Fui a pedir ayuda a mi madre con el tema del piso, pero después simplemente me levanté y me fui.

Mira, te cuento. Mi madre, desde que falleció mi padre, vive sola en un piso de dos habitaciones. Está bastante cerca del centro de Madrid.

Su pensión es bastante buena, así que ella se mantiene por sí misma. No nos ayuda en nada, ni cuida de nuestros hijos. Los ve de vez en cuando, solo para las fiestas o algún cumpleaños. Y la verdad, no le gusta mucho ayudar ni pasarse por casa. Yo vivo con mi marido y nuestros dos niños pequeños en un piso de alquiler en las afueras de la ciudad. Apenas llegamos a fin de mes. Los niños van al colegio en el centro de Madrid, igual que nosotros trabajamos por allí, y para poder llegar a tiempo nos toca levantarnos a las seis de la mañana.

Tenemos que hacer un trayecto agotador, pero no hay otra opción. Alquilar algo en el centro es imposible para nosotros, está fuera de nuestro presupuesto. Y cuando ya no podía más, decidí pedirle ayuda a mi madre. Fui a su casa para hablar con ella. Le pregunté cómo estaba, si se apañaba sola, y ella me contestó que no se quejaba, que estaba bien.

Entonces le dije: Mamá, ¿no te aburres viviendo sola en un piso tan grande?

¿Qué me quieres decir? Me miró con esa típica mirada de sospecha, esperando mi respuesta.

Pues mira, quería proponerte que nos mudásemos contigo. Así la escuela y el trabajo nos quedan más cerca, y yo te echaría una mano con todo en casa. Mi marido podría encargarse de las cosas que requieren fuerza.

Y ella, sin pensárselo dos veces, me soltó: Ni se te ocurra. Ya no estoy en edad de vivir con nadie. Sois mayores, podéis arreglároslas sin mi ayuda. Yo necesito tranquilidad y silencio.

Me puse tan nerviosa que la llamé egoísta y salí dando un portazo. No hemos hablado desde hace dos semanas. ¿Crees que debería llamarla o dejarlo así?

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Fui a pedir ayuda a mi madre con el tema del piso, pero después simplemente me levanté y me fui.
Mi vecina se llevaba sacos de mi estiércol a escondidas cada noche. Ayer, con mucha generosidad, le añadí un buen puñado de levadura.