Por el bienestar de mi hija enferma recorrí todos esos kilómetros, llamé a la puerta y nadie me abrió porque nadie me esperaba.

Ya tengo sesenta y ocho años, las fuerzas no son las mismas de antes y la salud tampoco me acompaña como quisiera. Si puedo evitarlo, no salgo de los límites de mi pequeño pueblo en Castilla, así que esperaba con ilusión la visita de mis hijos.

En otros tiempos, solíamos reunirnos en mi casa por Navidad y adornar juntos el árbol natural. Pero este año, en diciembre, mi hija se resfrió y me dijo que ni pensarlo, que no vendría, ni siquiera en coche. Me lo comentó por teléfono, asegurando que podía ir yo a verles a Madridtanto a ella, a mi yerno como a mis nietossi no me daba miedo contagiarme. Le respondí que lo pensaría.

Después me senté y me quedé dándole vueltas: ¿por qué iba a quedarme sola, sobre todo cuando mi única hija no está bien? Gasté casi toda mi pensión para comprar y preparar bolsas con comida para los niños, compré mermeladas caseras a la vecina y miel pura del colmenero del pueblo. Me apañé para llegar sola: primero el autobús hasta la estación, luego el tren de cercanías y otros dos autobuses más. Llegué a casa de mi hija el veintitrés de diciembre, dispuesta a ayudar con los preparativos, pero la casa estaba completamente vacía.

Cuando llamé a mi hija, oí su voz alegre y sin rastro de enfermedad:

¡Ay, mamá, tenías que habernos avisado! Hemos ido a pasar las fiestas con unos amigos. Yo juraría que habíamos quedado en que este año las celebraríamos por separado

Lo que más me dolió fue que me mintiese. Habría sido triste saber que no quería pasar las Navidades conmigo, pero la mentira me rompió el corazón. Yo preocupada, esforzándome por verles

No me quedó más remedio que darme la vuelta y regresar a mi pueblo.

Así es como los hijos engañan, incluso siendo adultos. Lo importante para ellos parece ser disfrutar y pasárselo bien, y de los padres como si no existiéramos.

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Por el bienestar de mi hija enferma recorrí todos esos kilómetros, llamé a la puerta y nadie me abrió porque nadie me esperaba.
La última llamada