija, te he negado un plato de sopa o un trozo de pan a ti o a mi nieto? —Tú no, mamá… Pero no estás sola. Hay alguien más que temía que me colgara de tu cuello y me sentara ahí con mi hijo. —¿De quién hablas? —De papá, ¿de quién va a ser? Y de mi hermano Nico, que en su vida no ha hecho nada y para qué, si está mamá… Tú con dos trabajos, corriendo a casa, luego a comprar que tus pajaritos están hambrientos, uno tirado en el sofá, otro al ordenador… Cocinabas, limpiabas, lavabas… Por eso, por amor, me casé de nuevo. Por interés ya había vivido. ¿Y qué cambió? Nada. Sólo me salieron más tareas, de Angelina pasé a ser Lina la que-todo-lo-debe. Él, tirado en el sofá; Lina, al trabajo, luego a por el niño, que es mío, ni se te ocurra cargar al hombre, que no es suyo, y aunque lo fuera, no es cosa de hombres, ellos llegan cansados. Corriendo por la compra, todo a cuestas, el niño, la compra, que yo no tenía coche. ¿Y para qué? El coche, normal, era para él, ¿va a ir al trabajo en tranvía? Todas las mujeres viven así, ¿qué es eso de estar cansada? ¿Y la cena quién la prepara? La hice, lo serví, lavé, planché, y venga, a complacer al marido, no vaya a ser que se quede sin su dosis de calor y cariño y se busque otra, el muy tesoro… ¿Que no hay dinero? Eso será porque falta para tu hijo, si fueras su madre legítima sería distinto, lo mismo hasta haría algo, pero como no, búscate a otro pardillo que os mantenga a ti y al crío. Lo siento, no diste con el correcto… ¿Que no doy dinero para arreglar el coche? ¿Y qué si es mío? Somos familia, ¿no? Encima me dice lo poco que hago para lo que gano comparado con él. Tú sí que tienes suerte… ¿Cómo que te vas? Venga ya, nadie te va a querer con un hijo, ja, ja, ja. Así que, mamá, me casé, estuve con un hombre que ganaba más que yo y con otro que ganaba menos. Nada cambia. A todos bien, menos a mí, mamá, yo era la infeliz. —Lina, hija, todas viven así, ¿qué esperas? —¡Que vivan! Yo no quiero, yo no soy así. —¿Qué hiciste el sábado? —Pues ahí tienes: Nico y María nos dejaron a los niños a mí y al abuelo; salí a pasear con ellos, hice tortitas, limpié un poco, lavé, acosté a los niños, di de cenar a papá, planché, y luego me acosté sobre la una. Y por la mañana los niños, temprano, otra vez a hacer tortitas y luego Nico y María volvieron, preparé un pollo, ensaladas, una pizza, cenamos, los despedí, recogí un poco, y a las once caí en el sofá y me dormí. Por la noche papá me despertó para mandarme a la cama… —Mamá, ¿recuerdas que no te peleabas por quedarte conmigo cuando era pequeña? Ni dejé al niño contigo para irme de fiesta… —Lina, tú eras muy madura, y estos, uf… —¿Quieres que te cuente cómo pasé el fin de semana pasado, mamá? El viernes me llamó Lucho: si podía quedarme con Timoteo, el gato de Marina, su novia, porque iban a la sierra. Claro que me lo quedé, ¿por qué no? Por la noche me dejaron el gato y una pizza riquísima. Me di un festín, me tumbé a ver series, porque no tengo que saltar de la cama el sábado temprano. Me levanté, di de comer al gato, me hice un café, quité el polvo, eché un par de cosas a lavar y te llamé, quería invitarte a un museo o simplemente a charlar. Contestó papá: tú estabas liada, con las manos en la masa. Me llamó parásita, que tú te dejas la piel entre los nietos y yo, como marquesa, de museos. Iba a ofenderme, pero luego se me pasó, ¿para qué? Si él siempre tiene razón. Fui al museo, había una exposición de tu pintor favorito, me acordé de cómo te gustaba antes. Luego fui a un café, paseé por las tiendas, volví a casa, el gato dormía. No salí más, seguí viendo series. El domingo dormí hasta las once con el gato, intenté llamarte para dar una vuelta en los barcos del río, pero respondió María, con la boca llena, que estabas ocupada, lavando platos o recogiendo la mesa. Por la tarde me llamó Óscar, me invitó a cenar y fui. ¿Por qué no? Soy libre, no le pregunto cómo va su matrimonio ni nada, no me agobia con sus problemas ni yo con los míos. Pasé una noche genial y el lunes fui al trabajo descansada. Mamá, he intentado salir con hombres solteros. Es lo peor. Se me pegan chavales buscando madre o divorciados dando pena, con hijos y exmujeres. ¿Por qué esa cara, mamá? El mundo ha cambiado. Uno hasta me dijo que yo estaría obligada a querer a sus hijos porque soy mujer y eso va en el lote, y que él mantendría a los suyos y a su ex, porque aunque sea insoportable es la madre, y que viviríamos de mi sueldo, porque el suyo lo reservaría para la pesca. A cambio, me traería pescado fresco. Cuando le pregunté si ayudaría con mi hijo, se ofendió y dijo que Lucho ya tiene a su padre. ¿Te parece justo? Pues a él sí, así que, adiós. Además de padre, Lucho también tiene a su madre, que soy yo. Y claro, me volví mala: mezquina, egoísta, calculadora, mala persona. Quería colgarle a un pobrecito mi hijo y vivir a cuerpo de reina… Por eso, mamá, tengo a Óscar. Sí, soy mala a vuestros ojos, pero no me da ninguna vergüenza vivir así. Lo que me duele es cómo vives tú. Por eso quiero sacarte de casa, aunque sea con una mentira como hoy, que os he dicho a ti y a papá que necesito ayuda. Mamá, yo estoy bien; ahora vamos a cuidarnos, a disfrutar juntas este rato, a hacer algo solo para ti y para mí, tu hija. —Estás loca, Lina, ¿y papá? —¿Y qué le pasa a papá, está enfermo? —No, pero… la comida… —No me digas que no tienes ya la comida hecha. —Sí, pero hay que calentarla y, bueno, Nico… —¡Mamá! Que me enfado, en serio… Ya sé que soy mala, déjame ser buena por una vez. Vamos a descansar, te lo pido de corazón… El lunes, en el trabajo, las mujeres vuelven a quejarse de lo agotador que es descansar. Y Lina sonríe con picardía. Todas saben que Lina es mala, camina con aires de baile y sonríe a algo secreto. Y claro, todas lo tienen claro: los pensamientos de Lina, por supuesto, son malos.